El arquitecto leonés Carlos Muñiz Sánchez nos envía una nueva acuarela y un texto, en esta ocasión «de admiración al tejo del Jardín del Cid», en el corazón del Barrio Romántico leonés, «y de paso a sus vecinos de raíz». «El trasfondo no deja de ser sutilmente arquitectónico…», señala el autor.
UN TEJO MÁS QUE VIEJO
Hace tiempo que la sombra de los cedros avanza por encima de la verja.
El Jardín del Cid se les ha quedado pequeño.
Han conocido las montañas más altas de Oriente, aceptan el frío de esta tierra pero quieren libre su pisada.
Al lado, el único pino no quiere competir por ocupar el escaso suelo y buscando el cielo, estira su vuelo más alto que la muralla; parece que levantara su copa para brindar con extraños que indiferentes corren la vida extramuros.
Y un solitario tejo se aprovecha de la sombra de los gigantes, protegido de vientos por murallas y muros ciegos sobrantes del caserío tradicional, milagrosamente respetados por algún romántico que con calzador encajó un solar para levantar árboles.
Con permiso del olivo sagrado que Las Clarisas tutelan desde hace unos cientos de años en el adarve de un cubo de la muralla, estoy con que este tejo es el árbol más longevo de la ciudad de León a pesar de que han removido dos veces sus raíces desde que hace doscientos años un ilustrado, para presentarle en sociedad, le arrancara de su lugar en el Valle de Luna.
Mucho más de cien años le duró al tejo el primer viaje por una huerta con puerta al Corral de San Guisán de un caserón con balcones que miraban a la Iglesia de Santa Marina y dejaron de mirar para despedirle para otro viaje, corto por cercano y definitivo por ahora.
Con buena compañía y furtiva la mía, veo mejorar tu ojos verdes día a día en este segundo viaje que más de cuarenta años felizmente nos dura.
El ciprés que un día vino a recibirle, hoy le lleva de la mano, tiene ya ganada la carrera de altura y perdida la de sabiduría de un tejo más que viejo.
Carlos Muñiz Sánchez, arquitecto
León, mayo de 2026
