Trago amargo

Piano en la Casa-Museo de Sierra Pambley, en León.

Trago amargo

La autora leonesa escribe un relato ambientado a mediados del siglo XIX en León, e inspirado en la historia real de un matrimonio fallido…

Por CRISTINA FLANTAINS

El reloj de la catedral de Santa María daba las siete. Silenciosa y arrogante, La Pulcra definía su figura sobre un cielo todavía no del todo oscurecido. En León, puede que en abril aún sea invierno. Y efectivamente, los cristales de la ventana de Don Segundo se habían cubierto de vaho a causa de la diferencia de temperatura con el exterior amén de que él había adquirido la modernísima costumbre de humidificar el ambiente, como hacían en otros países vecinos. Hacía rato que Casilda había encendido las lámparas y avivado el fuego de la chimenea. Las nuevas tendencias que corrían por Europa no le eran indiferentes a Segundo, visionario como pocos.

Soltó la pluma sobre el trabajo que estaba haciendo y se perdió por un instante, en los detalles tan cuidados de la habitación y en el crepitar de las llamas. Con gesto adusto, fue arrastrando la mirada triste por la pared hasta llegar a la ventana y, perdido entre los restos de su propio naufragio, se paró en un muro de La Pulcra como si hubiese encontrado allí algo que, transcendiéndolo, llamara su atención para salvarlo, lejos, tras el cristal. Trabajaba Don Segundo, por aquel entonces, posiblemente para intentar comprender mejor lo que estaba pasando, en un tratado sobre moral que había empezado hacía años y que, por diversas razones,  se había visto relegado una y otra vez a favor de los distintos aconteceres que iban sembrando su vida. Hoy la máxima de este trabajo se le venía encima: “la felicidad constituye el principal objetivo humano”. Después de mucho meditar había decidido, basándose en la observación de la realidad más inmediata, que solamente dos cosas impedían la consecución de dicha máxima; a saber: una, la superstición y otra, la ignorancia. Pero estaba empezando a sospechar que había alguna razón más que se les había escapado tanto a él como  al materialista razonamiento de su admirado barón D’Holbach, filósofo francés de cuyas ideas bebía Segundo, saciando su sed de ilustrado español.

Ahora, corrían tiempos de cambio para Segundo. La teoría, su punto de partida no era malo, por supuesto. Al contrario: era el correcto. Pero la realidad, la práctica, se iba revelando con  matices hasta entonces no previstos, aunque esto no mermara ni en un ápice su fe en la inflexible y pulcra moral Krausista. Ahora más que nunca, al pairo de los últimos acontecimientos, estaba convencido de que la clave para ejercer el libre albedrío con equidad en esa búsqueda de la felicidad estaba en la buena educación; sobre todo, en la adquisición de conocimientos y la posterior asimilación de los mismos con una moral normalizada, exenta de las crispaciones que emanan de fanatismos y  desmedidas. Pero nunca imaginó que comprobar esto iba a resultar tan doloroso. Y ahora no sabía muy bien dónde se había quedado él en este precioso plan.

Volvió a recordar (es en este preciso instante donde está amarrado al muro añejo con la mirada) que fue a finales del invierno de 1846 cuando le trajeron a sus tres sobrinitos tristemente huérfanos. Acababa de comenzar este ensayo y, de alguna manera, al principio sin ser consciente de ello, vio ante sí la ocasión de poner en práctica todo aquello que había estado estudiando durante años y que parecía ser una fe de vida. Todas esas teorías que ahora estaba intentando plasmar en su tratado con renovados bríos dada la experiencia adquirida, cobrarían sentido en la práctica con aquellos rapazuelos. Lo que durante tanto tiempo llevaba pensando y que le parecía crucial en la formación de todo ser humano, lo iba a poner en práctica con aquellos tres niños.

