Aquellos juegos de niños

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Por TOÑO MORALA

La inocencia infantil es la que nos ayudó a ser personas más tolerantes y racionales; lo que hace grande el corazón y sensible la mirada hacia las cosas y la vida. La inocencia es el juego de los buenos sentimientos, el compartir todo a cambio de nada, y en esa dinámica los juegos de cuando éramos niños nos ayudaron a comprender mejor las cosas y a conocernos mejor a nosotros mismos. La lástima es que cuando crecemos perdemos parte de esa inocencia y los juegos ya apenas se sostienen en la memoria. Esos juegos que tenían como escenario en su mayor parte la calle; esas sonrisas limpias compartidas y cómplices entre vecinos y amigos; esas tretas y mentirijillas a las madres para estar más tiempo jugando y aprendiendo humanidad. Daba lo mismo que fuera entre el barro de las calles de nuestros pueblos, o entre las calles adoquinadas de algunos barrios de las ciudades de la emigración.

Y entre esos miles de juegos que la imaginación infantil solo sabe crear, hoy destacaremos algunos. Se acuerdan de los aros metálicos o de ruedas, la velocidad que cogían por las bajadas; al final  terminaban en las cunetas o contra las paredes, incluso algunos de nosotros rodando por el suelo por la inercia de la velocidad. Se acuerdan de las canicas, las medidas de la mano, una cuarta para saldar cuentas con el contario y meter la bola en el gua, agujero hecho a dedo en la acera desconchada de cualquier sitio, a la peonza. Se  acuerdan de las chapas de la Mirinda y la Coca Cola, aquellas que adelantábamos con una buena tirada, siempre que los bordillos fueran lisos y buenos. Se acuerdan que en algunas ocasiones había ciclistas de cartón y los poníamos de marca. Las niñas eran y son mucho más listas e inteligentes, sus juegos los compartían  entre varias y además hacían mucho menos el bruto con sus juegos; la comba, la goma, se fabricaban sus propias muñecas de trapos, al castro con una teja, al tejo, había que meter un tejo en un agujero desde una distancia pactada. La taba hecha con huesos de cordero y pintados. En un tiempo más cercano, las niñas hacian recortables de muñecas y empezaban a leer y a coleccionar tebeos, que se cambiaban en los quioscos por media perrona. Jugaban sus juegos, inventados por ellos, hoy juegan lo que otros han imaginado. Ya no corren, ya no sudan, se hacen niños tristes, inseguros solitarios. La necesidad aviva la imaginación.

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