
La astorgana Lourdes Santos, profesora de Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de León, ya jubilada, traza el perfil de un ilustre paisano suyo: el escritor, guionista y director de cine astorgano Claro García.
Por LOURDES SANTOS
Estamos ante una persona con una voluntad firme que ha sabido desde siempre lo que quería ser, lo ha sido y lo sigue siendo…
El foco lo debemos de poner en TVE. La escena que vemos se desarrolla en 2015, en la retransmisión de la vigésimo novena edición de los Premios Goya, justo en el momento en el que Claro García, escritor, director de cine, show runner, … y muchas más cosas, pero por encima de todo, un astorgano, maestro en el oficio de guionista, recoge el premio al Mejor Guion Adaptado por la película Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo, lo comparte con unos amigos, Javier Fesser y Cristóbal Ruiz.
Claro, que está en la cincuentena, se parece a un serio lord inglés, pero es Clarito, el niño, quien recoge el premio emocionado. Ha visto su máximo sueño cumplido. Ha escrito el guion de una película con sus personajes favoritos y, además, recibe el máximo galardón de la Academia del cine español.
Antes de todo esto, tenemos que ir a los años 60, cuando el niño Claro recibió un regalo de su madre y su hermana, un cuento de Mortadelo. Esto sería lo que despertó en él un gusto por las historias vistas en viñetas. De tal forma le impactó, que prometió a su madre que algún día haría una película sobre esos personajes. Así lo refleja en la dedicatoria del Goya.
Clarito iba cada domingo al puesto de tebeos y revistas que el señor Ramon desplegaba bajo los soportales de la Plaza, en Astorga, y compraba los cuentos que devoraba a carcajada limpia.
El deleite que le producían las aventuras de Roberto Alcázar, el Capitán Trueno, Hazañas bélicas, pero por encima de todo, Mortadelo y Filemón, principió un deseo por escribir historias, un empeño por guionizarlas, por hacerlas reales.
Además, las historias se robustecían con las vivencias en aquella mágica Astorga donde funcionaban cinco cines, nada menos. “Mi infancia viene marcada por el cine” afirma con devoción absoluta.
Entrar en el cine suponía dejar atrás la realidad cotidiana, el frío, las historias de vecinos en aquel barrio de San Andrés encuadrado en cuatro calles, y penetrar en la pantalla donde se superponían el desierto, los indios, los pistoleros y Clarito se decía: “yo quiero hacer eso”.
Cuenta otra anécdota que entiende reveladora en su vida. En un viaje a León siendo niño, al dar la vuelta a una esquina, ve gente corriendo, tirando mangueras, poniendo los brutos de luz de día. Se topó con el rodaje de una película, Las bodas de Blanca. Ve el primer rodaje de su vida y se produce una transformación en su cabeza. De pronto, se destripa el encantamiento, se vuelve loco con ese detonante, y dice: ”quiero dedicarme a esto”.
Más adelante, la feliz estancia adolescente en el moderno y avanzado colegio de huérfanos de médicos de Guadalajara, le va a permitir asistir con asiduidad al cine club que había enfrente. En ese momento, descubriría las claves cinematográficas, además de la nouvelle vague, el neorrealismo italiano, forjando así un sólido deseo de hacer historias.
Averiguaría, al ver varias veces una película, que había una mente organizadora. Que todos los detalles aparecían con un sentido preciso. Es así como se daría cuenta de que los guionistas eran quienes se ocupaban de organizar eso. Y se decía “yo quiero hacer eso”.
No obstante, la tradición familiar le llevó a Madrid a matricularse en la carrera médica, con una breve incursión. Allí ocurrió un hecho revelador.
Un deseo inquebrantable le inquietaba por averiguar el origen del tatuaje que asomaba en el hombro del desgastado cadáver que se usaba en las prácticas anatómicas de aquella facultad.
“La pregunta interesante no era dónde estaba el hígado, sino quién era ese hombre, quién le había hecho el tatuaje, dónde se lo hizo, por qué se lo hizo, ¿era un recuerdo de un antiguo amor?…”, de nuevo, una imperiosa necesidad de contar historias. “Yo quiero hacer eso”.
Aquello fue definitivo, y el curso siguiente, se matriculó en los estudios de Imagen de la Facultad de Ciencias de la Información, sucesora de la Escuela Oficial de Cine. Sería en el bar de esa facultad donde compartiría grandes momentos y las mismas inquietudes con gente del mundo del cine. Comienza a hacer sus primeros cortos en súper 8, incluso en los veranos que acudía a Astorga.
No en vano, Astorga reconocerá su carrera otorgándole el Premio Honorífico del Certamen Nacional de Cortometrajes Ciudad de Astorga en 2002, de la mano de su amigo Luismi, creador del festival de cine astorgano. Con Luis Miguel Alonso Guadalupe, compartió, desde siempre, aficiones e intereses en torno al cine.
