Entre el cine y la realidad

Muchos de los que se ponen delante de la televisión tienen una fe ciega e inquebrantable en lo que ven y oyen, aunque sea la mayor insensatez del mundo.

Por JESÚS SUÁREZ

Hay gente en la vida real, si es que la televisión se puede considerar parte de la vida real, asunto que sería discutible, que nos quiere endosar argumentos que ni siquiera se atrevería la película de ciencia-ficción más osada. Es el caso de Mariló Montero, afamada presentadora –que no periodista– de TVE que nos sorprendía esta semana con su peculiar interpretación sobre la transmigración de las almas. Según la susodicha, y cito literalmente, “no está científicamente comprobado, pero nunca se sabe si ese alma está trasplantado [sic] también en ese órgano”. Antes de llegar a esa apabullante conclusión ese cráneo privilegiado conmocionaba a la comunidad científica con un terrible interrogante: ‘¿pasa algo por llevar el órgano dentro de ti de alguien que ha matado a otros?’

 La única película que tiene algo que ver, que recuerde, con las extravagancias de la Montero es ‘Deuda de sangre’, entretenida pero no brillante cinta dirigida y protagonizada por Clint Eastwood. En la historia el detective al que da vida Clint, tras sufrir un infarto, recibe un trasplante y volverá a las calles para resolver el asesinato de la mujer cuyo corazón late en su pecho. Seguro que algún avispado productor pagará a Mariló un dineral por los derechos de la subyugante trama que ha alumbrado.

El problema no es que una alguien como Mariló se descuelgue en horario de máxima audiencia con tamaña tontería. Ni que sea una persona a la que pagamos, creo que bastante generosamente, los sufridos contribuyentes. Lo peor de todo es que, alegremente, para hacerse la interesante o la intelectual, desliza una sombra de sospecha sobre los trasplantes. Realmente, muchos de los que se ponen delante de la televisión tienen una fe ciega e inquebrantable en lo que ven y oyen, aunque sea la mayor insensatez del mundo. Les da igual que sean los requiebros amorosos de Julián Muñoz o las especulaciones filosóficas de una presentadora sobre la esencia del alma. El pensamiento crítico se diluye nada más encender la pantalla. Es la ventaja del cine: todos sabemos que lo que sucede allí es mentira, aunque tenga el poder de emocionarnos como si fuera cierto, de hacernos vivir otras vidas aunque no sean las nuestras. Y sin que nuestra alma tenga que trasplantarse.

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