Querido diario (1)

© Dibujo de Avelino Fierro.

La publicación de un libro con la correspondencia entre los poetas Robert Bly y Tomas Tranströmer le sirve al autor para reflexionar sobre lo que sucede al hilo de los días…

Por AVELINO FIERRO

Quizá han pasado ya cuatro meses desde que escribí el prólogo para el libro Una habitación en Europa. Siguen pasando cosas, cambia la luz y el aire es hoy como turquesa y viscoso, nada frío; miro dentro de mí y todo es oscuro, opaco, sólo unos pequeños arañazos en las entrañas. Ha muerto Chispa. Salvo eso, nada, una rutina sonámbula como el que anda en espera de un saludo efusivo o un empujón. Y sin embargo, han llegado libros de poesía con raspaduras y un par de manchas como llagas o un cuadradito con restos de cola en la contraportada, como si hubieran tenido adherido un parche para respirar por sus poros grises o un escapulario para ser leídos mejor, con devoción.

“Y ella ha vuelto a tomarme de la mano / para doblar conmigo la hosca esquina / hacia el último trecho de la tarde, / mi tarde que declina”, dicen  los últimos versos  de uno de ellos. “Que en el yermo de cenizas no me falte tu brasa”, se dice en un poema de otro. Amarillos de otoño tiñen las hojas por sus márgenes; más claro y brillante en las zonas centrales de los poemas, como si hacia allí apuntasen cañones de luz. La poesía de nuevo, combatiendo las malas rachas, la intemperie de la vida, dejándonos calentar a su alrededor.

Sí, dándonos calor. Como la música. Robert Bly en carta a Tomas Tranströmer cuenta que en una manifestación contra la guerra del Vietnam alguien lee un comunicado firmado por ochenta miembros de la orquesta de Cleveland y que cuatro de ellos, que acaban de llegar, tocarán para los manifestantes: “Todos nosotros nos quedamos alelados. Seiscientas mil personas se sentaron. Y por medio del equipo de sonido (un complejo sistema cuyo alquiler de un día costó dieciocho mil dólares) tocaron los cuatro músicos un cuarteto de cuerda de Beethoven. Fue tan maravilloso que todos los ojos de todos nosotros se empañaron de lágrimas”. Es diciembre de 1969.

Por esas fechas (19-2-68),  Tranströmer le escribe a Bly : “El desprecio siempre latente por la poesía alcanza en estos momentos su máximo nivel. Ahora, cuando uno se presenta ante estudiantes, es siempre acusado de ‘adoptar un punto de vista reaccionario’ si lee un poema en el que aparezcan hierbas o animales. Y si escribes un poema que toque la política también está mal, porque no utilizas los clichés políticos correctos”.

Hace una semana el público que asistía en esta ciudad a la entrega de un premio de poesía preguntó repetidamente por el compromiso de la poesía y los poetas con la realidad, con la política. Vaya bobería —pensaba yo: la gente sigue con el mismo despiste de siempre—,  aunque esas preguntas y esos momentos me recordasen otros vividos hace muchos años, asambleas de otros tiempos; tiempos, como éstos, impíos. Y pensaba en  esas cartas entre los dos poetas, que se han publicado hace poco con el título de Air mail.

Ayer, durante la marcha por la huelga general, no hubo música de cámara ni los poetas leyeron breves palabras oblicuas que habrían descendido como lenguas de fuego en los corazones ajados o henchidos de los parados y adolescentes. Nadie reclama ya el fulgor.

  1. Ana Gaitero

    Tienes razón, la única música que sonó fue la banda sonora de Vangelis de la pelicula 1492, que nos pusieron los sindicatos desde su atalaya. Los versos… bueno la gente llevaba su propia voz escrita en las pancartas, aunque muchas fueran invisibles a las cámaras y a nuestros ojos. Enhorabuena, Avelino Fierro.

  2. Sí, nos falta la música, nos falta la poesía sin compromiso, también. Al fin y al cabo la cultura no tiene porqué tomar partido, tiene ya el suyo propio, el de la emoción sin mas interés. Quizás ese es el fulgor que nos falta. Un placer leer este Diario.

  3. Pingback: Multitudinaria presentación del tercer volumen de los diarios de Avelino Fierro | Tam-Tam Press

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