Querido diario (100)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Hoy es un día especial y el autor llega, con ésta, a las CIEN entradas de su diario en TAM TAM PRESS... Lo celebramos con él y con los versos de un poema de Larkin que cita al final: “El papel con membrete, hecho para escribir a casa / (si hubiera casa) cartas del exilio: Cae / la noche. Olas se pliegan detrás de las aldeas”.

Por AVELINO FIERRO

Estoy tratando de organizar los fastos del Centenario. Muchos me han pedido que celebre con un escrito y otros varios actos las cien entradas del “Querido diario”. Es sábado y mediodía; he bajado la persiana y he encendido el flexo: la luz era molesta, hería la pupila; tanto como –al oído– ese camión de reparto con su pitido agudo de marcha atrás que ha dejado ya sus cervezas en el bar de abajo. He puesto una música que me ayude a ensimismarme.

He ensayado algunos comienzos de escritura, tratando de encontrar las letras entre las que crecieron brotes de amor, buscando viejas nostalgias o dibujando las curvas de nivel de los momentos de fervor en los que uno ha escrito en estos diarios. Una oda a los días idos y a las promesas tristes del incierto porvenir. No ha podido ser. Me he levantado, he apoyado la frente en el cristal y he cerrado los ojos. Dejo pasar los minutos que vienen como olas de sordo sonido hasta la sien.

Estoy cansado. Ayer fue un día intenso. La escarcha seguía dejando sábanas de plomo gris en las afueras cuando llegué de visita a uno de los centros. Por el cielo nubes rayadas como brochazos de desdén de algún Dios desconocido. También en las vidas de estos muchachos que yo escudriñaba, el Hacedor dejaba caer lenguas de fuego de un espíritu frío.

Volviendo a la ciudad la emisora de música clásica emite un programa sobre tecnología. Se habla de los avances de la ciencia que sirven para fabricar un brazo ortopédico, y que alguien, un tal Brandt, puede tocar con él el piano. Se oye una breve interpretación. Una historia de superación que hay que aplaudir (mientras no derive en conmiseración y gira de conciertos…). Pongo el disco de Dylan que he comprado en el kiosco; una canción me sabe a nueva aunque la voz suene llena de cicatrices; tiene un comienzo parecido a una de Wilco, quizá me gusta por eso. Cerca de la Audiencia, en lo alto del brazo ortopédico de un elevador, un operario coloca bombillas de colores. Unos muchachos oscuros con los que me cruzo hablan de modelos de puños americanos.

En la librería, Raúl, socio de mi editor, me muestra una pequeña reseña de La vida a medias en una revista para hombres. Este número de diciembre está dedicado a la saga de La Guerra de las Galaxias. Ahí está mi lector de la portada, con sus pantalones rojos, sentado al lado de una pila de libros y haciendo compañía a toda esa pandilla: un sesentón Luke Skywalker, C-3PO, Chewbacca y la princesa Leia. Nos acompañan chicas con poca ropa, anuncios de ginebra, coches y relojes caros, un actor negro con espada láser, y el horrible sillón Proust de Alexandro Mendini.

La mañana ha dado este giro inesperado hacia lo banal interestelar. Compro uno de mis libros para enviar a José Mateos, porque el anterior no ha llegado a su destino. ¿Dónde van los libros que se pierden? ¿Vagan condenados para siempre por no haber sido nunca heridos por una mirada? ¿Hay viejas naves abandonadas en algunas regiones, cementerios a los que van a morir? ¿Quizá van los más pequeños al “limbro” de los justos?

A media mañana, en la oficina junto al río, un cartero trae un paquete con la correspondencia veneciana de Lord Byron, seleccionada por Gil de Biedma, que he pedido hace unos días por correo. En una carta a Jesús Aguirre, G. de B. escribe que el problema de Byron no eran sus relaciones amorosas o conyugales, sino el de las relaciones con “su” público, con el que nunca se sintió cómodo. Anota: “Su autenticidad consistió precisamente en no tener ninguna, lo mismo que las estrellas de cine de la gran época. Muchas veces me he estremecido pensando en lo que el Hola hubiera hecho con Byron en nuestros días”.

En ese instante caí en la cuenta en mi paralelismo en todo con Lord Byron y en lo que acababan de hacer conmigo los de GQ (Gentlemen’s Quarterly), esa revista para chicos sofisticados.

