Palabras para JUAN CARLOS MESTRE: «También para nosotros la situación se ha hecho insostenible»

Entrega del Premio Semilla de Oro 2026 a Juan Carlos Mestre en el MIHACALE.

Reproducimos las palabras pronunciadas por MIGUEL ÁNGEL VARELA, director del Teatro Bergidum de Ponferrada, durante la entrega del Premio Semilla de Oro 2026 al poeta y artista villafranquino JUAN CARLOS MESTRE, durante el acto de homenaje que tuvo lugar en el MIHACALE de Gordoncillo (León) el pasado 30 de mayo de 2026.

Por MIGUEL ÁNGEL VARELA

Buenos días, apreciados amigos, queridas amigas.

Vamos a prescindir de los saludos protocolarios ante la urgencia porque, efectivamente, también para nosotros la situación se ha hecho insostenible.

Deseábamos vivir en la dulce ternura del paisaje felliniano de Amarcord y hemos acabado de figurantes sin frase en una producción de zombis de serie B.

Las hojas del pensamiento se empeñan en crecer hacia abajo; las turbinas de la democracia se ralentizan, enredadas en las cotizaciones bursátiles; y se apagan las bombillas de los que madrugan para entender el algoritmo de las facturas de la luz.

El mundo se ha convertido en una traducción mal hecha de los preceptos divinos y la vergüenza no es capaz de calar el tejado lanudo de los poderosos.

Hemos aceptado que se modifique la condición de ciudadano por la de cliente y, como consecuencia, los derechos civiles se han convertido en casillas inservibles de las hojas de reclamaciones.

Asistimos pasmados a la corrupción que el poder ejerce sobre el lenguaje y llama libertad a los botellines de cerveza, solidaridad a la exclusión del diferente, conocimiento a los eslóganes de los fabricantes de odio, sabiduría a las colecciones de cromos digitales y justicia a la legislación de los mercaderes.

No le hicimos caso a Pier Paolo, al vidente Pasolini, cuando nos explicaba que inculto es el que ha perdido todo respeto por la condición humana y desde entonces no ha cesado de crecer la cosecha de mentecateces que copan las estanterías envueltas en la falsa seda de los grandes éxitos.

Qué mundo tan necio que para ser esclavo es preciso estudiar, cantaba el grupo portugués Deolinda hace poco más de una década, cuando descubrimos que la bolita en la que habíamos depositado nuestras esperanzas se había esfumado y los trileros, una vez más, nos enseñaban con una mueca sonriente el bote vacío.

Ya no reclaman los fabricantes de cadenas el auxilio de las fuerzas del orden. Nosotros mismos nos adornamos con la última moda en grilletes de primavera-verano y nos dejamos marear por la halitosis de los mensajes emponzoñados.

Es la hora de los circos que llegan a los pueblos donde todo el mundo se conoce y nadie se saluda; es el tiempo de los muchachos que pulen con dedos enfermos los venenos de las pantallas.

Están asesinando los adjetivos y los verbos, están privatizando palabras que nunca han tenido más dueño que el que las necesitaba para atravesar en compañía la niebla de la madrugada.

Han convertido al círculo en una línea recta hacia el precipicio donde lo que nunca fue justo continúa siendo injusto.

La situación se ha hecho efectivamente insostenible, como le advirtió a Juan Carlos Mestre Lêdo Ivo, fabricante de luciérnagas para iluminar la noche de los pobres, esos mismos seres que en cualquier lugar del mundo incomodan, / viajantes inoportunos que ocupan nuestros lugares / aun cuando estemos sentados y ellos viajen de pie.

Decía Arthur Miller que la diferencia entre los grandes artistas y los mediocres es que los primeros no hacen las paces con la rabia que sienten por lo imperfecto que es el mundo y los mediocres sí.

Esa posición de resistencia al mal, de atención crítica a los dramas de su tiempo, ha sido el artículo primero de la constitución civil, ética y estética de Mestre desde que corría en bicicleta por los túneles donde nieva al pasar los camiones cargados de gallinas.

