Querido diario (5)

Ilustración de Avelino Fierro.

Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Me dijo que no lo intentase, que era un tema difícil, lleno de lugares comunes y de nostalgia. Mira –continuó– hoy viene uno bonito en El Cultural. Me molestó, pero no quise darle vueltas. Tenía la cena del trabajo; me acicalé, me enredé… A la vuelta, muy de madrugada, tenía el suplemento al lado del embozo. Conseguí leerlo, y no me gustó.

Fui a la barbería al día siguiente. Se estaba bien, adormilado, oyendo el chaschás de la tijera y el zumbido del secador. La ha cogido un chico marroquí. Al despedirme me sentí ridículo porque no supe cómo felicitarle estos días y dije simplemente “adiós”. Las imágenes bíblicas las he visto en su tierra. Nada tan hermoso como una madre que lleva sobre un borrico un niño mientras el sol de la media tarde enloquece los tapiales, las palmeras y los huertos.

Dormí la siesta y casi era de noche cuando desperté. Tomé decisiones: un paseo largo para despejarme, ir pensando en ello y, ya en casa, anotar frases, esbozar algo, reunir documentación.

Caminé cuesta arriba, hacia los depósitos de agua. Salí a las afueras. En una casa con cristales rotos, en un  sótano iluminado del que salía un olor rancio y a leños quemados, un pavo escuálido se aburría en una caja de cartón. Más allá, luces de plata quebraban la tierra: la carretera mojada serpenteaba hacia los hospitales y en un tramo de río se reflejaba la luna. Hilos de niebla cubrían como un musgo el mundo pequeño y distante de unas urbanizaciones.

Bajé hasta las primeras casas del Polígono. La estrella grande que colgaba al comienzo de la avenida estaba apagada; me pareció una metáfora de la desgracia, el anuncio de que algo saldría mal. Seguí andando y buscando. Y encontraba poca cosa, argumentos ramplones y frases hechas. El frío me oprimía las sienes y vidriaba mis ojos. Las palabras nocturnas me tanteaban trémulas como un ciego, y seguían su camino sin tomarme de la mano. Algunos escaparates tenían adornos pobres, de espumillón y color tristeza, como veleros desguazados. Todo era un poco febril y destemplado; balbuceos que no rompían a decir nada del Verbo, vibraban lentos.

Ventolearon en aquel momento unos copos de nieve, transparentes y caprichosos, “como reyes insomnes sin decidirse nunca”. Enfilé hacia el bar de Chisco. Tenía cerrado, pero dentro quedaba  luz como una gota de rocío. Abrió y tomé vino caliente. Dijo que no le gustaban estas fechas. Me dio una rama de muérdago.

En el camino de vuelta  me crucé con la chica poco abrigada y ausente de siempre, y una monja enana venía de practicar la misericordia.

En casa traté de moverme levitando, acariciando los pomos. Subí a la biblioteca y manoseé los últimos libros. En el de las cartas de Auster con Coetzee, aquel habla de las cenas con su familia política noruega (el clan Hustvedt) y de que Siri, su mujer, un año olvida cocinar la lombarda. En el libro de Simic no encontré nada que hablase de ello. Sí había muchas frases sueltas en cualquiera de los poemas, con las que se podía ensayar, trasplantarlas con mimo a una hoja en blanco y esperar que enraizasen y otras viniesen de visita en estas noches de fiesta: “paraguas rotos como cometas fúnebres”, “temeroso de volver a mi cuartucho sin ventanas / frío como la tumba de un emperador niño”.

Recordé el libro de Ramón, ‘Cuentos de fin de año’. Tardé en encontrarlo tras una pila de libros nuevos. Es una primera edición, de 1947, hecha en Madrid por una librería de la calle Arenal, pero está encuadernado en Lisboa, en la Rúa da Misericordia, en una tela color limón maduro. Lo hojeé, pero no leí nada, estaba muy cansado. Vi que alguien había subrayado con trazo fino y tembloroso una frase, “no se sabe qué pasa esa noche que la vida se queda sola en medio de la eternidad” y, en rojo, un nombre propio “Aníbal”. ¿Quién lo escribiría? ¿Una enamorada, en Lisboa, en Madrid, alguien que cena solo esa noche?

Hice un último intento con las cartas de Tranströmer y Bly. Un día de  finales de 1972 Tomas le cuenta que da una larga caminata y llega a una granja que parece abandonada con pacas de heno fuera, y dentro encuentra terneros respirando pesadamente a su lado, en medio de la oscuridad. Al día siguiente patina por el hielo con su familia hasta Muskrat Pond. Descubre la manera en que construyen sus viviendas las ratas almizcladas. Primero hacen una especie de montículo con caña, barro y hojas y, luego, crean los espacios que quieren tener comiéndose el interior. “Digamos –escribe– que eliminan lo innecesario, como los poetas”.

También yo he acopiado materiales, pero no sé cómo construir un pequeño refugio, o algo que consuele o acaricie las almas. Ni siquiera sé elegir si dibujar este trozo de muérdago que está bajo el flexo o copiar el viejo dibujo que hice en un libro de Brodsky, un joven aterido que pasa esta noche en un desván recordando las botellas vacías de los guardias de la prisión de Vologda, y se santigua en la ventana. De verdad que no lo sé. Al final, como siempre, mi mujer tendrá razón: no voy a ser capaz de escribir un cuento de Navidad como Dios manda.

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: