Querido diario (7)

Ilustración de Avelino Fierro.

Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Recuerdo que aquel fue un día de morderse las uñas y fumar más de la cuenta; lo recuerdo ahora, cuando trato de alcanzar con el bolígrafo esa zona de la espalda donde, de vez en cuando, todavía siento la comezón.

Llegué a casa a mediodía y alguien ya la había recogido y puesto en el mueble de la entrada. La sangre se agolpó y, aturdido, oí tras un buen rato que me llamaban desde el comedor, “¿Qué haces, estás ahí? Haz el favor de venir, se te enfría el potaje”. Yo sí estaba helado, pero quise aparentar normalidad. Al verlos casi se me escapan las lágrimas. Di las gracias a Sheldon Cooper y los chicos de “Big Bang” por tenerlos entretenidos. Los miraba y la congoja iba en aumento. Un barullo de sensaciones –todas tristes– y el cálculo de lo que cobrarían del seguro, y la música masónica de Mozart para los momentos finales.

No pude dormir la siesta ni concentrarme en la lectura del libro de Franzen. Era una recopilación de artículos sobre literatura y viajes. Volvía sobre las páginas, porque no retenía nada; aunque fuera tan simple como describir la lucha del Comité Contra la Matanza de Aves en el Chipre de aquel otoño de 2010.

Di un paseo largo, con rodeos, hasta la oficina, sintiendo durante todo el recorrido el hormiguillo un poco más abajo del omóplato derecho. Tampoco pude abstraerme: abría, ojeaba, movía de un sitio a otro los expedientes. Abrí las ventanas y seguí fumando. A eso de las seis y media llegó una puesta de sol hermosa, amoratada. Oía la megafonía de la estación y todos los trenes que llegaban, se anunciaban, se iban, me parecían tener el mismo destino, una desolada vía muerta.

Era de noche cuando enfilé la calle llena de gentío y rótulos luminosos. Algarabías entre las que sólo vivía una niebla de plomo y la certeza de mi soledad. Durante tramos cerré los ojos, poco o nada importaba ya; los cerré como en aquel vídeo de The Verve en el que Richard Ashcroft va trompicándose contra otros paseantes.

Cerraba los ojos y recordaba otros ingresos anteriores, para varios días y sus noches. Esas noches de duermevela, de preocupante espera hasta que oyes un diagnóstico que te tranquiliza o hasta que el tratamiento te serena. Esas noches del reflejo de las luces intermitentes y pálidas de los televisores de otras habitaciones. El brillo inquietante de los muebles metálicos. El goteo silencioso de los sueros. Las agujas prendidas en las venas ávidas. La lengua como esponja sin hiel. Plegarias, preguntas y heridas sin respuesta. Sexo, mentiras… El rostro doliente y joven de un crucificado con el síndrome de Crohn. La atmósfera húmeda y pegajosa de las estancias.  Una neblina de ausencias bajo otros párpados.

A la entrada del Mongogo encontré a Mart con el brazo en cabestrillo. Me enseñó su mano casi rígida y sus cicatrices y cosidos en el metacarpiano. Yo le hablé de las mías, recientes, en la espalda. Bebí las dos primeras rápido. Me dijo que la operación había sido un éxito, que hoy ya había podido liar el primer canuto. Llegó Antonio y se metió en la conversación. También enseñó su meñique desviado. El día de la gran manifestación se cayó al subir al autobús que lo llevaría a Madrid. Estrenaba el iPad e instintivamente trató de protegerlo. Llevaba ya bebidas cuatro o cinco y sonreí –por primera vez– al ver los daños colaterales de las nuevas tecnologías. Ah, les dije, al menos el mío está así por la artrosis; parecemos de “los invasores”.

Se sumó otro más, alto, que hablaba fuerte y bebía esa cerveza de once grados cuyo nombre no recuerdo. Se empeñó en que Mart me hiciera una bufanda larga, muy larga, como ejercicio de rehabilitación. Seguimos un buen rato con inútiles peroratas sobre las miserias de este atroz invierno del año de la crisis, llenando de colillas y botellas la mesa que bruñía la luz de las farolas de la cárcel.

Llegué tarde a casa. Ahí, allí seguía, sobre el aparador, ominosa, abominable. La rasgué decidido. Columbré algunos párrafos. No eran los resultados de las biopsias, de que algo había ido mal. Sí, había sido un día aciago. De fumar, beber y rascarse más de la cuenta.

Un Comentario

  1. A veces es necesario sufrir por anticipado y volver luego a disfrutar del presente… ¿hay alguna otra posibilidad?

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