Ángela de la Cruz, la ambigua expansión de la pintura

Con la artista gallega afincada en Londres Ángela de la Cruz (A Coruña, 1965), el periodista con raíces asturianas Gerardo López López –uno de los promotores de #Néxodos–, inicia una serie muy personal sobre mujeres creadoras que le interesan: “Mujeres con arte”.

ANGELA DE LA CRUZ, LA AMBIGUA EXPANSIÓN DE LA PINTURA

Por GERARDO LÓPEZ LÓPEZ
→ @gerloplop

Conocí el trabajo de Ángela de la Cruz (A Coruña, 1965) en 2005, en una exposición de su obra “Larger than Life” en la capilla de Colón en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla. El impacto fue total, una desbordante pintura que inundaba el espacio y se convertía en una enorme escultura arquitectónica. A partir de ese momento comencé a seguirla y fui descubriendo su enorme capacidad para transitar entre la pintura y la escultura, su sentido del humor, su fuerza conceptual y el magnetismo de todas sus piezas.

Cinco años después fue finalista del Premio Turner, la única artista española que lo ha logrado hasta el momento, y sus exposiciones se suceden en grandes galerías y museos de todo el mundo. Poco a poco lo que habían sido intuiciones se van convirtiendo en rotundas afirmaciones que nos invitan a reflexionar sobre la propia pintura, la sociedad de consumo, los desastres naturales o las grandes cuestiones sociales y políticas. Si bien es cierto que su trayectoria se vio de pronto interrumpida por un grave problema de salud, que la tuvo apartada del estudio durante unos tres años, su regreso fue con más fuerza y más claridad, tanto conceptual como formal, fuerza y claridad que la han convertido en una de las artistas más influyentes e interesantes de estas primeras décadas del siglo XXI.

La primera cuestión que se plantea uno al contemplar las piezas de Ángela de la Cruz es si se trata de obras pictóricas con lenguaje escultórico o viceversa, obras escultóricas con lenguaje pictórico. Afirma Carolina Grau –que comisarió la exposición “Homeless”, una antológica de De la Cruz celebrada en Bilbao en 2018– que la artista, con su trabajo, amplia el lenguaje de la pintura, “busca romper los límites de la pintura o redefinirlos, busca la tercera dimensión o jugar con ella” y es que uno de sus hallazgos formales es precisamente romper el bastidor, lo que dota a sus piezas de esa corporalidad que las hace tan ambiguas, como señala el crítico Fernando Castro: “adentrándose en una poética de lo híbrido que no es ni pintura ni escultura, pareciendo las dos cosas a la vez”.

Otro de los aspectos que personalmente más me interesan en la obra de Angela es el uso del color. Su monocromatismo es interpretado por los críticos como una herramienta del lenguaje pictórico de Angela de la Cruz para cuestionar, como apunta Castro Flórez, la lógica de la propia pintura, “el cuadro monocromo tiene densidad de significado y sugiere el vacío de la página en blanco como afirma Danto”. En sus primeros trabajos usaba colores sucios para pasar después a los muy brillantes, transitar por los blancos y los marrones y llegar en sus últimas obras a colores extremos. Sin embargo, ella habla de su elección de los colores como algo casi casual, “utilizo los colores que están de moda y que veo en las pasarelas y las revistas” aunque muchas de sus obras reflejan, también en el color, asuntos sociales, medioambientales y políticos de calado.

Angela de la Cruz concibe el cuadro como un contenedor de ideas y sentimientos, al igual que un cuerpo humano y además se trata de obras intensamente biográficas, aunque ese aspecto pueda llegar a pasar desapercibido. Las medidas de sus trabajos siempre son las suyas; antes sus obras medían 1,53 como ella y ahora han paso a medir la altura que tiene desde que va en silla de ruedas. “Desde que soy minusválida” afirma en el programa que Metrópoli le dedicó en 2017, “hago trabajos utilizando las medidas de mi nuevo cuerpo”. Y efectivamente no solo utiliza el tamaño, sino que incluso en una serie de piezas tituladas “Compressed” estruja a través de unas máquinas unas cajas metálicas perfectamente pintadas, desde su tamaño original a su altura actual, obteniendo unas piezas de una belleza extraordinaria. Es una declaración y un gesto artístico que trasmiten violencia y con el resultado serenidad, ambos aspectos muy presentes en su trabajo. Ángela tiene un cuerpo que ha sufrido duros golpes y sus obras exactamente igual, están vapuleadas, rotas, desencajadas, porque ella misma asegura a Bea Espejo en El Cultural que “algo roto es más humano y asequible, menos intimidante”.

Ángela de la Cruz. Exposición ‘Mudanza’. Galería Carreras-Múgica.

Además de violencia y denuncia la obra de Ángela de la Cruz tiene otros componentes que están muy presentes en su obra, se trata del sentido del humor que la ha acompañado toda su vida y que como ella misma asegura “es lo que te ayuda a sobrevivir” y la sensualidad que busca en materiales y acabados, “el PVC es muy erótico, esos brillos como de humedad, me encanta experimentar con los materiales”.

No quiere terminar esta evocación de Ángela de la Cruz sin mencionar algunos aspectos de ella que me interesan tanto o más que su trabajo y es su personalidad. Le encanta la “gente normal” y considera que tanto el artista como el filósofo tienen que aprender a mezclarse y no vivir en lo alto de la montaña. Esto desde luego se refleja en sus piezas cuando habla de los sintecho, del Brexit, de los atentados, del racismo o de los problemas de género en el mundo del arte. Ella tiene claro que la lucha ha de continuar y que a las mujeres aún les queda un largo camino de lucha. Me quedo con una afirmación suya en una entrevista hace poco más de un año, “si me llamara Ángel de la Cruz cobraría mucho más por mis piezas”. Desgraciadamente eso es así, pero confío en que, si bien el mercado sigue siendo machista, al menos la academia no lo sea.

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