Prohibido sentir

La autora, graduada en Filosofía y sexóloga, continúa con su serie de artículos de temática filosófico/sexológica bajo el epígrafe de “Sexosofía trashumante”. Esta es su segunda entrega, en la que aborda la transgresión como elemento introductor de placer y aboga por empezar de una vez a aprender a conocernos para poder vivir nuestros deseos…

Por DIANA GONZÁLEZ ROBLES

Con el quebrantamiento de la ley divina en el paraíso que vio nacer a los primeros humanos, la primera mujer, producto costillar de ingeniería milagrosa, transgredió y constituyó un acto fundacional de acceso al placer –el primer placer humano fundado en la transgresión– a través de la libre disposición del fruto prohibido. Desde entonces han existido numerosas muestras de esa rebelión que conduce a un tipo de goce difícil de catalogar. Y es que este fruto, de no haber estado prohibido, no hubiera sido tan dulce. El relato de la Biblia nos ofrece una primera representación de lo prohibido en tanto objeto deseable y de su deseabilidad en cuanto objeto prohibido.

Al hilo de esta paradoja, estancada entre la alusión a la castración y la incitación, Bataille en El erotismo considera que el objeto o acto prohibido se vuelve grandioso y adquiere un cariz de gloria casi divino a través del terror que nos infunde, a través de una maldición que es la contrapartida a ese deleite glorificante. Tememos lo que hemos de prohibir y arropamos el miedo con el vaho de nuestra superstición. Ese terror lo aleja de nosotros, lo eleva por encima de cualquier moral, lo hace grande, bello, sublime y deseable. Sin embargo, tal y como nos recuerda el filósofo francés, la prohibición no existe únicamente para ser respetada, nada más lejos de la realidad, la transgresión compone la otra parte de la balanza y se presupone su existencia y su fuerza de atracción en todo momento. Esa transgresión es el principio introductor de placer y goce frente a los valores morales negativos como el rechazo, la prohibición y el tabú.

Haciendo un repaso por la obra de los sexólogos norteamericanos Masters y Johnson, nos encontramos con el concepto de “sistema de valores sexuales (SVS)” que tiene que ver con la conexión entre los valores sociales aprendidos e internalizados y las experiencias sensoriales localizadas, propiciadoras de placer. Si dichas experiencias son compatibles con la moral social entonces nuestro sistema de valores sexuales permanecerá indemne, la comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo será fluida. Con todo, si no hay concordancia entre estos dos componentes –valores sociales y sensaciones placenteras– entrará a colación un elemento irruptor que colapsará la capacidad de respuesta del cerebro encargada de enviar estímulos sexuales al cuerpo y nos dejará tumbados y turbados sin saber muy bien qué hacer. Hay que tomar en consideración, el hecho de que cuando los científicos del sexo hablaban de la correcta función sexual, lo hacían más bien en términos concordantes con la sexualidad normativa, es decir, aquella que cuadraba con la moral social del momento. Si nos alejamos un poco de lo que parecía esencial y había calado en el esqueleto de la cultura norteamericana –el espacio sexual legítimo, la erótica heterosexual dentro del matrimonio con exigencia progenitora– divisamos a lo lejos lo circundante, lo disidente, el resto de sexualidades no normativas y comprendemos que para haber superado ese bloqueo del que hemos hablado, para poder superar la no concordancia entre moral y práctica entró en escena otro elemento más, algo que hizo posible el encuentro con el placer y el goce. Hablamos de la transgresión, de la no contemplación de la prohibición, del alejamiento de la moral social preponderante. Han sido millones las transgresiones cometidas a esa moral, a ese conjunto de prohibiciones explícitas, a ese tropel de suposiciones y expectativas implícitas. En la propia relación heterosexual, el modelo de encuentro erótico normativizado y dominante, concordante con lo esperable y presumible socialmente, ha sido el que antepone y ensalza la cópula como tótem y expectativa suprema. Mujeres insertas y relegadas en el rol de complacedoras, agápicas damas que lo dan todo por obtener a cambio el mucho goce de su compañero y el nulo placer propio. Parecía preciso abrir nuevas rutas y líneas de fuga. Ya no digamos fuera de la relación heterosexual pautada… Es por ello, que todo acto que se aleje del modelo dominante, que lo trascienda y lo supere, puede ser considerado transgresor.

Ahora podemos comprender por qué Eva, de haber existido, hubiera dejado de contemplar la norma de dios, la que le decía “no comas” mientras su cuerpo se estremecía con la sensación del fruto en su boca. El árbol de la ciencia del bien y del mal era la última barrera que habría de traspasar, la última compensación por haber sido concebida como fruto de una costilla sobrante, la dulce venganza con la que conoció el placer por primera y última vez. La primera mujer aprendió a gozar del sentimiento de prohibición, aprendió a convertir lo negativo, el rechazo, el tabú. Se reapropió de los valores negativos en clave de satisfacción. Si hubiera vivido la prohibición, si la hubiera aceptado y no la hubiese transgredido, tendríamos a día de hoy el relato de una Eva un tanto mojigata, atrapada entre la complacencia a su señor y el deseo propio no satisfecho.

Para comprendernos en todo este entramado es preciso sacar a colación la autolegitimación de todo deseo erótico, siempre y cuando exista el mutuo acuerdo y el libre consentimiento entre las partes implicadas. Que el propio sistema de valores sexuales nos permita sentirnos, pensarnos y expresarnos sexualmente, sin la interferencia de un modelo totalizador de sentir y hacer. Enaltecer la sexualidad, la de cada una y cada uno, el propio y singular modo de vivirse como sujeto sexuado, con nuestra única manera de vivir los deseos, la erótica y los placeres, para no quedarnos atrapados en “lo que debería ser” y no llega a ser porque simplemente “no es” en nosotros.

Hemos hablado del estatus de deseabilidad del objeto prohibido. Contemplamos la transgresión como elemento introductor de placer, como forma de superación del bloqueo que emerge en el encontronazo entre moral y práctica frente a un sistema de valores sexuales rígido y desagradable. Hablamos de la insatisfacción que procura la no transgresión de la prohibición, de Evas y árboles, de nosotros y de vosotras. Y nos quedamos vacíos y huecos ante la imposibilidad de superar el primer obstáculo con el que nos encontramos, nuestra propia valoración de todo aquello que nos aporta estímulos eróticos, nuestra propia censura, nuestra cárcel y encierro, nuestras construcciones de significado que algún día transformaremos. Hasta entonces, podemos empezar por aprender a conocernos. El cómo es algo de lo que estaría bien comenzar a ocuparnos.

Referencias bibliográficas:

  • Bataille, G. (1957) El erotismo. Ed. Tusquets Editores, Barcelona.
  • Nat Lehrman. (1976) Las técnicas sexuales de Masters y Johnson. Ed. Gedisa, Barcelona.

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