El hijo del panadero creció en un pueblo de agua y piedra que teje camisas con los primeros ramajes de la primavera y tutea en verso libre a los marqueses.

Siendo apenas un adolescente recibió el regalo póstumo de un vecino llamado Gilberto, que escribía en compañía de los jilgueros y que, antes de abandonar aquella mala película que era la España de los últimos años del franquismo, regaló a Mestre una caña de pescar relámpagos en el arroyo ilegal de la belleza.

Con aquella caña empezó a estudiar los mapas de la imaginación poética, a cartografiar territorios incógnitos pendientes de catalogación, a descubrir que, aunque la poesía no sabe más que lo que ignora, su territorio intuye universos en los que no pueden habitar los cobardes.

Juan Carlos Mestre, dijo no hace mucho Brenda Escobedo, habla como quien posee toda la autoridad, la dignidad y la nobleza de un príncipe, pero no carga ni un gramo de su poder en el bolsillo.

Sabe Mestre, como arqueólogo de los sueños que habitan ciudades imposibles de urbanizar, que la poesía es el lenguaje de la delicadeza humana. Por eso, consciente de que la vida, al contrario que el cine, no tiene rácord, ensancha el sentido de las palabras llevándola a límites que componen un tejido ante el que nadie puede gozar sin temblor.

Su escritura, su obra gráfica, sus objetos poéticos, sus acuarelas y dibujos, su propia presencia escénica y musical forma un todo creativo que, como él mismo señala, no pretende ser un mero transmisor de metáforas que solo cambian la realidad de sitio sino una escritura múltiple, poemas callados que han salido del surco.

Nadie se ausenta de ese universo con indiferencia.

Nadie sale de su casa lo mismo que entró.

Ese es el lugar ideal para contar nuestros días en la felicidad.

Ese es el espacio en el que, en compañía de Aleja, la alquimista, ejerce como anfitrión de las visitas cómplices.

Visitas de Tonino Guerra para educarlo en los jeroglíficos de la huella de las gallinas;

de Saint John Perse, que le recuerda a diario que poeta es aquel que desobedece la costumbre;

de Rafael Pérez Estrada, que le dejó en herencia palabras civiles para después del tiempo y le convenció de que la capacidad de volar es el resultado de una intensa pasión, nunca de su práctica;

de Antonio Gamoneda, que los lunes padece de esperanza y con quien ensaya ejercicios de funambulismo que ambos practican con maestría ante el abismo;

de Antonio Pereira, que olvidó allí a propósito sus gafas para volver, día tras día, a certificar el cumplimiento de una anunciación;

de John Keats para practicar el idioma de los gatos protestantes que cenan con Gramsci una tortilla de espárragos en mesa de mármol;

de Federico García Lorca, que le guio en el divino laberinto de los efectos y de las causas;

de Tadeusz Kantor, que con un látigo en la mano le hizo aprender que la finalizad no es inherente al acto de creación ni a la obra de arte.

Juan Carlos Mestre, pastor de mitos; inadaptado a la inadaptación; ciudadano impecable en la insubordinación; almanaque para los cumpleaños de los recuerdos; voz singular que se resiste a encajar en alguna de las celdillas de los taxidermistas de la literatura.

Juan Carlos Mestre, estimado amigo lúcidamente insumiso; querido maestro perennemente afectivo; venerado convecino eternamente zumbón, hoy vas a recibir la Semilla de Oro y aunque sabemos que la situación se ha hecho insostenible, también hemos aprendido de ti que en épocas de barbarie la poesía no puede permanecer neutral ante la vileza.

Por eso queremos aspirar a que la germinación de esta semilla que hoy te entregan sea el brotar de un sueño que contribuya a la metamorfosis del porvenir.

Este es nuestro deseo, queridos amigos, apreciadas amigas.

Ahora ya lo sabéis
y solo falta empujarlo, entre todos,
al aire.

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