Notas de un nuevo diario / Días de 2021 (1)

@ Ilustración: Avelino Fierro.

Año nuevo, vida nueva. Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”“Calendario”“Desde mi celda” o El cuaderno naranja”— inicia una nueva sección en TAM TAM PRESS bajo el epígrafe de “Notas de un nuevo diario”.

Por AVELINO FIERRO

15.1.21.- Otro día en marcha sin remedio. Todavía luz noche; sólo vislumbro las farolas lejanas de la urbanización de Las Lomas y la ventana de mi amigo el solitario. He comenzado a leer Ya sentarás cabeza, de Ignacio Peyró. Me he detenido unos instantes en la lectura porque han tirado de mí algunas imágenes y momentos del mediodía de ayer. Sí, llegué de la oficina un tanto tarde a casa. Estuve al otro lado de la ciudad, cruzando el río, en la Transjordania, como decía un amigo de la pandilla hace tropecientos años. Nosotros éramos de una barriada que queda al norte y en éste no nos prodigábamos mucho, salvo algún domingo en que lo atravesábamos para ir al cine a Trobajo, donde ponían películas para mayores y no había   impedimento a que un grupo numeroso como el nuestro, comandado por un rapaz que no había cumplido los dieciséis, ocupase las localidades baratas de los bancos corridos de la sala. Allí vimos las pelis de Fu Manchú y entrevimos algún pecho de mujer. Ayer volví a esa zona; estuve en las oficinas de una sucursal bancaria, entretenido más de una hora, hasta el cierre, hasta que llegó la señora de la limpieza, cancelando unos fondos de inversión que tenía mi padre. ¿Qué se le habría perdido en aquella oficina? ¿Sería esa manía siempre suya de la discreción, el que nadie en su barrio se enterase de sus economías? Llegué tarde a casa –iba diciendo– y encontré a Mar reposando en el salón mientras veía en la tele un Don Giovanni de buena factura.

Desde que hace unos días Cecilia –estuvo en la ciudad para la inauguración de su exposición de fotografías, quedándose en nuestra casa– la convenció para darse de alta en Filmin, está encantada, manejando y escudriñando desde su móvil el fondo de armario de esa plataforma de películas y entretenimiento.

Yo consulté en el ordenador el índice de Scherzo, la revista de música. Llevamos con esa suscripción treinta y cinco años. En situaciones así, la eternidad ya no parece a veces tan desmesurada. Fui a buscar el ejemplar en papel. El dedicado a esa ópera es el número 18, año II, octubre de 1987. En la portada aparece una fotografía de Carlos Kleiber, que visita ese año el Festival de Otoño de Madrid. Al dosier lo han titulado “Doscientos años de Don Giovanni”; el 29 de aquel otro octubre se había estrenado en Praga. Veo que mi lectura de la revista está acompañada de algunos subrayados a lápiz. En la primera hoja encuentro algo insólito: “Ramiro de Maeztu documentó su estudio sobre el personaje con un romance de Riello, localidad de la provincia de León, en el que quedan ya perfectamente recogidos los dos mitos aludidos: “Pa misa diba un galán / caminito de la iglesia; / no diba por ir a misa / ni pa estar atento a ella, / que diba por ver las damas / las que van guapas y frescas”.

Me ha venido como un zurriagazo el pensar en Chema H., amigo, el más furibundo e instruido leonesista que conozco, natural de ese pueblo, y que ayer mismo enviaba por WhatsApp a todos los móviles del mundo occidental el enlace a una noticia, en la que una gestora o comisión o asociación cultural o grupo de amigos presentaba una estudiada moción con memoria económica a favor de la autonomía provincial. Este episodio filarmónico y mozartiano, que no conocerán, me parece uno de los más valiosos que podrían exhibir esos correligionarios. Buena gente, pero con todo el peligro de los provincianismos ilustrados. Además, cada vez que les da un fervorín quieren recuperar no sé qué dialectos fosilizados o te plantan una escultura horrorosa y urbana de algún bruto de aquella realeza de hace más de mil años, con la que te tropiezas a cada paso. Y no digo que no tengan motivos para lloriquear por las afrentas de los gestores de la comunidad autónoma, que llevan tiempo con sus injusticias y torpezas, repartidas entre graves ultrajes y pellizcos de monja.