Avalado por su magnífica fortuna, ya no solo en bienes materiales sino también en cultura y conocimientos, se vio capaz de hacerse cargo de aquellos y dotarlos de lo que no se estilaba en este país de entonces: una buena educación. Niños y niña, no hizo distingos. Si acaso a ella, a mayores, le enseñó, por su propio bien, a no ofender con su inteligencia y su manera de pensar fuera del entorno familiar (no así dentro de él pues esta naturalidad era su mayor atractivo); aunque ya sentía tener que inculcarle esta suerte de alienación que, para nada, había de mermar su persona íntegra ni coaccionar su libertad. Pero sentía que era totalmente necesaria para preservar su seguridad y alcanzar el último fin: la felicidad; no estaban los tiempos para otra cosa, dada la circunstancia social que imperaba entonces de preponderancia masculina en prácticamente todos los estamentos. Debería aprender a ser discreta, sin renunciar a ninguno de sus derechos. A él, no solo no le ofendía que aquella niña fuera cultivada y lista, ni en  el momento de su formación ni después; no solo eso: además, poco a poco y a fuerza de construir en ella, fue descubriendo a la persona perfecta, al milagro que surge cuando a alguien se le salva de supercherías y falta de estímulo, al ser humano concebido con la magnificencia propia de un gran creador, de un divino artista y no de aquel creador que ululaba entre las hirientes esquinas del obispado aledaño a la casa donde ahora se encontraba.

Primero se entusiasmó con su proyecto de educación y luego, se enamoró de él. Educar para la felicidad: era perfecto. El reto, claramente, fue, sobre todo, Victorina, Segundo lo supo desde el primer momento, por una cuestión de pura equidad. Ver a esa niña menuda y vivaracha navegar entre las palabras de Charles Darwin, por ejemplo, fue algo más que darse un gusto.

A medida que pasaban los meses y la niña crecía sin desaprovechar nada de lo que su tutor le proponía, se fue prendando de esa inteligencia a la que, sin ser mejor ni peor que la de sus hermanos, no estaba acostumbrado y que, además de brillar con diferentes matices, transitaba por los comunes caminos del aprendizaje con sus femeninos zapatitos de charol y sus preciosos tirabuzones llenos de lazos dando al paisaje otro matiz. Esa naturalidad de mujer en la que las cosas adquieren su condición liviana pero sin perder enjundia por ello, subyugó a Segundo. Y sin pedir permiso a nadie y casi sin querer, se coló en ese proyecto de felicidad diseñado para su sobrina, haciéndolo propio.

Se acercó a la chimenea para mover con la tenaza un tronco que amenazaba rodar por el suelo y, al colocarlo, reparó en la preciosa estructura de hierro fundido con guarniciones de bronce dorado y mármol; en el tiempo que se tomó para elegir aquella pieza; en el entusiasmo que puso en ello. Qué inútil le pareció pensar ahora en el último fin de aquel calor, en aquella tarde o cualquier otra tarde de invierno, o en una fría primavera como esta. Le dieron ganas de apagarla para siempre en ese mismo instante. Hablar de calor en esta circunstancia triste, la de no volver a imaginar a Victorina sentada frente a esta chimenea, tal vez con un libro en las manos, leyendo, tal vez cosiendo alguna puntilla de precioso macramé para alguna camisita de su hijo, o leyendo a su niña, menudita y vivaracha como ella, algún libro de curiosas ilustraciones, entreteniendo el tiempo en explicarlas (así como hizo él con ella) y recorrer juntas los vericuetos de algún significado complicado, como por ejemplo: libertad. Solo de pensar que no vería jamás a Victorina así y que ya tampoco nunca más se la podría imaginar así, desposada con él y madre de sus hijos, le apretaba el corazón. Y  los hijos… Había previsto tener con ella dos hijos.

