Nunca digas nunca jamás

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Por JESÚS SUÁREZ

Existe una leyenda, incluso no debe excluirse la posibilidad de que sea real, sobre el origen del título de la película ‘Nunca digas nunca jamás’. Al parecer, en un momento dado, Sean Connery le comentó a su esposa que nunca jamás volvería a interpretar al agente 007. Y ella, tan sagaz como prudente, le respondió aquello de ‘nunca digas nunca jamás’. Y ese fue el título escogido para la historia con la que, en 1983, Connery retornaría fugazmente, y con una más que discreta acogida, a encarnar al agente con licencia para matar.

A los políticos les pasa más o menos lo mismo. En campaña electoral pregonan que no subirán los impuestos o que la sanidad y la educación son intocables y, cuando alcanzan el poder, hacen justamente lo contrario. Es cierto que Enrique Tierno Galván pronunció en su tiempo aquella frase, tan cínica como exacta, de que los programas electorales están para incumplirlos. Pero aquí no se trata tan solo de apartarse ligeramente de las promesas electorales, sino de gobernar en un sentido absolutamente opuesto a lo prometido.

La culpa siempre, para ellos, la tienen los otros, es decir, la herencia recibida: que si había menos dinero, que si salieron facturas del cajón, que si se contabilizaba de forma poco ortodoxa y otro montón de pamplinas. Los argumentos demuestran una total ausencia de responsabilidad a la hora de afrontar los problemas y una clara voluntad de escaquearse con la más peregrina excusa. Pero nos hace preguntarnos también si nuestros políticos son solamente ingenuos o simplemente tontos. Es decir, ¿no sabían acaso dónde se metían? ¿Pensaban que era ponerse a los mandos del Boletín Oficial y que España iba a empezar a ir como un tiro?

Todos exageramos e incluso mentimos hasta cuando pretendemos ser sinceros. Unos podemos decir que ha sido el polvo del siglo mientras otros aseguran que jamás subirán los impuestos. Con total seguridad, en esos momentos todos estamos absolutamente convencidos de que nuestras afirmaciones se corresponden con la realidad, nos las creemos sinceramente. Pero el candidato hace una promesa a cambio de un voto y queda vinculado por ese contrato. Los seres humanos tenemos licencia para mentir, pero siempre que sólo nos engañemos a nosotros mismos, a nadie más.

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