Silenciosa codicia

Por LUIS GRAU LOBO

Han quedado temprano, como cada dos semanas, pese al viento glacial que les araña las pantorrillas flacas, y se dirigen resueltas sin apenas mirarse entre ellas, embutidas en sus mantones de flecos y aferrando con fuerza las bolsas que cargan con los productos de limpieza y unas flores silvestres. Son solamente cinco, aunque fueron muchas más, algunas ya fallecidas, otras ingresadas en la capital, que quizás regresen… Cuando entran en la iglesia, un frío más denso y rancio las envuelve, pero lo ignoran con una actividad incesante y mecánica: cada una sabe qué debe hacer y cómo; se diría que más que en su propia casa. Una de ellas, la más anciana, comienza a comentar que lleva medio siglo limpiando y adecentando la iglesia, sin faltar una sola vez. Que entonces había más y mejores tallas en el retablo, que a saber dónde fueron a parar, que de aquella la iglesia estaba siempre llena de actividad, el coro, las bodas y bautizos, que ahora solo hay funerales… Las demás sonríen sin cesar su tarea porque han escuchado ese relato con detalle casi el mismo periodo de tiempo. Nadie va a interrumpirla.

Días atrás, los hombres han estado pintando la tapia del cementerio gracias a una modesta subvención municipal, una colecta recaudada al salir de misa y el trabajo de la mayoría de los vecinos en hacendera voluntaria. También han desbrozado el interior y han echado zahorra en el camino principal. Cada vecino ha aseado después las tumbas de sus familiares, y, si no había quién, las de los colindantes. Se acerca el Día de difuntos. No muy lejos, la casa parroquial, que algún anciano del pueblo aún recuerda cuándo se levantó, también por esfuerzo del vecindario, aunque el erudito del pueblo rebata esa versión y remonte la construcción a tiempos inmemoriales, empieza a tener mal aspecto. Nadie la habita, desde que ningún párroco reside aquí. Pasa lo mismo con la escuela, sin niños. En el concejo se suele debatir qué hacer con esos edificios para evitar su ruina.

El párroco del pueblo no es nuevo, lleva bastantes años atendiendo a poblaciones de la zona. Más o menos los mismos que sabe que el obispado ha inscrito la iglesia, el cementerio, la casa parroquial y hasta unas tierrucas colindantes a su nombre, sin que nadie se apercibiera o fuera advertido. Sabe también que desde hace unos decenios, aprovechando una norma del gobierno de Aznar que dio alas a una absurda prebenda franquista, esta ha sido la práctica en estos casos: hacerse con bienes del común que no estaban inscritos en el registro de la propiedad porque nadie lo creyó necesario. Ahora sí lo están.

Cada vez que llega la homilía, piensa que debería comentarlo, que debería ser leal con su comunidad y hablarles de ello. Pero no lo hace. ¿Cómo podría decirles que la iglesia, el cementerio o la casa parroquial ya no son suyas, aunque nadie se lo haya dicho? ¿Cómo comentar tan mundanas cuestiones si él se dedica a propiciar la salvación eterna de sus almas pecadoras?

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 14 de octubre de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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