“La Poda”, un relato de José Quindós

Fotograma: Xulio Nogueira.

Con este relato, el leonés José Quindós obtuvo el segundo premio del concurso de cuentos “El Cántaro a la Fuente 2020” convocado en la localidad de Celadilla del Páramo (León).

LA PODA

Por JOSÉ QUINDÓS

Dedicado a casi todas las mujeres de este mundo

Como cada mañana, Lucía aparcó el coche en el recodo de la curva, antes de descender la loma.

Como cada mañana, después de quitar el contacto se quedó un rato mirando de frente por el parabrisas, pensando en…, pensando en nada, solo mirando.

Era una mañana fría, todas lo eran, pero esta especialmente. Los pequeños charquillos estaban todos helados, y no una capa fina, sino una buena capa.

A pesar de que hoy era un poco más tarde, casi las 9:30 h ya, y de que el sol lucía con ganas y no había una sola nube, parecía que el aire se podía cortar con un cuchillo; así de gélida era aquella mañana.

Cuando por fin salió de su ensimismamiento, realizó exactamente los mismos gestos, el mismo ritual de todas las mañanas desde hacía un mes: salió del coche sin molestarse en bajar el seguro, abrió el maletero, se quitó los zapatos y se puso las botas. Abrió la mochila para comprobar (aunque de sobra sabía que no hacía falta, ella misma la había preparado ya a las 7:30 h) que estaba todo: un trapo, las tijeras, los guantes, y el calentito termo de café.

Es curioso, pero había observado que desde hacía un mes, desde lo de Javi, se había vuelto más metódica, más mecánica en sus quehaceres. A pesar de no ser una persona demasiado introspectiva, más bien práctica y de acción, sabía que de alguna forma esa repetición, ese método, era un tablón al que agarrarse, una especie de punto fijo en medio de tanto vaivén.

Se subió la cremallera del anorak, se puso los guantes y estiró la espalda. La maldita espalda. Se colgó la mochila y con las tijeras en la mano se encaminó hacia las hileras de cepas.

No tuvo que buscar la vid en donde lo había dejado el día anterior, llegó hasta ella. Y comenzó la labor: corta la yema, deja el sarmiento, no pienses, cuenta cinco pulgares, calcula el racimo, no pienses, conduce el pámpano, no pienses, siguiente cepa, no pienses, corta la yema, no pienses…

Y entonces fue cuando necesitó quitarse el guante para asir mejor el tronco, se cortó, sangró, vio la sangre y, sin pensar, se derrumbó y lloró.

Se derrumbó y lloró y lloró. Lloró como lo llevaba haciendo desde hacía un mes. Desde lo de Javi. Lloró porque era el único momento y el único lugar en que podía hacerlo.

Hay personas que necesitan llorar en compañía y hay personas que solo pueden hacerlo en soledad.

Lucía era de estas últimas. Desde pequeña fue fuerte y luchadora. Siempre, por uno u otro motivo, era a ella a quien tocaba tirar del carro, ya fuera en su grupo de amigos, ya fuera en su trabajo, ya con sus padres y hermanos, ya en su matrimonio.

Así que, qué decir ahora, con la depresión de Andrés, el marido, y la enfermedad de Javi, su único hijo. Las oposiciones, ni nombrarlas. Dos años de esfuerzos para ni tan siquiera presentarse a los exámenes.

Una por una podía echarse a la espalda todas esas cosas, pero así, todas juntas, tan de golpe…

Y Andrés, joder Andrés. Aunque fuera fuerte también a ella le gustaría deprimirse y que la cuidaran, pero simplemente no podía permitirse una depresión, y ahora menos que nunca. Siempre había pensado que este tipo de malas experiencias al menos servirían para fortalecer una relación, pero, a la hora de la verdad, pues eso, lo de siempre. Lucía puede con todo.

Solo este rato para ser débil, solo las cepas como testigo, solo la poda para escapar.

Siempre le había gustado el vino. No solo el producto final, sino todo lo que lo envuelve: las catas en la facultad, las bodegas, sus amigos sumilleres, sus amigos enólogos (como ella misma), la elaboración, las plantas, la tierra. Pero desde hacía ya mucho (desde antes de lo de Javi), notaba que era esto lo que cada vez más le gustaba: la tierra.

De hecho, le pidió a un amigo bodeguero que la permitiera ocuparse ella misma de una parcela. Desde el comienzo, la poda, supervisar los controles de plaga (no vaya a ser que se pasen con los productos químicos), preparar el abono, corregir el exceso de floración, mirar al cielo esperando que no hiele a destiempo, que caiga la piedra, que las lluvias no traigan los hongos, que no haya sobremaduración, y, finalmente, la vendimia. Seleccionar solo los mejores racimos, educar a los vendimiadores, que no se estruje la uva en el transporte, controlar absolutamente todo el proceso para que el fruto llegue en las mejores condiciones posibles a la bodega.

Y finalmente la vendimia, porque casi sin darse cuenta, para ella ya casi había perdido todo interés el trabajo que continúa una vez que la uva ha entrado en la despalilladora.

A pesar de que eso era lo que ella más había estudiado, paulatinamente dejó de ser una enóloga para ser una viticultora. Cuidar la vid y la tierra era lo que a ella más atraía ahora.

Poco a poco se había ido estableciendo un poderoso y estrecho vínculo entre ella y esas cepas y ese terruño a su cargo, hasta el punto de que era una auténtica necesidad la que sentía de acudir a diario a esa loma. Y, qué raro, cayó en la cuenta de que nunca había hablado de ese vínculo con nadie.

Supuso que al fin y al cabo todo el mundo necesita encontrar su patio de recreo particular, un reducto para no compartir con nadie, por cercano que ese nadie pudiera ser.

En fin… Sin mirar el reloj, se enjugó las lágrimas. Sabía que su tiempo de compadecerse a sí misma había terminado. La Lucía que su mundo necesitaba había de volver.

Se levantó, abrió el termo y se puso una taza de café. Seguía haciendo mucho frío. Miró por última vez el viñedo antes de volver al coche. Tuvo la sensación, la certeza más bien, de que podía sentirse orgullosa. A pesar de todo había hecho bien su trabajo. Le había dado a la naturaleza todo lo que esta le había pedido. A partir de ahora lo que pasara con la cosecha ya no dependería de ella.

A las doce tenía la consulta. Hoy le darían los resultados de los análisis de Javi.

Se acordó de aquella gallega enjuta que, vendimiando en Valdeorras, mirando sus manos le dijo:

“Eres dura, rapaza. Fuerte y dura como una cepa vieja. Pero eso no siempre es bueno. Ruega para que Dios no te mande todo lo que tus lomos puedan soportar.”

FIN

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