
Publicamos un artículo de reflexión y opinión sobre el conflicto entre Israel y Palestina escrito por Antonio Sol:
Palestina o la barbarie de la impunidad
Por ANTONIO SOL
El 7 de octubre de 2023, varios grupos armados de militantes palestinos, principalmente de Hamás, atacaron por sorpresa el sur de Israel desde la Franja de Gaza ocupada. Como resultado de la acción murieron más de 1.200 personas, muchas de ellas asesinadas de forma indiscriminada, otras 3.500 resultaron heridas, y unas 240 fueron secuestradas, la gran mayoría de ellas civiles. Human Rights Watch señala en su informe sobre lo ocurrido que el ataque deliberado contra civiles, los ataques indiscriminados, y la toma de civiles como rehenes constituyen crímenes de guerra según el derecho internacional humanitario.
Hamás es un movimiento militante islamista y uno de los dos principales partidos políticos de los territorios palestinos, El grupo controla políticamente la Franja de Gaza, desde las elecciones de 2006.
Un gran número de países o grupos regionales como la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia, Paraguay, la Organización de Estados Americanos, y Egipto mantienen a Hamás en su lista de organizaciones terroristas debido a su uso de la violencia contra civiles, incluidos atentados suicidas y ataques con cohetes. Otros como Turquía, China, Rusia o la mayoría de los países árabes, lo consideran una organización de resistencia.
The New York Times publicaba dos meses después de los ataques un artículo en el que informaba de que las autoridades israelitas conocían los planes sobre el atentado un año antes de que ocurriera. Las propias Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) en un informe titulado «Muro de Jericó» describían detalladamente un ataque como el que finalmente fue perpetrado, alertaban sobre las debilidades de la frontera con Gaza, y advertían sobre un posible ataque por parte de Hamás. Tres meses antes de los ataques, un analista veterano de la Unidad 8200 perteneciente a los Cuerpos de Inteligencia de las Fuerzas de Defensa de Israel, advirtió que Hamás había realizado un ejercicio de entrenamiento de un día de duración similar a lo descrito en el documento. Así mismo el vecino Egipto, a través de su jefe de inteligencia Abbas Kamel, informó a Israel del posible ataque con diez días de antelación. La oficina del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu negó esta información.
Las FDI están realizando una investigación que no se espera que se presente antes de junio por parte de su Jefe de Estado Mayor, el teniente general Herzi Halevi.
En abril el jefe de la inteligencia militar de Israel, el general de división Aharon Haliva presentaba su dimisión ante Halevi por su responsabilidad al no impedir el ataque de Hamás. Haliva pedía a su vez la creación de una comisión estatal que investigue el ataque.
Cuatro meses después de los ataques Hamás dio a conocer un documento de 16 páginas titulado Nuestra narrativa donde califica el ataque como «paso necesario y respuesta normal para hacer frente a todas las conspiraciones israelíes contra el pueblo palestino», y trata de justificar las acciones más sanguinarias achacándolas a grupos de facciones incontroladas que no estaban bajo su mando. Acusando a su vez de la muerte de algunos israelíes a la policía y al ejército hebreos por el fuego perpetrado en medio de la confusión.
Como reacción al brutal ataque las autoridades israelíes declararon el país en estado de guerra y comenzaron a bombardear la franja de Gaza, se estableció un bloqueo total sobre la misma y se impidió el suministro de electricidad, combustible y alimentos.
Esta respuesta ha sido absolutamente devastadora y ha consistido principalmente en castigar colectivamente a la población civil, no sólo a objetivos de Hamás.
Desde entonces Israel ha atacado viviendas e instalaciones civiles de todo tipo como hospitales, mercados, mezquitas, iglesias, campamentos de refugiados, estaciones o escuelas.
Las cifras son espeluznantes, al menos 36.400 muertos, la de heridos ronda los 80.000. Aunque estos datos sólo muestran las víctimas que han llegado a hospitales, el Ministerio de Sanidad de los palestinos calcula que al menos unas 10.000 personas más siguen bajo los escombros y aún no han sido recuperadas. La inmensa mayoría son civiles, y el 72 por ciento de ellos mujeres y niños. La cantidad de niños muertos ya supera los 15.000.
