Luces de la ciudad

citylights

Por JESÚS SUÁREZ

‘Luces de la ciudad’ es una hermosa película de ese genio que revolucionó el lenguaje del cine y que se llamaba Charles Chaplin. El filme, rodado en 1931 –cuando ya había irrumpido el cine sonoro– conserva las esencias del mejor cine de Chaplin y nos demuestra que se puede contar una buena historia sin palabras. La trama no pasa ser un amable y ligero folletín –vagabundo de buen corazón que necesita dinero para ayudar a una florista ciega de la que se ha enamorado– pero el dominio de la escena, la gracia y expresividad de Charlot, la convierten en una obra maestra.

Otras luces que llegan por esta época a nuestras ciudades son las de Navidad, un clásico de esta época como los anuncios de colonia o la reposición de esa joya que es ‘Qué bello es vivir’. Nos hemos acostumbrado a que nuestras calles se iluminen en Navidad, y se protesta cuándo no es así, pero uno se pregunta si sirven realmente para algo. No me refiero a la vertiente estética, sino a su utilidad práctica. Se ha instalado entre nosotros el mito (ahora se llamaría leyenda urbana) de que las luces en la ciudad animan el consumo y hacen que la gente compre regalos por doquier. No sé a qué lumbrera de la mercadotecnia se le ocurrió tan brillante estrategia, pero dudo que tenga alguna base científica. La gente consume cuando tiene dinero; en tiempos de escasez, por muy iluminados que estemos, las ventas se desploman.

Lo de la iluminación navideña sirve, no obstante, para que los comerciantes se pongan de acuerdo y se organicen para iluminar las calles. Con estas iniciativas nos percatamos de que, para gestionar lo común, quizás sobran políticos y lo único que hace falta es voluntad y ganas de entenderse. Y una última duda metafísica surge en mí todos los años, y es por qué encienden las bombillas a primeros de diciembre, si todos sabemos que Jesucristo no nació hasta el 24. Pero no me veo capaz de alumbrar una explicación solvente.

Volviendo a ‘Luces de la ciudad’, rodada hace casi cien años, las cosas no son tan lejanas. Chaplin necesita dinero, no sólo para que su amada pueda recobrar la vista, sino también para evitar que la desahucien. Es otra forma de rescate, bastante más entrañable que la que nos proponen los Amos del Universo que gobiernan nuestras vidas.

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