Aunque las primeras incursiones fueron en la radio, como locutor, realizador y guionista en Onda Cero, Antena 3 Radio, Cadena Ser (trabajó en todos los medios), se convirtió en el señor García en el conocido programa de Gomaespuma de Juan Luis Cano y su amigo Guillermo, el hermano mayor de su admirado colega Javier, el pequeño de los Fesser.
En esa época conoce a J. L. Garci, y puede decirse que se le abre la puerta de entrada de manera profesional al trabajo en la industria del cine, que admiraba desde fuera.
“Te das cuenta que en el cine hay una parte de industria, con la que tienes que lidiar, y una parte de arte, un 50/50. Un mundo interesante y complejo que cuando crees conocerlo, cambia, y tienes que avanzar en esos cambios”.
Comienza el oficio de guionista escribiendo guiones para la serie Historias del otro lado. Lo compatibiliza como copy para publicidad en campañas humorísticas como las de 13 Rue del percebe para La Casera, o Me siento seguro para Seguros Plus ultra, o La fábrica de los sueños de la Lotería de Navidad, entre muchos más. “Si te gusta escribir no puedes obviar la publicidad, aprendes mucho y te sirve para escribir cine”.
Ha colaborado como guionista para el programa de gran audiencia Esta noche cruzamos el Mississippi de Tele 5, también ha trabajado en Antena 3 y en TVE. “Como vas a negarte a trabajar en televisión con todo lo que te aporta y la gente maravillosa a la que conoces”.
También ha escrito dos novelas; una de ellas, Los días de colores, fue creada a cuatro manos con su gran amigo, el director de cine Javier Fesser, haciendo el trayecto desde la película Camino a la novela.
Ha dirigido cuatro cortos producidos por Garci, precisamente. Con un punto de ironía, explica que se podría haber dedicado a dirigir, pues sí, pero le gusta más escribir, le gusta relacionarse con las historias, inventarlas. No obstante, manifiesta: “Cuando escribes un guion, de alguna manera lo estas dirigiendo, lo haces en defensa propia, porque dices cómo tiene que ser toda la historia”. Reconoce que hay directores que hacen brillar un guion, a él le ha pasado con su gran amigo, Javier Fesser.
El sentido del humor forma parte de su persona y lo destila en sus historias. Lo cultivó haciendo guiones para el informativo del exitoso guiñol de Canal plus, en los años 90. También ha hecho guiones para Cruz y Raya. Algunos cortometrajes muy premiados como el de 17 años juntos, o Kellys, o el hilarante Invictus: el correo del César.
La esencia y el gusto por inventar se ve claramente en la película Historias lamentables, ahí está esa astorganía suya, como de cruce de caminos, en los recovecos de las historias, en las disposiciones de la trama, en las contradicciones de los personajes, en los giros de guion, los gags, la hilaridad …
Claro García guionista, maestro de guionistas domina el oficio. Y en total defensa de la tarea, reivindica que los guionistas tienen que estar en la parte de realización porque nadie mejor que ellos conoce la historia que han escrito.
Ha podido experimentarlo precisamente en la película que ha hecho recientemente con José Mota, Arriba tutto, ya que ha estado presente en todo el proceso. Como guionista y productor asociado.
Generalmente los guionistas entran en el momento en el que hay una idea, la desarrollan escribiendo la historia y desaparecen con la llegada del director, cuando empieza la producción.
Enseña todo lo que sabe sobre el oficio. Últimamente imparte clases de guion en varias universidades.
Con tenacidad, insiste: “Para mí el cine es una forma de entender el mundo, de vivir, de relacionarme, orgánicamente es como respirar. Vives en estado de película”.
“Es un viaje emocional donde tienes que coger las historias, trabajarlas, algunas te caen bien, otras no tanto, al menos a la primera, hay que darles otra oportunidad hasta que, por fin, te enganchan”.
Mantiene un idilio con sus historias: “Las historias que hacemos tienen que ser más listas que nosotros, te estás contando cosas que desconoces y que son tan grandes y tan bonitas que te llevan a una vida paralela…”
La parte íntima es el no saber de dónde surgen las historias. Afirma que cada vez valora más el hecho de contarlas.
“Gracias al cine he conseguido seguir siendo el niño que vivía en las cuatro calles de San Andrés, el de las lecturas de los tebeos, de la fascinación vivida en el cine Asturic, un niño que no ha madurado, que sigue teniendo los mismos sueños, que es feliz haciendo cine”.
“Cuando creces, el único juguete que te queda es el cine y yo, quiero seguir haciendo eso”.