Israel por su parte ha reconocido unas 300 bajas entre sus soldados desde el comienzo de la operación sobre la Franja de Gaza.
Philippe Lazzarini, el comisionado general de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, UNRWA, publicó en marzo el terrible dato de que habían muerto más niños en Gaza en cinco meses que en los últimos cuatro años en todas las guerras del mundo. Y declaraba en su cuenta oficial de la plataforma X: «Esta es una guerra contra los niños. Es una guerra contra su infancia y su futuro».
Jason Lee, director de Save the Children en los territorios palestinos ocupados denuncia que más de mil niños han perdido una o ambas piernas en operaciones de amputación sin anestesia.
La directora de la UNRWA en España Raquel Martí denuncia que «Gaza no es un lugar seguro para nadie, ni para la población civil, ni para el personal humanitario de Naciones Unidas, ni para el personal sanitario, ni para ninguna ONG, ni por supuesto para los periodistas. Israel está matando de forma indiscriminada absolutamente. Nadie está a salvo en Gaza».
La Organización Mundial de la Salud ha registrado más de 800 ataques a hospitales, centros de salud y ambulancias, documentando hasta 700 muertos y casi 1.000 heridos, casi todos sanitarios.
Según la base de datos Aid Worker Security Database, 196 trabajadores humanitarios han muerto hasta abril en la Franja.
Desde Reporteros Sin Fronteras denuncian que más de 100 periodistas han muerto víctimas de los ataques y que no tienen precedentes de una masacre de periodistas de semejantes dimensiones, y menos en tan poco tiempo. Según informa la vicepresidenta de la organización, Edith Rodríguez: «No son sólo los asesinatos, son destrucciones enteras de medios de comunicación por los bombardeos».
Semejante cantidad de civiles muertos y destrucción es realmente descomunal en un conflicto armado; las cifras contrastan claramente con las de la guerra en Ucrania, donde en algo más de dos años de guerra ha habido 10.500 víctimas civiles, 587 de ellos niños, según datos de la ONU.
El ejército israelí ha destruido cerca del 80 por ciento de los edificios de la Franja de Gaza y el 85 por ciento de sus infraestructuras, mientras que el 90 por ciento de su población se encuentra desplazada de sus hogares.
La situación humanitaria es absolutamente crítica. Gaza ya se encuentra en situación de hambruna. La escasez de agua, alimentos, medicinas y alojamiento es generalizada, y ya ha comenzado hace tiempo el goteo diario de muertos por desnutrición o deshidratación que se convertirá en un río de muerte si no se pone remedio inmediato y se permite la llegada masiva de ayuda humanitaria.
Acción contra el Hambre, el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IEAH), Médicos Sin Fronteras y Save the Children, cuatro de las principales organizaciones humanitarias que operan a nivel global, han realizado un comunicado conjunto donde hacen un llamamiento urgente a la solidaridad internacional y a la acción inmediata para poder poner fin a la crisis en toda la Franja de Gaza.
Las negociaciones para lograr un alto el fuego duradero no han dado frutos después de la tregua temporal de una semana del pasado noviembre en el que se liberaron 105 rehenes israelíes a cambio de 240 presos palestinos. Aún quedan más de 100 personas secuestradas, varios de ellos han muerto, según Hamás debido a los bombardeos israelíes.
Biden acaba de anunciar el pasado viernes un plan de paz acordado con Israel que incluiría una tregua completa de seis semanas y una liberación progresiva de rehenes, también plantea una gran operación de reconstrucción de La Franja de Gaza (tras el negocio de la guerra viene el botín de la reconstrucción). El día siguiente a su presentación Netanyahu precisaba que no aceptará un alto el fuego definitivo mientras no destruya a Hamás como amenaza. Hace unos días el asesor de Seguridad Nacional israelí, Tzachi Hanegbi, declaraba que esperaban seguir combatiendo otros siete meses más.
Si finalmente se aceptara el plan de paz por todas las partes, habría que evitar que se convirtiera de hecho en un mecanismo para afianzar la ocupación militar de Israel, como ya ha ocurrido anteriormente.