Seguí leyendo mis subrayados: “Don Giovanni es el hedonista en estado puro, el arquetipo sin paralelo del estadio estético kierkegaardiano”. “En suma, y a pesar de grandes don Juanes bajos como Pinza o Siepi, lo más apropiado es un barítono no demasiado oscuro con graves sólidos. Brownlee o Stabile podían ser ejemplos bastante conspicuos”. “[Leporello] Antes que un barítono como el Don, un bajo cantante con habilidades histriónicas y facilidad para modelar lo bufo –es un heredero de los antiguos criados napolitanos– sin caer en excesos. Salvatore Baccaloni sería un ejemplo perfecto”. En las recomendaciones de la ópera grabada destacan las de Klemperer o Bohn o Giulini. Esta última es la primera que compré y la que me parece la canónica, por cierta manía, porque es la que he venido escuchando con más frecuencia. Tengo otras varias, para ver al alabado Cesare Siepi o a otros don Juanes. Luego perdí un buen rato escudriñando la lista interminable de grabaciones que venían en la revista. Podría decir que no fue tiempo perdido, que compensó la pesquisa el comprobar que allí no estaban algunas de las mías, como esa que tengo de Frequenz, del 95, con Giulini dirigiendo, Ghiaurov como Don Juan y Alfredo Kraus como Don Ottavio. Se me alegraron las pajarillas, me sentí orgullosín. Aunque estas alegrías sólo sirven ya para cuatro pavos que vivimos pendientes de esos fastos del pasado. Hoy ni siquiera es posible encontrar comercios donde comprar discos de música clásica; el personal vive enganchado a los “espotifais” de turno, a lo que encuentra o te venden en la Red.

La versión que estaba en esos momentos en la tele, y que vi a retazos –me acercaba cuando oía algún aria que quería cantar con los actuantes: Dalla sua pace, Or sai chi l’onore, Mi tradi, el catálogo…– era una grabación de 2010 del Festival de Glyndebourne. No conocía a ninguno de los cantantes, que me parecían correctos, salvo el Comendador, quizá porque ya lo escuchaba sin atención, cansado como estaba y con ganas de echar la siesta: eran más de las cinco de la tarde.

He dejado la revista musical en su estante, tras volver a colocar el cuadro de Cristóbal Hall que tapa esa vitrina desde hace unos meses. Allí está –depositado por Fernando– ese lienzo proveniente de la testamentaría de sus padres, confiando en que yo le busque acomodo en alguna institución o museo. He vuelto a la lectura. Ahora está amaneciendo. La luz es como la de ayer, hermosa y anaranjada. Quizá se deba a que los ácaros del puto virus, que también van muriendo por millones y millones, ascienden hacia el cielo y coronan así con esos reflejos el firmamento al fundirse con los primeros rayos de sol. Del libro no entendía ayer nada del prólogo, en el que aparece el Támesis, ese dios pardo y fuerte en los versos de Eliot y los buscadores de pecios, los mudlarks. Pero ya en las primeras páginas del diario de 2006, la crónica del derrumbe del Vip’s de la calle O’Donnell en Madrid me ha entusiasmado.

Y también la descripción de otros cafés high society madrileños. Y de más sitios pijos: “Nos queda Embassy y sus marqueses airados tras el latigazo de seis cócteles de cava”. Y los inicios del narrador como mendigante periodístico en compañía de V. Puig y otros amigos.

He ido a ver la foto del autor y el texto de la solapa, y leo que en 2018 publicó Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida en esta misma editorial de Libros del Asteroide. No he debido hacerlo, pero no ha sido pecar demasiado y al menos ya tengo claro que no estamos tratando con un tipo de bigote fino, blazer y pañuelito al cuello a lo González Ruano. Pero describe como él, divinamente, esos tugurios elegantes y trasnochados, ese mundo enmohecido de escopeta nacional, hijosdalgo venidos a menos y algún personaje austrohúngaro.

El libro ya lo había visto en manos de Malabia en la librería de Leo, un sábado que pasé a saludar mientras me dejaba caer hacia los barrios bajos. Otro día leí una reseña de García Martín. Anteayer estaba en lo alto de un rimero en la librería de Paco. Era la tercera vez que me ponía ojitos y tuve que comprarlo.

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