Se levantó llenando de aire sus pulmones. Decidió que no estaba en un buen sitio porque  cada detalle de la casa le llevaba a ella y a ellos, a aquellos dos preciosos seres que ya no nacerían, hijos que hubiesen jugado a la oca en la habitación del final del pasillo; a la oca y a otros muchos juegos que allí ya tenían; en invierno, claro, porque en verano estarían el mayor tiempo posible, respirando el aire puro y recibiendo el sol, en la huerta jardín de la casa de Hospital y jugando allí al bádminton en las claras tardes de verano con dos raquetas que había comprado no hacía mucho en Madrid. Tuvo tentaciones de ir a la alcoba que había preparado para ellos, pero luego desistió. No tenía sentido vagabundear por la casa como alma en pena, empecinado en lo que ya no iba a pasar de ninguna manera. Todo por estrenar, toda la casa calculada meticulosamente para su futura familia, para la familia que ya nunca tendría.

Posó las tenazas distraídamente empuñadas como con rabia, apoyándolas en el mármol negro de Markina. Estaba mirando la mano blanquecina y entumecida de tanto apretar, cuando Casilda se acercó a la puerta precedida de un delicioso olor a sopa de cebolla, solicitando permiso para servir la cena mientras él sujetaba unas ganas horribles de llorar.

—La cena está preparada, cuando el señor diga servimos la mesa.

—Esperaremos a Francisco, que está a punto de llegar— respondió Segundo.

—¿La señora Victorina se les unirá?— preguntó.

Segundo levantó la cabeza y miró a Casilda con fatiga. Casilda adoraba a Victorina y se iba a llevar un disgusto cuando le dijese de su marcha sin haberse despedido. A Casilda esto le pondría en guardia, se barruntaría que había pasado algo y preguntaría. Y Segundo no tenía ganas de responder preguntas, así que se anticipó:

—La señora ha partido con prisa, se la esperaba en Oviedo, no pregunte más. Todo se sabrá  a su debido tiempo.

—Pero señor— dijo retorciéndose las manos —¿está bien la señorita?

—Sí, Casilda. No se hable más.

Casilda, obediente, se vuelve sobre sus pasos mientras en la calle se oye el eco de unos cascos al trote sobre el empedrado. A Segundo se le abre el corazón; presiente que es Francisco, su sobrino, uno de los hermanos de Victorina. Dos golpes secos en el portón de la casa resuenan en  la plaza de la Catedral como si fuera el Comendador en la última cena del Tenorio (maldito momento para traer a Zorrilla, pues nadie busca aquí dar perdón ni recibirlo). Se oyen los goznes abrirse, a Paco y al mozo hablar brevemente en la caballeriza, al caballo alejarse del ronzal en dirección a las cuadras,  las pisadas del muchacho apurando los escalones y el pasillo, mientras Casilda corre detrás de él tomándole el sombrero, la capa y los guantes:

—Querido Francisco, llegas justo para la cena, espero que tengas apetito.

—Lo tengo, tío Segundo, y muchas más ganas de darle a usted un abrazo.

Tío y sobrino se abrazan tiernamente porque Segundo no solo ha sabido criar en la sabiduría sino también en el amor. Y ambos no solo se respetan mutuamente, además se quieren.

—Tendrás que contarme detalladamente qué cosas ocurren por la escuela de Derecho de Valladolid. ¿Aún se acuerdan de mi?

—Qué pregunta más tonta, querido tío— contestó Francisco, contento de ver el momento animoso de Segundo, pero desengañándose al instante según le atrapa con  la mirada—. ¿Cenaremos solos?

—Sí. Tu hermana ha partido hace horas.

Se ha sentado en una butaca cerca del fuego mientras espera que Casilda les vuelva a llamar. No está incómodo en ese silencio que su sobrino sujeta con tanta familiaridad: es su hermana, claro está que, además de quererla, la comprende; como a él, a su tío; esto lo da por sentado. Pero en algún lugar de su corazón ha  albergado la esperanza de que Francisco abogue por él ante de los ojos de Victorina, en aras de aquel gran equipo que hacían los cuatro (aunque con Pedro ya no cuenta, dado su carácter bohemio y viajero).