Cien víctimas diarias
Tal grado de destrucción y víctimas civiles en tan poco tiempo no se había visto en ningún conflicto en el siglo XXI; incluso dentro del siglo XX, con dos terribles guerras mundiales, es difícil encontrar un ratio de víctimas diarias comparable. La media de civiles muertos diariamente durante la guerra de Irak fue de 31 personas durante un periodo de seis años. En la Franja de Gaza la media de estos 7 meses de guerra, teniendo en cuenta sólo a las mujeres y a los niños, supera las 100 víctimas diarias. Los hombres suman otros más de 10.000 muertos; obviamente la gran mayoría también son civiles y no combatientes de Hamás.
Israel está ignorando las leyes de la guerra y sobrepasando con creces los límites establecidos durante un conflicto armado recogidos en el Derecho internacional humanitario. Invoca el derecho a defenderse como si eso le diera carta blanca para hacerlo de cualquier forma, lo cual está convirtiendo la ofensiva israelí en una matanza indiscriminada.
Gran parte de los países occidentales han consentido las acciones de Israel en virtud de ese derecho a defenderse, pero subrayando que había que respetar y garantizar el derecho humanitario y la seguridad de la población civil, lo cual Israel no sólo no ha hecho, sino que a la vista de los datos de los que se dispone sigue un comportamiento genocida actuando con total impunidad.
El hecho de contar con el aval inquebrantable de Estados Unidos, cuyo Senado aprobó el mes pasado una ayuda militar de 26.400 millones de dólares a Israel, le permite seguir ignorando los llamamientos internacionales cada vez más generalizados para parar este pogromo contra el pueblo palestino.
Estados Unidos, el único país con capacidad real de parar la desproporcionada acción militar israelí, se comporta como un cómplice indispensable. Durante los primeros cinco meses de guerra ha bloqueado repetidas veces cualquier propuesta de resolución de alto el fuego humanitario inmediato en Gaza del Consejo de Seguridad de la ONU, hasta que finalmente se abstuvo; mientras, hipócritamente, realiza acciones claramente insuficientes, como proporcionar una mínima ayuda humanitaria por aire o la construcción de un embarcadero temporal, desoyendo a las agencias de Naciones Unidas que aseguran que la única forma de satisfacer las necesidades de ayuda de la población gazatí es por tierra.
Mientras tanto, Israel mantiene bloqueados la mayoría de los pasos fronterizos, e incluso permite que activistas de extrema derecha y colonos ataquen, con la excusa de que Hamás se apropiaría de la ayuda, a varios de los pocos camiones que pasan ante la total permisividad de los soldados que supuestamente los custodian. Como han reconocido los propios atacantes, son las mismas fuerzas de seguridad israelíes las que les informan de la ubicación de los camiones de ayuda humanitaria.
Las advertencias de Biden de detener los envíos de armas estadounidenses a Israel que, como él mismo ha reconocido, se han utilizado en la muerte de civiles en Gaza, parecen más un gesto de cara a la galería para intentar maquillar el apoyo decisivo que está ofreciendo a Tel Aviv. Esta ayuda incondicional está mermando su popularidad entre un electorado demócrata cada vez más favorable a la causa palestina y que no apoya tanto como los republicanos la excesiva reacción israelí a los ataques.
La Casa Blanca se enfrenta a la mayor movilización antibélica en las universidades americanas desde la Guerra de Vietnam y a una creciente desafección hacia Israel entre sus tradicionales votantes, que no parece ser tomada en cuenta por sus representantes demócratas, los cuales, a pesar de expresar algunas críticas a Israel, siguen apoyándolo en las votaciones importantes, además de por obvias razones geopolíticas, también por la gran influencia que ejercen sobre ellos algunos grupos de presión israelíes como la Comisión Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC). De seguir así, el apoyo de Biden al gobierno israelí le podría costar un número decisivo de votos de cara a las elecciones del próximo otoño que, según las encuestas, parecen estar bastante igualadas.
La denuncia de Sudáfrica
El 29 de diciembre de 2023 Sudáfrica presentó una denuncia contra Israel ante el Tribunal Internacional de Justicia de las Naciones Unidas (TIJ) por cometer presuntamente «genocidio» en la Franja de Gaza, y finalmente la Fiscalía del Tribunal Penal Internacional (TPI) ha solicitado órdenes de detención contra el primer ministro Israelí, Benjamin Netanyahu, su ministro de Defensa, y tres dirigentes de Hamás por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en Israel y el Estado de Palestina, desde al menos el 7 de octubre de 2023.
