Querido diario (95)

© Ilustración: Avelino Fierro.

A punto de iniciar sus vacaciones y de poner rumbo a Sicilia, el autor no quiere dejar de escribir su pequeña crónica de la presentación del tercer volumen de sus diarios, “La vida a medias” (Eolas Ediciones), que tuvo lugar el pasado 22 de septiembre en el Salón de los Reyes del viejo Consistorio de León…

Por AVELINO FIERRO

Son las siete y cuarto de la mañana del 4 de octubre y tengo tantas tareas pendientes antes de empezar en tres días las vacaciones… Una de ellas es escribir una pequeña crónica de la presentación del libro. En la mesa de trabajo hay algunos recortes de periódico con las primeras entrevistas y reseñas, todas entre adecuadas y muy favorables; son de carácter local, difícilmente llegarán a la mesa de alguno de los miembros del jurado del Nobel.

A las cuatro ya me había despertado y los asuntos del “debe” empezaron a hurgarme: las diligencias de investigación sin resolver –algunas con plazo casi vencido–, la reparación del motor del huerto para que mi padre pueda regar y recoger los últimos tomates, la visita al callista y pedir consulta para mi madre, los pagos a Sibilina y a la librera de viejo de Barcelona, renovar el documento de identidad (en estos últimos días –quizá porque lleva tiempo sin llover– le ha entrado como una lepra que lo emborrona, y mi rostro se derrite y deforma por mor de la obsolescencia programada), llamar a Girbau –de Días contados– y a Juan Broso, sacar los billetes y grabar los discos con canciones de la Mafia y la banda sonora de El Padrino porque quiero que sea la música que acompañe el periplo siciliano que emprenderemos en unos días con Cecilia, leer y anotar a S. Quasimodo y Cesare Brandi, buscar ese par de folios en los que tenía escritas aquellas notas –no suelo hacerlo y si lo hago no suelen servir para nada– con otras dos posibles entradas para el Querido diario sobre pintura y sobre el billete de metro París-Orly Airport encontrado en mi revista de poesía Años Diez, decirle que sí a Manilla para la mesa redonda de los diarios, comprar los libros para Chus y los Suárez-Caballero, no pensar en la cuestión catalana, sólo en la luz submarina de los portales del Ensanche, restaurar el mural que traté de llevar a la presentación de La vida a medias

Ese mural hecho sobre cartón pluma que ahora tengo ocupando gran parte del escritorio, es la mejor metáfora del proceso del antes, durante y después de la presentación del libro. Es un collage, algo tan abigarrado, barroco y caótico como mis deseos o mi forma de pensar. Ese no saber discernir, no atinar nunca, y quererlo todo. Conseguí acabarlo el día antes. No estaba uno muy satisfecho con el resultado, pero me parecía necesario introducir algo de caos en aquel encopetado Salón de los Reyes que nos había cedido tan amablemente el Ayuntamiento. Los enormes retratos de los Bermudos, Fruelas, Ramiros y otros linajudos próceres de la antigüedad, con espada y muy barbados, no vibraban ni armonizaban bien con las páginas de unos escritos que dudan de todo. El día antes, decía, el mural estaba finalizado y localizado el transportista que lo llevaría hasta el Salón. Por la mañana, muy de madrugada y antes de ir al trabajo, le di una imprimación líquida para protegerlo de los agentes externos y de los ácaros. Cuando volví al mediodía todavía echaba algo de humo; se ve que aquellas veladuras que yo le había aplicado a brochazos no tenían precisamente un pH neutro. El bote carecía de etiqueta, pero juraría que era aquel producto que yo utilizaba como imprimación en los contrachapados. En fin, algo había ido mal. Lo que más sentí fue que algunos chorros habían alcanzado el parquet y habrá que acuchillar y barnizar toda la habitación.

Bueno, ahí está, redivivo. Con los retoques que le he aplicado, volviendo a dibujar algunas partes con acrílico, tiene una presencia importante, como una pintura mural –muy verosímil, pues aparece un tanto desconchado y grumoso– del tiempo de esos antiguos reyes.

No pudo ser, pues. Pero eso no fue inconveniente para que estuvieran en el Salón muchos amigos que hicieron que La vida a medias pudiera ponerse de largo. Aquello empezaba a parecerse a un salón sin apellido, menos formal, como un “Salón de los Independientes” o Salon des Refusés.

Pero los preparativos estuvieron repletos de incidencias. Ruth Miguel, una de las presentadoras, llamó el día antes para decir que habían cancelado su vuelo. “Se me ha roto el avión”, fue su frase exacta. Tras esperar cerca de tres horas a que alguien le diera explicaciones o al menos la invitase a unas cervezas, volvió a su casa en Palma ya de madrugada. Alguien tenía que traerla en directo o en diferido, en cuerpo o en espíritu.