—Ante ayer mismo recibí un correo suyo poniéndome al corriente de su decisión. Creí que su partida no iba a ser tan precipitada y que hoy tendríamos tiempo de vernos y hablar los tres.

—¿Hablar? ¡De qué! No hay nada de qué hablar Francisco; la decisión ya está tomada y hablar es casi humillante para mí.

En ese instante, el reloj de la catedral dio la media y a Segundo le pareció que aquella campanada era el despertar a su nueva y frustrante realidad; el hecho de compartirla con su sobrino, de sacarla fuera de él, de hacerla extensiva a Francisco, la impregnaba de peso, de credibilidad. Quizá había llegado la hora de desahogarse.

Segundo se revuelve en la butaca sin encontrar postura, sus ojos clavados en las brasas de la chimenea, y la comisura de los labios arqueada. Si no fuera por la mirada adusta, casi feroz, cualquiera diría que en cualquier momento podría romper a llorar.

—Por el amor de Dios, ha elegido entre dos, no entre mil; parecía tan fácil y sin embargo, no he sido yo. ¡Qué feliz tiene que estar Don Juan! Y ella… ¿Pensará en mí? ¿Por un solo instante se habrá parado a pensar en cómo deja mi corazón, mi vida?

Los dos hombres se miran. Los labios de Segundo vuelven a estar apretados: la pena y la rabia le llenan la boca de cosas que no quiere decir. Es su sobrina y, efectivamente, una mujer libre para elegir al hombre que quiera como padre de sus hijos… los hijos que Segundo, con  cuarenta años cumplidos, ya no tendrá jamás.

Mira a hurtadillas hacia la puerta. A lo largo del pasillo, a la izquierda, está la alcoba en la que, en el hipotético caso de que Victorina se hubiese casado con él, dormirían como esposos. Vuelve a sentir la necesidad de llenar los pulmones de aire, de respirar.

—¿Dónde está ahora?

—De camino a Oviedo, Don Juan la espera. Van a comenzar los preparativos de la boda.

—¡Os habéis visto!

—Ha tenido la valentía de parar aquí para decírmelo ella misma; luego ha seguido camino… Tenía que haber sabido leer las señales, Paquito, ¡pero estaba tan seguro y deseaba tanto este matrimonio! Llevo muchos años esperándola y ya lo daba por hecho. Me había acostumbrado a vivir pensando en cuando Victorina me  pudiera decir que sí. Ni siquiera recuerdo el día en que Don Juan apareció en nuestras vidas. ¡Qué necio he sido!

—¿Necio? No sé si esa es la palabra. Sobre todo, ha sido justo.

—¡Justo!— Segundo pronuncia esa palabra con cierto deleite. Recuerda a su hermana María, la madre de Pedro, Francisco y Victorina, fallecida junto a su marido prematuramente, y a su abuela Javiera a quien no se le movió un pelo del moño por defender los reales de sus nietos. Justo… dice Francisco, sin atender lo que supone pronunciar esa palabra con naturalidad cuando se trata de una mujer, su propia hermana, su madre, la abuela Javiera o la propia Casilda a la que se oye cacharrear en la cocina. Como si justa fuera esa brisa que siempre vuelve en Marzo para inflamar los nudos de las ramas; como si justa fuera la naturalidad de las cosas poniendo en tela de juicio, así, precisamente, la esencia que las define. Paradojas.

—No iré a la boda.

En la estancia adyacente se oyen los pasos de Casilda que prepara la mesa para la cena. Hoy está muy seria. No canturrea como otras veces; no sabe lo que ha pasado, lo que está pasando o lo que pasará, pero presiente que es algo determinante y le preocupa. Francisco contempla a su tío en silencio: comprende.

