Miramientos / 1

© Ilustración de SANTOS M. PERANDONES.

[Verano 2012]

El poeta zamorano afincado en León abre su libreta. Como pequeños apuntes de dibujo, ahí están los esbozos de distintos personajes contemplados al ritmo del paseo, en el parque, o desde la ventana del salón…

Por TOMAS SÁNCHEZ SANTIAGO

Una paloma que se posó al lado en el parque y fue ganando confianza y terreno poco a poco. Su ojo dulcemente sangriento; su plumaje que escapa hacia un vago vaho verde en las timoneras. Creí que todo era un símbolo. Y “nos cogió cariño”, dije. Pero mi amigo lo rectificó con certeza: “Yo pienso que está enferma, más bien”. Allí quedó, en medio del paseo, escalfada y serena.

El hombre de gafas muy fuertes que entra en el bar. Es menudito y fibroso. Un trabajador manual, ya jubilado, desde luego. Y viene muy borracho aunque no levanta el polvo de la bulla. Va hablando entre dientes y quiere pegar la hebra a su manera con unos y otros. En el mostrador lo conocen, eso está claro, pero no le sirven. Tampoco hay palabras de imprecación hacia él. Lo dejan que se agite solo como un jarabe que terminará por desaparecer. Entonces, impotente, él saca tres billetes de 20 euros arrugados y los tira a su manera sobre el mostrador. Allí quedan como extraños ejercicios de papiroflexia. Es su forma de decir que sí tiene dinero, que va a pagar, que  por eso tienen que servirle como a los demás. Pero siguen sin hacerle caso. Y ya recoge uno por uno los billetes. Sigue mascullando algo con media sonrisa pacífica. Sale del bar. Sólo entonces empiezan a hablar de él los otros.

Los gatos que veo desde el ventanal del salón y que salen al alba de su hura, un hueco al aire de una alcantarilla reventada. El macho es negro y la hembra pardusca como un suelo de nieve sucia. Y tienen crías a las que controlan con esa especie de dejadez animal que es más bien otra versión del celo. Los paseantes numerosos suelen pararse de pronto ante esa madriguera improvisada. Deben de oír al paso maullidos o ruidos extraños. Y se quedan a mirar. He visto de todo: la mujer que dejó residuos y comistrajos para ellos; el hombre que pugnaba por sacar de esos alrededores a su perro, furioso y obsesionado por hocicar ahí. Veo también cómo sale a cazar el macho muy temprano. Regresa de vacío —eso parece— y con andares flojos, derrotados, como una figura de Brueghel.

El hombre del parque que hablaba y hablaba por el móvil. Muy trajeado de arriba a abajo, con las piernas despreocupadamente estiradas hacia el paseo central. Su conversación está intervenida continuamente de preguntas al otro corresponsal. Está muy claro: no quiere colgar porque está solo. Y los domingos por la tarde, si se está además así de solo, se envejece más. Termina por fin de hablar. Se levanta con fastidio. Pasea sin rumbo. Deriva.

El joven que me presentaron y que llevaba una camiseta ‘de principios’ –eso quise suponer yo- donde se leía esto: EAT and SLEEP and PLAY.

La mujer mayor que empieza a atravesar el parque a mi altura y que, sin conocerme, empieza a enhebrar una conversación decidida, como si ya viniésemos ambos hablando desde atrás. El tiempo más frío de lo previsto en junio, la lluvia que ha llegado y ha dejado charcos descarados… Y enseguida ese asunto que parece interesarle sobre todo lo demás: los gérmenes, las enfermedades provocadas por los cambios de temperatura, los bronquios indefensos… La sobrepaso. Y a mis espaldas sigue y sigue hablando, alcanzándome con sus palabras. Me voy alejando poco a poco. Ella sigue hablando. La escucho desde la lejanía. Sus palabras son ya ruido verbal molido.

La caja registradora de la frutería, que se mostraba a sí misma sin pudor en el escaparate, abierta e invertebrada para persuadir a posibles ladrones de que no merecería la pena intentar entrar en el local. Entre manos de plátanos y cebollas radiantes, ese cajón abierto y desnudo, exhibiendo facturas atrasadas y unas cuantas monedas decimales.

Detrás, cruzando trabajoso el paso de cebra, va el anciano. Se ayuda como puede de un andador. Su encorvamiento es exagerado y sus movimientos, costosos, se parecen a los de un saurio de pereza gelatinosa. Delante, la empleada que lo cuida va tecleando su móvil, desentendida por completo de él. Cuando ella llega a la acera, el anciano sigue esforzándose por ganar la orilla por fin antes de que el semáforo cambie. Ella continúa, absorta, tecleando.

Las lilas que han llegado otro año a casa. Un hermoso ramo de flores moradas y blancas. Las trajo el mecánico que nos arregló el coche. Y eso es lo que les da otro realce cuando las veo aquí, en medio del salón. El aire huele a esa intensidad carnosa que detiene la respiración por un momento. Y yo entonces me acuerdo del mecánico, un viejo alumno que ha tenido ese gesto de traerlas al volvernos a encontrar. Las cosas son también la aventura que las propicia, no cabe duda.

  1. Marta

    Y llegaron las lilas…. pese al pájaro enfermo, a la mujer que mendiga un poco de escucha, las facturas impagadas… ¡¡¡¡LLEGARON LAS LILAS!!!.

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