A las siete y pico de la tarde del día D apareció en el Salón el cincuenta por ciento del famoso dúo de música electrónica Fibonacci, David Encina. Vino en bici –la subió en el ascensor–, sudoroso y con un fardel lleno de cables. Se ausentó, volvió, trajo una clavija que colocó en un ordenador y llamó a Ruth. Ésta apareció de pronto gracias al Skype en la enorme pantalla, tan pichi y atusándose el flequillo hepburn, desde el saloncito de su casa.

Quedaban pocos minutos para que acudiera el público. Empezamos a colocar con estruendo sillas y más sillas en la estancia –a esas horas el único empleado municipal estaba dos pisos más abajo guardando la puerta de entrada–; Libertad se había sentado en un pupitre y había puesto en él el folio que tenía que leer y se tapaba los oídos para concentrarse –tiene nueve años y una profesionalidad a prueba de referéndums–; la clavija no ajustaba bien, la imagen iba y venía y se oían unos chisporroteos desagradables en el ambiente. Los músicos, Nico y Marta, se habían visto el día antes a la vuelta del viaje a Francia de él: nunca habían tocado juntos y en un par de horas tuvieron que decidir y ensayar lo que interpretarían durante los dieciocho minutos de duración del vídeo de Ursi que se proyectaría simultáneamente, vídeo que tampoco habíamos probado; sólo Eloísa, la otra presentadora, sonreía apaciblemente…

Llegó mucha gente y finalmente todo resultó bien. Tanto que hasta un amigo escritor me reprochó tal dispendio y barroquismo: proyecciones, tecnologías punteras, músicas y fotografías. “¿Qué haremos ahora los demás para competir con esto?”. Sólo acerté a decirle que podían traer funambulistas, faquires o un espectáculo porno.

Acaecieron otros descalabros. Pesaron menos, engullidos por aquel cafarnaúm: el tropezón del autor –yo mismo– al darme de bruces durante la lectura de Libertad; el calor sofocante –con todos los asistentes a punto de desmayo– que hizo que Luis F., que acababa de llegar del hospital, no quitase las manos del fonendo, como si fuera un rosario de cuentas o un escapulario; la fallida proyección de lo que yo nombré como los títulos de crédito –mis fotografías de personajes y lugares que aparecen en el libro; Dios mío, lo único que yo quería aportar a la ocasión– y las voces de algunos espectadores, “sentaos, coño”, porque alguien, al poco de aparecer las fotos en pantalla, encendió la luz antes de tiempo y varios asistentes empezaron a abandonar aquella sauna, otros a saludarse o a pedir número para cumplir con el rito de la firma.

El libro mantuvo el tipo. Algunos párrafos también se saludaron en voz baja celebrando que el acto finalizase sin desgracias personales. Varios ejemplares me decían adiós y se iban encantados a acunarse en brazos de futuros lectores. El personaje de la portada esbozó una media sonrisa.

Quizá fue un acierto no hacer luego con Edu el guateque en el Cuervo con música de los ochenta, como tenía pensado; con las empanadas, el vino y los pinchos de tortilla fue suficiente, el ambiente fue por fin más relajado, menos tutti.

Son las ocho y diez. Tengo que dejar de escribir: a las ocho y veinte tengo cita para renovar el documento nacional de identidad y el pasaporte. Se me ha echado el tiempo encima, voy a ver si sirven estas fotos de hace quince años; todo el mundo me dice que estoy muy bien para la edad que tengo.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

  1. Un rey en el salón de los Reyes leoneses.
    La presentación de un nuevo libro de Avelino Fierro se ha convertido en un acto social; es más, el salón de los Reyes leoneses se convirtió en un lugar de encuentro, de esos a los que llegas para ir a otro sitio… Sentémosnos en las sillas de atrás, comenzando a sonreír con labios dulces, sin envidias… Sabes que algo ocurre pero no nos importa… estamos bien acompañados y hasta arropados. El lugar es seguro, pese a lo que pese, y con gente de confianza. Se comienza a llenar, urge colocar el trasero en una silla. Las fans de Avelino, que las tiene, risueñas como siempre, los fans de las fans de Avelino sin atrevernos a lanzar guiños, todo fanstástico. Pero esta vez los protagonistas no fueron Avemar, toda la atención fue copada por la pantalla, exactamente no, la pantalla no. Fue Ruth. La inquieta Ruth, muchos fuimos los abducidos y no nos importó serlo. Fueron momentos mágicos, incluso el autor del libro trató de volver atraer al público desapareciendo violentamente entre tramoyas y bambalinas tal y como ocurría en los verbeneros sainetes de Arniches.
    Después de la desaparición de Ruth, ocurrió un hecho insólito: llovía en la provincia de León o quizás eran lágrimas, no lo sé pero los limpiaparabrisas del coche se movía de un lado a otro diciendo: No, note vayas Ruth, no te vayas, no.
    Fue un día de mujeres un poco manchado por hombres. Y así Avelino nos regalo el cariño que profesa a los que, de una manera u otra, son suyos.
    Gracias.

  2. Pingback: Querido diario (95) | Retazos de un escritor

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