Biden ha calificado de «escandalosa» la petición de la fiscalía del TPI para detener a Netanyahu, y tanto Israel como Estados Unidos han respondido con amenazas y advertencias, ante lo cual el fiscal jefe del TPI, Karim Khan, ha emitido un comunicado en el que ha pedido que «todos los intentos de impedir, intimidar o influir indebidamente en los funcionarios del TPI cesen de inmediato», y ha señalado que amenazar al tribunal «puede constituir un delito contra la administración de justicia bajo el artículo 70 del Estatuto de Roma». La anterior fiscal jefe del TPI, Fatou Bensouda, ya había revelado amenazas de Yossi Cohen, ex jefe del Mossad, la agencia de inteligencia israelí en el exterior, por investigar crímenes de guerra en Palestina.
Tan acostumbrados están los dirigentes israelíes a que sus injusticias y crímenes contra el pueblo palestino queden impunes, que no conciben que se les pueda aplicar el derecho internacional como a un país cualquiera.
No deja de ser simbólico que sea Sudáfrica quien ha presentado esta denuncia, pues fue en ese país donde la palabra «apartheid» adquirió el sentido específico de «segregación racial» que ahora sufren los palestinos por parte de Israel. Los israelíes deberían tomar nota de lo ocurrido en Sudáfrica, y de que las armas que utilizó Mandela para superar esa lacra fueron el perdón, la verdad, y la reconciliación. Como él mismo decía y demostró personalmente: «El arma más potente no es la violencia sino hablar con la gente».
Otros países se han unido posteriormente a la denuncia sudafricana ante el TIJ. España lo ha hecho el jueves 6 de junio de este año 2024.
Perversión del lenguaje
Las autoridades israelíes acusan de antisemitas o partidarios de Hamás a todos los que piden el alto el fuego en Gaza y critican o desaprueban la respuesta israelí. En un absurdo conmigo o contra mi, intentan hacer tomar partido utilizando esa falacia lógica para anular posiciones críticas o incluso neutrales con sus actuaciones.
Parece que el gobierno de ultraderecha de Israel quisiera resignificar las palabras «apartheid» y «genocidio» cuando son ellos los que lo cometen, y convertirlas en meros sinónimos de «autodefensa». En una continua perversión del lenguaje llaman «territorios liberados» a los «territorios ocupados» a Palestina. Incluso tratan de equiparar torticeramente el término «sionista» con «judío» o «semita» para intentar acallar a sus críticos, pues la mayor parte de lo que ellos llaman críticas «antisemitas» o «antijudías» son en realidad «antisionistas», y no van dirigidas contra el pueblo judío, sino contra las actuaciones del gobierno de Israel. De hecho sólo alrededor de un 6 por ciento de los israelíes son colonos. La mayoría del pueblo de Israel quiere la paz con los palestinos. Hay más de 30 organizaciones en Israel que están contra la guerra, y ya se hacen oír muchas voces, como la del ex primer ministro, Ehud Barak, que están pidiendo nuevas elecciones. Mientras tanto, la popularidad de Netanyahu no deja de caer.
Reconocimiento de Palestina
Israel, en un enfrentamiento diplomático sin precedentes con España, Irlanda y Noruega, los últimos países que acaban de reconocer como estado a Palestina, ha calificado ese reconocimiento de «grave incitación antisemita» y ha amenazado con «dañar a quien nos dañe». Con este acto ya son 146 países los que reconocen a Palestina como un Estado soberano, una gran mayoría de los 193 estados miembros de Naciones Unidas.