Salí tarde de la oficina. Camino de casa hice una parada técnica en el bar de Jesús; hablamos de los vinos caros que produce ahora Noelia. Entré en La Ribera; allí estaba Víctor B. Pepe nos sirvió unas setas que había cogido esa mañana por los prados de Carbajal. Dormí la siesta con un libro de conferencias de Jiménez Lozano y el periódico tapándome el pecho y uno de los omóplatos. Trabajé un par de horas, leí. Me duché y recorté la barba, me puse camisa nueva de cuadros azules y negros y salí hacia el Casino, donde celebrábamos la cena de Navidad.

En la Rúa me pidieron unas monedas. No tenía, le di un billete de cinco euros y le mendigué el cambio hasta uno cincuenta. A la altura de Torrianos sé que quien habla en ese momento por teléfono –en tono muy alto, Dios, qué manía­– está dando explicaciones a una mujer: “Te digo que no, deja de controlarme, ya está bien; que estoy con Chanel, con Vega y con Titi”. Este último es, sin duda, el pitbull al que arrastra, jadeantes ambos. Chanel y Vega son dos hombres, de allí difícilmente saldrá una relación amorosa. Yo creo que, al menos en esos instantes, le está siendo fiel a aquella con la que habla. Más adelante, llegando al Paseo de Papalaguinda, en la puerta metálica de un local que se traspasa, veo una pintada muy historiada y colorista, igual a aquella otra de hace unos días en el barrio de La Sal, en la que un grafitero reivindicaba sus derechos de autor y escribía con grandes letras negras sobre ella: “plajiarios”.

Somos pocos en la cena. Al otro lado del salón, tras unas mamparas hay otros comensales. Son los miembros de la junta directiva de la Sociedad, jóvenes en su mayoría, niños y niñas bien. Nuestras chicas también se han vestido de fiesta; da gusto verlas. Luego todos estamos juntos en el baile. Pone Alberto canciones de los setenta y algunas de hoy. Han bajado la luz. Me gusta la bola de espejos del techo, como la de las discotecas de hace mucho. Recuerdo una noche en el Toisón, hace tanto…, escuchando a Pink Floyd, derrumbado en un sillón y tratando de atrapar todos aquellos puntitos de colores. A las cuatro de la mañana suena “Gloria”. Héctor, mi editor, que está en el grupo de la cena de los socios, me dice: “Joder, cuánto tiempo, Gloria, de Umberto Eco”. Y aunque lo corrijo, me río y lo abrazo.

Vuelvo solo a casa, pero antes hago un recorrido por calles y algunos locales nocturnos sin parar en ninguno. Quiero ver cómo la noche engulle las vidas estúpidas, nítidas, amables. Ya detrás de la catedral miro el cielo pero no recuerdo plegarias ni el nombre de las constelaciones. En el parque del barrio la breve luz amarilla embadurna unas hojas; el árbol oscuro y la hierba están extrañamente inmóviles. Me siento en un banco hasta que me despiertan las burbujas frías del amanecer. En casa, antes de dormirme, sólo consigo releer un poema de Larkin, “Viernes por la noche en el Royal Station Hotel”.

Desde los altos racimos de bombillas, esparcida,
la luz cae oscuramente sobre sillas solas
de colores distintos, que se miran una a otra.
Por la puerta abierta, el comedor declara
una más grande soledad de vasos y cuchillos
y una alfombra de silencio. El conserje lee
un diario vespertino que ha sobrado. Pasan horas,
y los viajantes ya se han vuelto a Leeds
dejando ceniceros llenos en la Sala de Reuniones.

Las lámparas alumbran pasillos sin zapatos. Qué
aislado es esto, como una fortaleza…
El papel con membrete, hecho para escribir a casa
(si hubiera casa) cartas del exilio: Cae
la noche. Olas se pliegan detrás de las aldeas.

 

  1. José Luna Borge

    Una ventana en el gabinete para observar el mundo, un paquete de libros que llega por sorpresa y nos cambian el día, una cena entre colegas de la Audiencia y un paseo en la alta noche por calles y callejas de una ciudad dormida entre nieblas y farolas, es la único que necesita Avelino Fierro para trazar su crónica de una ciudad que él está descubriendo a muchos paseantes solitarios y perdidos.

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  5. Felicidades.
    Gracias por compartir calidad.

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