
‘María Zambrano: cartas inéditas a Gregorio del Campo’
Editorial Linteo, Ourense, 2012.
Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS
Ourense, verano de 2009. Regreso, como cada año desde hace más de 20, al rito de encontrarme en Galicia con ciertos amigos muy queridos. A la felicidad de la ceremonia, se unirá el comentario de uno de los contertulios, el catedrático y académico Xesús Alonso Montero: una conocida suya parece que conserva cartas que María Zambrano escribió, en los años 20 del novecientos, a Gregorio del Campo Mendoza, tío de su amiga fusilado en 1936.
Conozco a la mujer que guarda este tesoro de la memoria familiar pocos meses después, de nuevo en mi Ourense de los poemas y los “ángeles muertos sobre la hierba” (como titulé mi novela-ofrenda a este lugar de acontecimientos luminosos). Participo en un homenaje a José Ángel Valente en la ciudad de su nacimiento; el poeta tuvo en Zambrano a una amiga y a una maestra incompable, en los años que precedieron a la vuelta del exilio de la filósofa.
Quedo con Mª Teresa Villa del Campo en el Café Latino de tantas inspiraciones literarias, no podía ser de otro modo. Hablamos. El silencio, la emoción y la sorpresa dan paso a la confianza, y la confianza a la necesidad de compartir esas cartas en Segovia, la ciudad, me dirá Mayte, “de donde salieron”.
Ahora es el día 25 de octubre. Ninguna de las dos ha sido consciente, hasta nuestra cita, de que Segovia festeja a su patrón, San Frutos. Reconocemos –lo escribirá Zambrano en el futuro– que los símbolos “son el lenguaje de los misterios”. Lo aceptamos y, de su mano, recorremos la ciudad: el instituto donde solo ella, María Zambrano, y otra niña cursaban, entonces, el bachillerato, allá donde un poeta impartía clases de francés, el gran Antonio Machado que recorrería, cada mañana, tales distancias desde la humilde pensión que ahora es su Casa-Museo. Y las tardes, hasta la tertulia compartida con don Blas Zambrano, con quien fundaría la Universidad Popular.
Le señalo a Mayte Villa del Campo dónde estaba la primera casa que habitaron los Zambrano al llegar a Segovia, cerca de la Academia de Artillería donde estudiaba su tío Gregorio. Y la calle del Grabador Espinosa, donde se trasladaron después, cuando ya había nacido la siempre hermana, la siempre compañera, la mítica Araceli Zambrano; me anuncia Mayte que también de ella se conserva una carta, dirigida a la madre del novio de su hermana mayor. Entramos en el soberbio patio de la casa del pintor Jesús González de la Torre, de quien, en el futuro, Zambrano escribiría un texto delicado y misterioso, “Cielos pintados”. A este lugar regresaremos las dos para compartir, con De la Torre, el secreto que Mayte me revela cuando acabamos la comida, justo en el Valle de los Templos, como habría escrito Zambrano, amparadas por el río y por la proximidad de la Fuencisla o del convento de San Juan de la Cruz. La antigua sinagoga, el Alcázar, la Vera Cruz, la voz de los habitantes de Segovia, la Plaza Mayor, el teatro Juan Bravo, la Real Academia de San Quirce, a donde desemboca la actual calle María Zambrano… Hemos leído Segovia desde las palabras de la filósofa, y hemos tocado la materia de tales palabras a través de los ojos de Gregorio del Campo.
Él era un joven alférez de Ambel, en Zaragoza, estudiando en la Academia de Artillería. Ella, una adolescente, una joven apenas que llegó a Segovia con cinco años, tras nacer en Vélez-Málaga y trasladarse, muy pronto, a Madrid siguiendo los distintos destinos pedagógicos de sus padres. En Segovia, conoció María Zambrano a su primo Miguel Pizarro, a quien su amigo Federico García Lorca le dedicaría un hermoso poema en el que lo define como “flecha sin blanco”. El amor entre los dos primos no es aceptado por don Blas Zambrano y, a principio de los años 20, el joven ya erudito Miguel Pizarro se va a Japón. Este ha de ser el momento en el que María conoce a Gregorio, y es esta década de intensidad vital, intelectual, cívica la que se recoge en un epistolario absolutamente desconocido hasta ahora, que acaba de aparecer, en exquisita edición, en la editorial Linteo.
