
Por TOÑO MORALA
La calle… nadie miraba alrededor de su mirada, nadie escondía las palabras traicioneras, ni las sonrisas hipócritas; casi nadie dejaba sus lágrimas sobre el suelo agotado de andares turbios y solitarios. Sí, todos rodeados de bullicio, gentío, sonámbulos en las tardes perdidas de soledad acompañada y de aquel silencio tan lleno de ausencias. La observación y el latir tranquilo le convertía en un ser cabizbajo y taciturno, pero había en él algo que lo delataba; era aquella sublime observación de la ruta de la vida. La calle, tan llena de poesía, le dejaba siempre con la duda en el pensamiento, pero más tarde, cogía el lapicero y la libreta y se explayaba escribiendo versos llenos de desencanto y colores oscuros. De vez en cuando, y cuando pasaban los niños delgados y pálidos, les sonreía y les escribía cuentos para noches desalmadas. Al otro lado, alguien fingía alegría.