“Sombras”, una historia desentrañada por ocho autores

“Sombra”. Fotografía de Marta Capote.

Sombras

Nuevo relato del grupo “Yo creatiV@ improvisando entre líneas” sobre el lado oscuro de las personas y los objetos, ese lugar clandestino que solemos guardar para nosotros mismos y que, en muchas ocasiones, nos atormenta sin tregua. El fantasma de “Sombras” recorre esta narración, escrita a 16 manos, hasta serenar la imaginación de los ocho autores que participan en esta trágica historia creada a golpe de un recurrente pensamiento, obsesivo.

Segunda entrega para TAM TAM PRESS, creada online, y que se enmarca en esa animada costumbre de los textos compartidos.

Por LYDIA V. LORD, ANDREA CASADO, ADRIANA ORTEGA, ISAAC MACHO, SANDRA LEVAS, LUIS BARTO, SARA ORTEGA y ADRIÁN ROSSIGNOLI

El niño apenas prestaba atención al juego de las tapas en aquel viejo hule de la mesa camilla. Se limitaba a fijar su inocente mirada en la cara de su madre. Eugenia solía responder con una mueca de pesadumbre. Habían pasado 17 años desde la guerra civil, época en la que aquel soldado del barrio de una ciudad de provincias le destrozó la bellísima cara al descerrajarle un tiro a bocajarro con su pistola. Un salvaje ultraje por negarse a salir con él. A pesar del tiempo transcurrido, ella hurgaba en la afrenta pero no en busca de venganza sino para perdonar al maltratador. ¿Cómo explicaría a su marido las razones de esta disparatada cavilación?

La sombra proyectada por La Seo que oscilaba sobre sus 360 grados de escalinatas a lo largo de los tórridos días de verano era el hábitat natural de los niños del barrio. Si las pétreas losas que las tapizaban pudieran hablar acusarían el sutil poder erosivo de sus interminables juegos.

Julián y Raimundo estaban tan unidos como la uña y la carne. Y tan distinta era su naturaleza. Eugenia, sin pretenderlo, se había convertido en el tejido conectivo del que ninguno de los dos sabría (de haber querido) desprenderse cuando la inocencia de la infancia se rindió ante la arrolladora llamada de la sexualidad adolescente. El triángulo quedaba forjado. Una geometría condenada a estremecerse en deletéreas dimensiones.

Como si de un tira y afloja se tratara Julián y Raimundo siguieron sintiendo esa amistad incondicional que los acompañaba desde la infancia, pero ese cariño tan especial que sentían por Eugenia se transformó en un amor pasional que les llevó a su disputa, y por otro lado, a que Eugenia se sintiese como la equilibrista de una cuerda floja en la que a cada extremo tenía a uno de sus dos mejores amigos, y que sin la presencia de cualquiera de ellos, ella perdería el equilibrio.

Y lo perdió. El amor acabó desequilibrando la balanza, y una imprudencia hizo el resto. Un paseo furtivo con Julián por La Alameda, uno de los pocos que pudieron disfrutar juntos, que terminó con el cuerpo de Eugenia cayendo lentamente, hasta yacer en el suelo polvoriento, deslavazado, como canicas lanzadas por unas manos infantiles, descuidadas y ávidas de una recompensa que, en este caso no era otra que la venganza.

Pasaron los años y una mañana fría de invierno, cuando todavía tenía sus labios cálidos del beso de despedida que le dio a Raimundo, una carta se deslizó por los azulejos blanquecinos y azulados que cubrían la entrada principal. Se agachó lentamente, sin prisas, como si de un recibo de luz se tratara. Pero en cuanto la volteó reconoció indudablemente esa letra de secretario cuidadoso y detallista, era Julián. Apretó la carta junto a su camisa de algodón, mirando a ambos lados, se dirigió hasta el patio interior donde las miradas curiosas no la podían alcanzar. Atravesó el mismo con sus tacones, pisando los trazados de rayuela con las que su hijo Alfonso jugaba para alargar las aburridas tardes de invierno de aquel pueblo alejado de la mano de algún Dios. Sus manos temblorosas desplegaban el papel que guardaba la esencia de Varon Dandy, acercó su carta junto a su respingona nariz y evocó los recuerdos de un oscuro pasado. Recuerdos desdibujados que todavía golpeaban su mente, y su corazón. El tiempo parecía ofrecerle la oportunidad de convertir aquel triángulo isósceles en uno equilátero.

“Querida Eu, sé que llevas buscando un tiempo. Andas corriendo detrás de mí para encontrarme. Sin embargo, déjame que te diga que no he podido dar la cara, sigo escondido, agazapado en mi escondrijo. La culpa me corroe por ese incidente del pasado. Sé que buscas la paz pero tengo un miedo que me carcome por dentro, miedo a no ser capaz de mirarte a los ojos y pedirte perdón, miedo a enfrentarme a Raimundo. Perdóname Eu. Tuyo siempre, Julián”.

“¡Será cobarde, el muy canalla!”, fue lo primero que pensó Eugenia, una vez recompuso el entendimiento y el gesto. Guardó arrebujado el papel en el bolso de su abrigo y corrió al camposanto, como otro día más, a contarle a su hija muerta –que sabía que la escuchaba– sus pequeñas vanidades. “Tu padre ha estado aquí, hija mía” –soltó nada más enfrentarse al mármol– “pero, el muy cobarde, no se ha atrevido a enfrentarse al rostro que su poca cabeza un día desfiguró, el mismo que tu tenías cuando un mal viento se te llevó, mi pequeña. Sólo te pido que le perdones como yo, casi, he hecho. Pronto os presentaré”, articuló, casi ufana.

Un trueno estalló dejando todo en sombras… sólo por un instante.

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