A través de 70 cartas y misivas –algunas de ellas fragmentadas, aunque lo asombroso es que la dureza del periplo que estas cartas han padecido las mantenga siquiera–, asistimos al amanecer de una de las conciencias más lúcidas del siglo XX, una incipiente María Zambrano que nos sorprende por su arrolladora lucidez, por la profundidad de sus intuiciones a pesar de la edad, valiente al escribir lo que en estas cartas le escribe, a veces, a su novio. “Razones poéticas” las llamaría después, preocupaciones sociales que serán determinantes para la biografía de la pensadora, lecturas, desasosiegos, deseos, derrotas, miedos, esperanzas, que nos presentan a una mujer de su época, con las luces y las sombras que provoca serlo, pero que se enfrenta, de un modo arrollador, a los esquemas que la complejidad de su tiempo pudiera imponerle. Amor, desamor, humanidad absoluta, prejuicios y rebeldías, dos jóvenes novios que viven con intensidad el descubrimiento de sus cuerpos, de sus almas, de su condición de ciudadanos.
Y ciertos secretos compartidos ahora por todos los lectores de este libro. Secretos que María Zambrano guardó desde el momento en que abandona Segovia, su “ciudad ausente”, su “lugar de la palabra”, como escribirá, muchos años después, en dos hermosísimos textos.
Zambrano no volvió a hablar, en público al menos, del que fuera su novio en Segovia durante una década. No volvió a mencionar lo que leemos en estas cartas: que estuvieron a punto de casarse, que tuvieron un hijo, que lucharon contra las convenciones y los papeles impuestos. Que a ella, como mujer, le tocó aprender a ser, como escribe en una carta, “lo que le diera la gana” al lado de quien fuera un interlocutor de altura: el futuro Capitán Gregorio del Campo Mendoza, asesinado por los franquistas justo ocho días antes de que María Zambrano se casara con Alfonso Rodríguez Aldave. Para entonces, ya hacía tiempo que no estaban juntos, y cada uno había recorrido rutas personales distintas. Sin embargo, nos quedan los enigmas y las paradojas de la historia. Nos quedan las tragedias que sobrepasan el territorio de lo personal y se convierten en testimonio de un mundo, en su memoria.
Han pasado ochenta años desde que estas cartas fueron escritas, más de veinte desde el fallecimiento de su autora. Alrededor, luce una vela que la madre de Gregorio del Campo primero, su hermana después y sus sobrinas ahora han mantenido encendida con respeto, responsabilidad y cariño, con la sobrecogedora certeza de que llegaría un momento en que esa vela alumbraría el porvenir y desterraría ciertos rincones oscuros donde parece que la esperanza no se atreve a entrar.
El escritor, dirá María Zambrano en Hacia un saber sobre el alma, quiere decir el secreto; y aquello que no puede decirse es lo que se tiene que escribir.
El sábado 15 de diciembre, las cartas se abrirán para todos los asistentes al acto, que como una ofrenda, tendrá lugar en el atardecer de la ciudad de Astorga.
Día 15 de diciembre, sábado.En la Ergástula (Astorga, León), a las 19 horas.
Aprovechamos para recordaros aquí que, al día siguiente de esta actividad, el domingo 16 de diciembre, de 11’30 a 13’30 horas, tendrá lugar un cncuentro – taller sobre «Pedagogía transformadora» con Victoria Subirana (Vicki Sherpa). Para participar hay que realizar una inscripción previa a través del correo electrónico: igualdadaytoastorga@yahoo.es
La participación en el taller conlleva la aportación de un donativo de 10 € para la Fundación Eduqual y su proyecto en Nepal.
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