—No solo es el desamor, también la vergüenza. Durante estos años he sido un padre para vosotros. Pero ya no. Patricio Azcárate irá en mi lugar y hará las veces. Será él quien le entregue la dote de tu padre que con tanto celo he custodiado durante estos diecisiete años.

Francisco escucha casi sin pestañear, los brazos a lo largo del cuerpo, de pie, al lado de la chimenea. Y de pronto se hace el silencio otra vez; hasta el crepitar de las brasas contienen el aliento.

—Mi dote se quedará en casa. La desheredo. Ese es mi privilegio.

Y sus manos se cierran: puños cerrados al final de su brazo laxo, desmayado, desanimado.

Victorina conoció a Juan, una tarde calurosa, paseando a orilla del Órbigo bajo el auspicio de aquella leyenda legendaria que aderezaba el Puente Medieval de piedra, con sus diecinueve arcos. Había ido a comer a su casa de la mano de Francisco y de Pedro, sus hermanos, atraído por algo relacionado con los negocios de ambos y del tío Segundo: ganado, cereal, leche, lana… Algo de eso o quizá un poco de todo. La verdad es que no fue amor a primera vista, acostumbrada como estaba a vivir entre hombres y compartir con ellos cada una de sus actividades, no era Victorina enamoradiza y menos aún le suponía la naturaleza masculina motivo de algarabía. Sin embargo, a medida que transcurría el verano y las visitas de Juan se iban produciendo por diferentes motivos, se fue dando cuenta de detalles, como que a la hora de los paseos prefería ir detrás para verle caminar sin tener que disimular, o que en las tertulias después de las cenas, mientras se hacía tiempo hasta retirarse a las alcobas, le encantaba  oírle hablar, cayendo en la cuenta de que su opinión le interesaba sobre todas las demás… De pronto le afectó a qué hora se iba y cuando volvería a visitarlos porque algún asunto le reclamaba. Y en su ausencia, comenzó a contar los días de la siguiente visita haciendo planes para cuando él estuviese. Pero, entre todo esto, hubo un día preclaro sobre todos los demás; un día en el que se dio cuenta de que sentía enamoramiento por Juan y de que éste, además, le correspondía. Volvían del paseo vespertino. Eran un grupito de jóvenes animados por una sana y divertida conversación en la tarde serena y generosa de julio. Y, al entrar en la plaza cuyo lado este cubría totalmente la fachada principal de la casona familiar, vio la figura del tío Segundo detrás de los cristales de la ventana del balcón que tenía el gran salón del primer piso. Su rostro serio e impaciente; las manos sujetas a la espalda en un gesto adusto y los ojos ávidos, indagando en las juveniles caras. Ese día también fue consciente de lo que suponían los planes de su tío, que poco a poco le había  ido desgranando sin más intención que la de informarla, o eso creía ella.

Nunca hasta ahora había visto tan claramente la intención del mismo o, mejor dicho, nunca había sido consciente de lo que suponían para ella los planes que su tío tenía. Segundo lo supo también aquella misma tarde, cuando la vio del brazo de Juan tan sonriente y animada. Pero se engañó a sí mismo creyendo que su adversario no lo era pues, en realidad, podía ofrecer más que él: la preciosa casa que estaba preparando en León para la nueva familia, la familiaridad y el cariño que había entre ambos, la  seguridad de una vida cómoda, las inteligentes conversaciones, las lecturas, los viajes… Todo ello hizo ver a Segundo que la balanza estaba claramente inclinada a su favor y que sus cuarenta años eran, además, una ventaja frente a los casi treinta de Juan, dada la madurez de Victorina y su grandeza.

Juan se mantenía al margen de todos estos asuntos. No conocía los planes de don Segundo, o no los quiso conocer si algún día algo llegó a sus oídos. Acampaba por la casa de sus amigos a sus anchas, al principio atraído por los provechosos negocios que hacía con tan exquisita familia, pero más adelante ya no era esto, se le había unido además, haber trabado amistad con los dos hermanos y haberse enamorado perdidamente de Victorina.

