El organillero

 

A los perros siempre les gustó la música de la calle…

A los perros siempre les gustó la música de la calle…

Por TOÑO MORALA

De origen extranjero, el organillo relamió de las musas musicales en rodillos de madera e incrustaciones metálicas; melodías que a su paso bailaban mozas y mozos; eso sí, ceñidos los cuerpos y chulescos. Pero fue aquel niño, casi hombre, el que manejaba el manubrio a la velocidad precisa. En los días de sol primaveral, y al atardecer del caluroso verano, el organillero se ponía en la antesala del bombé del parque y, allí, iba cambiando los rodillos con melodías de música variada… al principio, pasaba el plato para rellenar el hambre con cuatro perronas, luego, más tarde, el plato lo pasaba su hermana, que arremangada y en alpargatas, entonaba alguna de aquellas músicas. Al final de la tarde, hacían cuentas; y entre sonrisas llevaban las perras por las callejas del barrio sombrío. El organillo lo metían en el viejo portal, mientras entraban por la puerta del viejo sótano… —¡Madre, madre, mañana compre gallina que hoy se ha portado muy buen el organillo…!

Con la cadencia de la manivela… música para la nostalgia y el recuerdo.

Con la cadencia de la manivela… música para la nostalgia y el recuerdo.

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