El crédito diplomático que había cosechado Europa como adalid de la legalidad internacional durante la guerra de Ucrania ha mermado considerablemente en pocos meses al ponerse de perfil o apoyar a Israel a pesar de los crímenes tan atroces que está cometiendo y de su desprecio al derecho internacional y a los organismos internacionales. La situación viene siendo como mínimo desconcertante, con países que apoyan sin fisuras a Israel y otros que tienen una posición más crítica, con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, apoyando férreamente el «derecho a defenderse» del gobierno israelí, y el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Seguridad, Josep Borrell, denunciando alarmado la forma en que Israel practica ese derecho. La posición común es indispensable para poder ser de ayuda en la solución del conflicto, pero parece improbable que se consiga claramente antes de las próximas elecciones, y la posibilidad de que la ultraderecha tenga poder en Europa la complicaría aún más.
En España
En España el panorama es aún más esperpéntico. Mientras el Gobierno de España reconoce a Palestina como Estado, dirigentes del Partido Popular se han sumado al apoyo ultra a Israel y critican la decisión de reconocer en este momento al Estado Palestino, probablemente por motivos electoralistas más que ideológicos, pues tanto los ex presidentes José María Aznar y Mariano Rajoy, como el actual líder del partido, Alberto Núñez Feijóo, habían defendido previamente ese reconocimiento. Por su parte, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, parece empeñada en demostrar que su catadura moral, de todos conocida tras la gestión de las residencias durante la pandemia, puede caer aún más bajo, con unas declaraciones que podrían haber salido de los propios labios de Netanyahu, en las que denuncia que desde el Gobierno español «están llamando al exterminio de Israel y están justificando lo que el terrorismo de Hamás pretende con este Estado». Ni una sola palabra de crítica a Israel por la execrable cantidad de víctimas civiles en sus ataques.
El mismo día del reconocimiento por parte de España del Estado Palestino, el líder del partido ultraderechista Vox, Santiago Abascal, viajó a Israel para reunirse con Netanyahu, expresarle su apoyo y comprometerse a revertir el reconocimiento de Palestina «cuando sea presidente del Gobierno», además de acusar al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, de alimentar «al peor terrorismo que hay sobre la faz de la tierra». Al igual que Ayuso, ni una palabra sobre las miles de vidas civiles palestinas masacradas.
En Europa
No deja de ser paradójico que la extrema derecha europea, cuyos partidos están trufados de neonazis, sea la que está apoyando a la extrema derecha israelí. Pareciera que en su pragmática estrategia simplemente han cambiado el objetivo en sus miras, sustituyendo al antiguo enemigo judío por el actual enemigo común islamista, y todos tan contentos. Lo escandaloso para muchos israelíes no fanatizados es que su gobierno, por muy de extrema derecha que sea, se alinee con partidos que beben de las doctrinas que propiciaron el Holocausto. Recientemente el periódico israelí Haaretz señalaba la sorprendente participación de Amichai Chikli, ministro de Netanyahu a cargo de Asuntos de la Diáspora de Israel y de la Lucha contra el Antisemitismo, en el acto de la extrema derecha en Madrid, EuropaViva24, organizado por Vox el pasado mes de mayo, en el que también participaron conocidos neonazis. Parece ser que el odio común al Islam es más fuerte que el odio a los judíos de algunos de ellos, y han decidido admitir en su club a tan eficientes exterminadores de infieles.
Ofer Cassif, diputado del Parlamento israelí, califica al actual gobierno de Israel de fascista, racista, antidemocrático, y corrupto. Considera un golpe de estado azucarado la reforma judicial que intentó aprobar antes de los atentados a pesar del masivo rechazo de la ciudadanía. Sostiene que desde la masacre del 7 de octubre se viene produciendo una persecución política de cualquier voz de la oposición que plantee disensión alguna con la guerra, y denuncia la violencia policial contra aquellos que intentan manifestarse en contra, incluso contra las familias de los rehenes.
Cassif considera que Netanyahu se comporta como un psicópata y que «es el mayor riesgo para la región y para el pueblo israelí porque está dispuesto a sacrificar a cualquiera, incluido el pueblo israelí en aras de su propio bien y de la supervivencia de su propio gobierno con tal de no ir a la cárcel».
Netanyahu está siendo juzgado por un tribunal israelí acusado de fraude, soborno y abuso de confianza, pero el juicio sigue dilatándose. No son pocas las voces que insinúan que mantendrá la guerra mientras pueda simplemente para seguir en el poder y retrasar también la investigación sobre los errores de seguridad que permitieron el atentado de octubre.
