Fair play

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Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Los periodistas manejan un axioma profesional según el cual las buenas noticias no son noticia, lo cual suele ser cierto, salvo que la buena noticia sea el final de un drama o se trate del descubrimiento de extensos yacimientos de petróleo en la Cabrera leonesa, que no vendría nada mal a los reinos de León y España. Dicen los americanos que carece de interés ver cómo una presa resiste una riada. Quizá por eso los columnistas ejercen con frecuencia de calumnistas y no hay opinión que se precie en la que no se critique o en su caso denigre a algún mortal o institución conocida de los lectores.

Hoy, desde Camelot, este columnista en prácticas, desde los aposentos de los míticos caballos donde presta orgullosamente servicio, les va a ofrecer una buena noticia: Hace dos semanas, Iván Fernández Anaya, atleta vitoriano de 24 años, iba a acabar segundo en una competición de cross en Navarra. En la última vuelta vio como el primero y seguro ganador, el keniata Abel Mutai (un medallista olímpico en Londres) confundía la línea de meta y se paraba metros antes de la verdadera llegada. Fernández Anaya le alcanzó con rapidez, pero en lugar de aprovecharse y ganar, se puso a su espalda y con gestos y empujones lo metió en la meta. Martín Fiz, su entrenador –en la línea habitual de quienes adiestran deportistas con el mismo código de honor que gallos de pelea– dice que él no lo habría hecho y aunque reconoce el gesto de honradez de su pupilo, le reprocha haber perdido una ocasión ya que en su opinión ganar te hace siempre más atleta. Con este espíritu sin duda se ha perdido un buen lanista (entrenador de esclavos gladiadores en la antigua Roma). Ven, ya me ha traicionado el colmillo retorcido.

Al periodista que cubrió la noticia la historia le ha recordado a “La soledad del corredor de fondo” la famosa película de Richardson en la que el rebelde de un reformatorio se deja ganar en un cross por el representante de un colegio pijo vengándose así de su férreo entrenador. Como el vitoriano no parece llevarse mal con su preparador, a mí me recuerda más a la historia del arquero zen que le señalo a su oponente el músculo que debía relajar para afinar su puntería, allanándole así el camino para la victoria y derrotándose con budista elegancia.

La noticia no dará la vuelta a ese mundo deportivo donde quienes venden son los tiburones estilo Mourinho que intentan sacar ventaja de todo poniendo cara de póquer, pero resulta esperanzador que siga habiendo tipos que al competir no ponen en juego su sentido del honor.

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