
Por TOÑO MORALA
Todavía el rocío se dejaba recoger sobre el cuenco de las hojas caídas. La noche había muerto entre el ulular tranquilo. El abuelo, como todos los días desde que tiene memoria, abre la cancilla de las cabras y las suelta libres por entre los árboles y las argañas; es primavera y, como todas ellas, el abuelo limpia el pequeño bosque de la aldea; va cortando con el hocejo matorrales y hierbas secas… las recoge para hacer la cama en el invierno en el aprisco… de las apenas quince cabras que tiene. Es viernes y, como todos ellos, le viene el nieto de unos trece años. El chaval ya sabe lo que hay en el pequeño bosque, y ya sabe que hay que limpiarlo y cuidarlo para evitar incendios en el verano. Van por etapas limpiando y limpiando, mientras en los sitios más agrestes, son ellas, las cabras, quienes hacen ese trabajo. El bosque se encuentra cuidado y lo sabe… los animales les aplauden a su manera… de vez en cuando les regala una miel pura de los truébanos naturales, más una vieja música silbada cuando el viento arrecia.