Impunidad de Israel
En declaraciones a la BBC, Daniel Levy, ex asesor del gobierno de Israel, negociador de los acuerdos de paz de Oslo, y actual presidente del think tank US-Middle East Project, señala que uno de los factores clave para entender cómo llegamos a donde estamos hoy es la impunidad que se le otorga a Israel a nivel internacional, principalmente por Estados Unidos, aunque también por el Reino Unido y Europa; señala también esa misma inmunidad como una de las claves que han hecho que su país viaje cada vez más hacia la derecha.
Levy sostiene que al igual que un pueblo bajo ocupación tiene derecho a resistir dentro de los parámetros del derecho internacional, Israel tiene derecho a defenderse dentro de los parámetros del derecho internacional. Y se muestra aterrado por lo que les está sucediendo a los palestinos «porque parece que estamos en un punto de todo o nada, en un ellos o nosotros», que en su opinión no se puede explicar sin un proceso de «deshumanización» recíproca entre israelíes y palestinos.
Según Levy, la actual protesta mundial a favor de los palestinos se debe a que «Palestina ocupa ahora este tipo de lugar simbólico: es una especie de avatar de una rebelión contra la hipocresía occidental, contra el orden mundial inaceptable y contra el orden poscolonial» y señala la «necesidad de una comunidad internacional que no consienta el desposeimiento permanente de los palestinos. Y lo que probablemente eso significa es que esto no puede ser un monopolio estadounidense. Necesitamos que otros actores formen algún tipo de grupo de contacto, algún tipo de esfuerzo continuo, porque Estados Unidos ha demostrado ser claramente incapaz, incluso en un momento como este, de dar un paso adelante».
El profesor emérito de la Universidad Católica de Lovaina, Bichara Khader, y fundador del Centro de Estudios e Investigación sobre el Mundo Árabe Contemporáneo, en su artículo «Palestina: La tragedia permanente (1947-2024)» publicado en la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, repasa las raíces fundamentales del conflicto palestino-israelí y trata de explicar cómo se ha llegado a la situación actual. Según Khader:
«El 7 de octubre se produjo un horrible atentado con muchos israelíes inocentes muertos, heridos o secuestrados. Pero este no es el comienzo de la historia: es el resultado de una larga trayectoria de negación, desposesión y humillación del pueblo palestino. Es la historia de 76 años de cero responsabilidad y total inmunidad para Israel. […]
La contextualización del 7 de octubre es, por tanto, de vital importancia: no es antisemitismo ni justificación de la violencia, como argumenta Israel. Es más bien una revelación: la violencia no surge en el vacío, como recordó sabiamente Antonio Guterres, secretario general de la ONU. […]
Desde la formación del nuevo Gobierno de extrema derecha, a finales de 2022, la situación en Cisjordania se ha vuelto insoportable: ha aumentado el número de asentamientos, han proliferado los puestos de control, se ha llevado a cabo la anexión de facto de grandes franjas de tierra palestina, se han destruido hogares palestinos, se han desplazado comunidades enteras, se ha reprimido el activismo palestino, se ha acosado y asesinado constantemente a palestinos en Cisjordania, se ha «encerrado» y bombardeado con frecuencia a palestinos en Gaza y se ha devastado la economía palestina. Se llevó a cabo una Nakba silenciosa con total impunidad. Ninguna administración estadounidense, demócrata o republicana, ha estado dispuesta hasta ahora a ejercer ninguna influencia sobre Israel, lo que envalentona a la extrema derecha judía, sin miedo a ninguna resistencia por parte del Gobierno estadounidense. La UE, paralizada por sus divisiones internas, fue a remolque de Estados Unidos, mostró preocupación por las políticas israelíes, pero rehuyó cualquier sanción significativa. En vísperas del atentado del 7 de octubre, los territorios palestinos estaban al borde de la explosión. […]
El contexto histórico más amplio es simplemente ignorado o descartado: 76 años de ocupación tiránica, negociaciones fallidas, anexión desenfrenada, criminalización de la resistencia no violenta, cuatro ofensivas israelíes en Gaza desde 2008 hasta 2021, complicidad estadounidense, complacencia europea y una desilusión general con un sistema internacional que permitió la desposesión palestina y erosionó la capacidad palestina de emplear medios no violentos para cambiar el statu quo y lograr la autodeterminación. […]»
¿Sin solución?
