Las brujas de Salem

 

 Por JESÚS SUÁREZ

‘Las brujas de Salem’, obra teatral que Arthur Miller escribió en 1955, aborda un tema tan viejo como el hombre: el fanatismo, ese perverso y secular deseo de encontrar siempre un culpable para los males, reales o imaginarios, que nos afectan. Miller rescata los sucesos ocurridos allá por el año 1692 en Massachusets, donde veinticinco personas, acusadas de brujería, fueron ejecutadas y muchas más sufrieron penas de prisión. Pero la obra teatral era una alegoría de la ‘caza de brujas’ propiciada por el senador McCarthy para, bajo el pretexto de desenmascarar comunistas, socavar los principios básicos de la democracia. Al final, los perseguidos ni eran comunistas ni, en todo caso, resultaban peligrosos, pero esa negra página ocupa un lugar destacado en la historia universal de la infamia, que diría el maestro Borges. Y no sólo por la actuación inquisitorial del senador y sus secuaces, sino por el clima de histeria colectiva que se apoderó de la nación. Arthur Miller, incluido en las listas negras de McCarthy, siempre se negó a delatar a ninguno de sus compañeros. Años más tarde, lejana en apariencia esa época de ignominia, Miller escribiría el guion de la película ‘El crisol’, brillante versión de su obra dirigida por Nicholas Hytner.

Porque la intolerancia siempre regresa, con diversos pretextos, o quizá es que nunca se ha ido. Y no sólo me refiero a esos miles de musulmanes que se dedican a quemar embajadas protestando contra un video que ni siquiera han visto. En España, otro famoso video, protagonizado por la concejal Olvido Hormigos, nos ha recordado que la Inquisición, nuestra hispánica versión de la ‘caza de brujas’, no está tan lejos.

Y no hablo solamente de los catetos que se dedicaban a insultar a la concejala a la salida del Pleno. No, sobre todo estoy pensando en tanto comentarista que disculpaba a Olvido cuando se pensaba que el destinatario de las imágenes era su marido, y que directamente ha optado por crucificarla cuando se deslizó el detalle de que, al parecer, iba dirigido a otra persona. El ataque a la intimidad sigue siendo el mismo, y la única falta que puede imputarse a Olvido es haber confiado en la persona equivocada. Y, personalmente, creo que la ingenuidad siempre dignifica a un político.

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