Hay que venir al sur

Por LUIS GRAU LOBO

De tanto ser la solución, ha acabado por convertirse en el problema. El turismo. Un problema grave, a juzgar por el lugar que ocupa (el primero) entre las inquietudes de los habitantes de una ciudad durante mucho tiempo paradigma de lo urbano, Barcelona. Rendidas a las hordas de visitantes ocasionales, muchas de las calles del barrio viejo y ensanche barcelonés se han convertido en el invivible y abarrotado escenario de una decepción tras otra, en la condenación del vecindario y la antesala de una nueva forma de xenofobia. El turismo cultural, nacido como una actividad diletante reservada a las clases pudientes, ha acabado por convertirse en una obligación universal que justifica nuestro tiempo de ocio con huidas a ninguna parte que son siempre huidas al mismo lugar. Y en ese lugar nos encontramos con todo el mundo.

A los problemas de sostenimiento, explotación y hartazgo derivados de esa masificación, hay que añadir la perversa deriva hacia el consumo de recursos públicos en esperpentos, simplezas y pirotecnia destinados a avivar esa “atracción”, de la que se benefician siempre los mismos y salen perjudicados los mismos de siempre. Junto a ello, a la desatención de proyectos serios que no cuentan con favor del público porque no cuentan con el favor de todo el público. Con dos cabezas y un solo dios verdadero, casi todas las consejerías y organismos del ramo someten sus políticas culturales al altar turístico, habitualmente quemando incienso y pergaminos.

Además, a partir del embuste ramplón de que nos sacará de pobres, el turismo (cierta forma de turismo) nos empobrece. Empobrece nuestra historia con patrañas pueriles que son a la historia lo que el fast food a la gastronomía. Empobrece la personalidad y la forma de las ciudades reduciéndolas a prototipos uniformados de tediosas e intercambiables zonas céntricas (“cascos viejos” tan nuevos). Empobrece, al fin, nuestro presente, negando al pasado otra capacidad que no sea la de sacrificarse en el altar de una explotación cortoplacista, y nuestro futuro, jibarizado en una caricatura con fecha de caducidad. En todo este despropósito alguien se enriquece, por supuesto, mientras reclama recursos de todos para lo suyo; y muchos otros se empobrecen, sensu stricto, mientras abusan de lo suyo, sea público o privado.Los ciudadanos dejamos de poseer nuestra ciudad y pasamos a ser figurantes, tan a menudo disfrazados de época, además; mientras los turistas la toman fugaz, feroz y desdeñosamente, como una plaza conquistada por la vieja estirpe de los pueblos nómadas y guerreros, cuya versión degradada y actual encarnan, aunque ahora cabalguen sobre el cursi trenecito a ruedas que no falta en ninguna parte.

El turismo, ese gran invento. El turismo, presagio de una extinción, se devora a sí mismo. Lo decía la Carrà: “Por si acaso se acaba el mundo todo el tiempo he de aprovechar… hay que venir al sur”.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 12 de agosto de 2017,
en una serie estival llamada “Extinto de verano”)

 

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