El certero y demoledor análisis de Khader apunta al llamado «Acuerdo del Siglo», auspiciado por Trump en 2020, como la sentencia de muerte a la «solución de los Dos Estados» que podría haber evitado la situación actual. También los llamados «Acuerdos de Abraham» de ese mismo año entre Israel y algunos países árabes, que levantaron el tabú de tratar con Israel, contribuyeron a diluir la importancia de la cuestión palestina. Al igual que muchos otros especialistas en el conflicto, Khader también señala que la hoja de ruta para la paz presentada por Josep Borrell, jefe de la diplomacia comunitaria, durante la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la UE el 22 de enero de 2024, va en la dirección correcta, ya que propone celebrar una conferencia preparatoria y poner en marcha, no otro proceso de paz, sino un «Proceso de solución de dos Estados» que «debería conducir a un Estado Palestino independiente que conviva con Israel». Borrell aboga por promover una solución política, integral, que incluya no sólo a Gaza sino también a Cisjordania, donde se encuentra «el verdadero obstáculo para la solución de dos Estados». A pesar de la negativa de Israel a la solución de dos Estados y de las reticencias de Washington, ninguna otra opción parece viable para conseguir la paz. Borrell reclama más unión en la UE si quiere jugar «un papel geopolítico» en Oriente Medio, porque ve «dispersión de enfoques y muchos Estados miembros quieren jugar su propio juego». Señala también que habría que contar con Estados Unidos y apoyar la iniciativa árabe.
Europa ha de ser un actor decisivo en la resolución de un conflicto que en alguna medida ayudó a generar en sus comienzos (tanto por la creación del estado de Israel como por el Holocausto o las expulsiones de judíos en varios países durante siglos anteriores). Y para ello ha de empezar por eliminar el doble rasero exhibido últimamente, pues desgasta la cierta credibilidad conseguida llenándose la boca de Derecho internacional y sancionando a Rusia por el ataque a Ucrania, mientras no consigue ponerse de acuerdo con una voz común respecto a la respuesta israelí a los atentados, ni a una solución perdurable en el enfrentamiento palestino-israelí.
Khader resume: «El horror del atentado del 7 de octubre y el subsiguiente ataque a Gaza han proporcionado una prueba convincente de que no existe una solución militar para el conflicto, de que existe un apoyo generalizado al derecho palestino a la autodeterminación y una condena internacional de las políticas de Israel en Cisjordania y de sus devastadores bombardeos en Gaza, calificados por un antiguo funcionario de la ONU como «un caso de genocidio de manual», y por último, que «sólo una solución justa y duradera puede evitar otro 7 de octubre y otra tragedia palestina». El ex alto funcionario al que se refiere Khader es Craig Mokhiber, abogado internacional de derechos humanos que durante años ha sido director de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en Nueva York. En declaraciones a Democracy Now!, señala que, al abordar las violaciones del Derecho internacional por parte de Israel, la ONU sigue «reglas distintas» que en los otros casos y se niega a implementar los mecanismos de acción que tiene, con lo que «efectivamente» funciona como «una cortina de humo detrás de la cual se profundiza y empeora la desposesión del pueblo palestino».
Complicidad
Mokhiber también denuncia el «apartheid que impone el gobierno israelí», y añade: «los Gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido, y gran parte de Europa son totalmente cómplices de este horrible asalto. Estos Gobiernos no sólo rehúsan cumplir con sus obligaciones adquiridas de “garantizar el respeto” de los Convenios de Ginebra, sino que, de hecho, están armando activamente el ataque, proporcionando apoyo económico y de inteligencia, además de darle protección política y diplomática a Israel por sus atrocidades».
En esta guerra, y en cómo se solucione, no está en juego solamente la vida de miles de inocentes, sino también un futuro donde puedan seguir siendo decisivos la diplomacia y los organismos internacionales y donde se aplique y respete el Derecho internacional. Si se acaba aceptando la impunidad y se vuelve a la ley del más fuerte permitiendo a Israel seguir con sus acciones criminales, se sentará un precedente que puede poner en peligro una solución duradera al conflicto palestino-israelí, y también el de otros conflictos futuros.