Aquella tarde en que la mirada  de Segundo, tras el cristal de la balconada, le contó tácitamente a Victorina cada detalle de su plan, plan al que se había visto abocada sin cuestionarlo desde que tenía uso de razón y con la naturalidad que da lo cotidiano, aquella tarde, pues, al fin comprendió lo que suponía para ella, solo para ella y para nadie más. Y entendió también algo que Segundo llevaba años explicándole: que la libertad consiste solamente en que, para afirmar o negar, perseguir o evitar las cosas que el entendimiento nos propone, obramos de manera tal que no sentimos que ninguna fuerza fuerce. Miró a Juan, que seguía intentando explicarle en qué punto exacto de la cordillera se dibujaba la línea que diferenciaba el principado del reino, tema de conversación que les había ocupado toda la tarde, proponiendo al grupo emprender una excursión juntos para explorar el magnífico paisaje. Y lo decidió. Antes de subir a cenar, arropados por las alargadas sombras que la tarde proyectaba en el jardín, le dijo que sí, que emprendería con él ese viaje y que lo harían solos y que no sería la única frontera que buscasen y cruzasen.

A partir de aquel momento todo cambia en la casona de Hospital y se precipita por las callejuelas del maduro verano en Hospital de Órbigo como apurando el tiempo del estío. Juan parte a la mañana siguiente para atender unos asuntos en León con su hermano Francisco y ella se queda con Segundo. Al partir, contra la madrugada, ya lleva la promesa de Victorina de casarse con él. Ella no encuentra motivos para eludir su responsabilidad con entereza así que, después de la cena y mientras ambos, tío y sobrina están sentados en el jardín, donde la noche da un respiro al calor de la tarde, del día entero, y en la brisa nocturna se entremezclan el aroma del grano trillado en la era y algo más fresco, pues así presagian las cumbres más altas de la cordillera, no muy lejos de allí, el fin precipitado del verano, se lo dice:

—Me gustaría hablar con usted, tío Segundo de un asunto de gran importancia para mí.

Segundo no mueve un músculo, en su fuero interno sabe lo que le va a decir, —y para mí— se dice.

Y la escucha silencioso sin poder mirarla. Oye cómo, brevemente, su sobrina le cuenta que se ha enamorado de Juan y que quieren formalizar la relación. Él asiente, hablará con Juan para ver cuáles son sus intenciones.

Y efectivamente, habló con él y supo cuales eran las intenciones de Juan: casarse con ella. Pero no le dio crédito. Sencillamente, no se lo creyó y se amarró a la esperanza de que aquello fuera pasajero pues no veía al competidor por ningún lado. Su fortuna y  nombre no le parecieron mejores que lo que él podía ofrecerle y, a mayores, estaba la casa de León ya prácticamente terminada para acoger a la nueva familia y los libros y las conversaciones y lo más importante de todo: el cariño de toda una vida… Así que Segundo no le dio crédito alguno, convencido de que Victorina cambiaría de opinión.

Victorina fue consciente de todo aquello, de la  actitud de su tío, del no querer ver las cosas y el empecinamiento que tenía con sacar su proyecto adelante. Continuaron las alusiones a la casa de León, a hablar brevemente de la habitación de los niños, a contarle cuánto le había costado decidirse por el mármol que había de poner en la chimenea, del papel de las paredes, de los costureros de caoba, del bonheur-du-jour en el que podría escribir largas cartas en las aburridas tardes de invierno. Llegó un momento en que pensó que su tío había perdido la razón-

—Te digo Francisco que el tío Segundo ha perdido la razón.

—No lo creo hermanita. Lo único que le pasa es que ha puesto demasiado en este sueño y ahora le cuesta renunciar a él.

—Dios, Francisco, qué puedo hacer, sufrirá terriblemente.

—No puedes hacer nada, si acaso te apiadas, casarte con él.