No seamos ingenuos, las fichas del tablero internacional sólo las mueven contados Estados junto con las grandes corporaciones e importantes instituciones financieras, y unas pocas decenas de miles de palestinos muertos no les preocupan demasiado si eso juega a favor de sus intereses, pero queda la esperanza que señaló el periodista Patrick Tyler en la portada de The New York Times cuando, a tenor de las protestas mundiales contra lo que ha sido el gran crimen hasta ahora del siglo XXI, la guerra de Irak, escribió: «Puede que aún queden dos superpoderes en el planeta: los Estados Unidos y la opinión pública mundial».
Ya desde el siglo V a.C. aprendimos con Tucídides a valorar las relaciones entre las naciones en función de su poder y no en razón de la justicia, pero veinte siglos más tarde, con dos guerras mundiales a cuestas y casi superado el colonialismo, deberíamos tener bastante claro que son la justicia, la diplomacia y la búsqueda de consensos, y el bien común, el camino más inteligente para evitar conflictos bélicos (a no ser que no se quieran evitar, como suele ocurrir con las minorías que los promueven). Disponemos de organismos internacionales que, aunque imperfectos y mejorables, pueden en muchos casos ayudar más y con más éxito que las armas. Y no olvidemos el superpoder que nos recordó Tyler: somos la opinión pública mundial y no queremos guerras evitables. Estemos además alerta, ya que quienes propician las guerras también, y cada vez más, suelen tener el poder y los medios de conformar la opinión pública.
«Nakba» y «Shoah»
Es significativo que el término utilizado para designar el éxodo palestino «Nakba», y «Shoah», palabra que utilizan los hebreos para referirse al Holocausto, signifiquen lo mismo, «catástrofe», es decir, suceso infausto que altera gravemente el orden regular de las cosas, desgracia, calamidad. Pareciera como si desde la reveladora coincidencia de términos ya se enfatizara el resultado desastroso de un suceso más que las causas que lo provocan. Pero siempre hay causas. El hilo que conduce al 7 de octubre supera dos milenios de longitud que no podemos cambiar, pero también tiene unas causas y realidades contemporáneas sobre las que sí podemos actuar. Las palabras mágicas que han demostrado eficacia ante ellas son: verdad, justicia y reparación. Sin ellas la solución de conflictos tan sangrientos suele ser precaria, y se vuelve a caer en ellos de forma tan reiterada como inevitable. No habrá armas suficientes para evitar que el odio sembrado en los últimos meses vuelva en un futuro a alimentar las ancianas espirales de venganza si no se transita por el efecto sanador del proceso que esas tres palabras ofrecen. No es un camino utópico e infalible, ni siquiera posible en su totalidad, pero es el que quizás nos pueda alejar más de la repetición del horror y la barbarie.
El camino hacia la paz
Netanyahu y su gobierno de extrema derecha y ultraortodoxos harían bien en repasar su libro sagrado, la Torá, donde en Levítico 24, 20 dice textualmente: «fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; se le causará a él la misma lesión que él le haya causado a otro».
Esta norma judía implica que la represalia por un mal nunca debe exceder el mal que se ha hecho. Si bien parece alentar la venganza se cree que surgió precisamente para evitar un daño mayor que el cometido. Aunque harían aún mejor recordando a Gandhi: «ojo por ojo y el mundo acabará ciego».
Del actual escenario en Palestina hay muchos responsables que han de sentarse, unos en el banquillo de los acusados y otros en la mesa de negociaciones (algunos en ambos lugares), pero en la mesa no se puede dejar solos a Estados Unidos y a Israel con Palestina. La Unión Europea, los países árabes y Naciones Unidas han de transitar también con ellos ese camino hacia la paz, pues todos estos actores han sido en un momento u otro, de una forma u otra, responsables de la situación a la que se ha llegado.
La impunidad no funcionará, y sólo el reconocimiento del otro puede hacer vislumbrar una posibilidad de paz en una tierra ya demasiado regada de muerte y sufrimiento de inocentes.