No bien había acabado de decírselo y ya se había arrepentido. Sabía que su hermana tenía en mucha consideración su opinión y no quería influir para nada, al contrario, se había prometido a sí mismo no mediar en ninguno de los dos casos, solo apoyarles, de la mejor manera que pudiese, tomaran la decisión que tomaran. En pocos días empezaba el curso académico en Valladolid, su último año y luego sería un letrado como su tío Segundo y se podría hacer cargo de los negocios de la familia. Su cabeza estaba llena de proyectos de futuro, pero por mucho que le apurase la vida por vivir su propio destino, la suerte de su hermana le preocupaba tanto como la suya propia. Victorina, tras las últimas palabras de su hermano había cogido la sombrilla y se había echado a andar por el cimbreante senderuco del cuidado jardín. Las palabras de su hermano le habían creado zozobra; quizá lo mejor era sumar su destino al del tío Segundo y olvidarse de Juan. Miró a la lejanía poniéndose la pequeña y blanca mano de visera y enfocó el precioso Cercis bajo cuyo copa no hacía mucho que Juan la había besado. En ese momento su hermano Francisco la alcanzaba con intención de seguir la conversación y recapitular sobre el último comentario.

—Mi querida hermanita, perdóname, no creo que te haga falta mi opinión sobre este asunto porque tú mejor que nadie sabes lo que necesitas y con quién quieres construir tu futuro. Solo tienes que saber que tomes la decisión que tomes estaré contigo, la apoyaré incondicionalmente… Y a él también.

Pasó el verano y fijaron una fecha para la boda. Los días en Hospital pasaban entre la alegría de los nuevos acontecimientos, las visitas de Juan y la inquietud que le procuraba la actitud de su tío, que no solo dejó de ir a Hospital sino que además seguía sin darse por enterado, empecinado en aquella fantasía suya.

Aquella mañana salió temprano de su casa con un gran equipaje y en compañía de su ama. Sabía que Segundo estaba en la nueva casa de León y le había mandado aviso de que pararía allí para visitarlo antes de seguir su viaje a Oviedo. Su tío la esperaba prendido de una extraña esperanza. A pesar de todo,  le dio la sensación, cuando le vio en el saloncito al amor de la lumbre, por un instante, de que él pensaba que ella venía para quedarse.

La despedida fue dura, correcta, fría, distante. No había manera de mitigar aquel adiós. Se lo estaba poniendo verdaderamente difícil. Pero lo hizo; estaba educada para alcanzar su propia felicidad y así lo iba a hacer. La despedida duró lo que tardaron en cambiar los caballos de refresco y dar parte de que ya estaba todo previsto para seguir el viaje hacia Oviedo. Segundo la vio marcharse, alejarse para siempre.

Victorina entra, acompañada de su ama, en la Cordillera Cantábrica por Pajares. En un carro tirado por seis caballos apura el entarambinquinculado camino sin desprender la mirada  del horizonte que se plantea sin pundonor, definiendo, con claridad meridiana sobre el azul inmenso de la tarde, una hilera montañosa que cambia de color a medida que avanzan sus anhelos, como los días, como los años, como los silencios que, a estas alturas, ya ni son. De estos perfiles descarnados y violentos recoge ¡al fin!, Victorina, la inspiración que le falta para poder claudicar sin temor, con su crudeza llana y ejemplar: “esto es lo que hay” se dice: “una inmensidad de perfiles y de sombras, un paraíso de hostilidades, un reto tras otro… su agotadora insistencia”.

Sus ojos, entre los picachos helados, prendidos de las nubes, se juran a sí mismos no olvidar la imagen de aquel hombre derrotado al que, solamente hacía unas horas, había dejado en el saloncito de la que se suponía iba a ser su casa.

—Perdóname tío Segundo—, susurra con los ojos cristalinos y abrasados.

Nunca la perdonó. Jamás.

Un Comentario

  1. Literarura de arte mayor. Una gozada.

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