‘El primer viaje de nuestra vida’, un tránsito evolutivo

arsuagaaaa

Por ANTONIO MARTÍN

Visitar una biblioteca es una experiencia gratamente placentera. Cuando paseas por entre sus estanterías, no hay día que no te topes con libros, cuyos títulos y autores ejercen una suerte de atracción magnética entre tus manos y sus lomos. Más, claro, si están en el apartado de ‘Novedades’. Allí, oliendo a tinta recién impresa, me topé con El primer viaje de nuestra vida, de Juan Luis Arsuaga (Temas de Hoy, 2012).

Me atrae de Arsuaga su extraordinario bagaje en el campo de la Paleontología y su gran habilidad para divulgar esos conocimientos generados en varias décadas de trabajo investigador. En alguna ocasión, he podido escucharle en persona. Aún recuerdo con agrado la conferencia que ofreció sobre Darwin con motivo del bicentenario del revolucionario naturalista en la Universidad de Salamanca. En este caso, me acerco a él a través de su obra escrita. En El primer viaje… plantea un repaso al tránsito que hacemos desde el protector seno de nuestra madre hacia el exterior. Es tan diferente al de otras especies cercanas a nosotros, que permite conocer detalles nuestra propia evolución. El autor expone sus ideas como si estuvieramos visitando una exposición. Quizá, en un futuro más halagüeño y proclive, sea posible pasear realmente por ella.

Esa deseada muestra se divide en tres grandes secciones:

  • Una primera e introductoria sobre anatomía y de biología comparada, en ocasiones de pesada digestión para el lector no avezado en estas materias. Para facilitarla, el autor incluye no pocos gráficos (algunos, esbozos de Leonardo da Vinci).
  • Una segunda e intermedia trata el proceso evolutivo humano. De alguna manera, los sucesivos y aleatorios cambios producidos en los alumbramientos de nuestra especie desde escalas evolutivas anteriores ha permitido ser quiénes y cómo somos.
  • Una tercera, breve y final, sobre la maravillosa, pero triste, historia del doctor Ignác Semmelweis y sus descubrimientos sobre las fiebres puerperales. A través de los experimentos de este médico austrohúngaro del siglo XIX y con un estilo cercano a lo detectivesco, Arsuaga nos sumerge en el método científico, la herramienta que desde Newton y Bacon nos ha permitido conocer mejor y más profundamente lo que nos rodea.

En todo caso, el título responde al objetivo que toda obra de divulgación científica, a mi modo de ver, debe poseer: acercar unos conocimientos técnicos a un público general de una manera amena. Dulcifica las aportaciones de diferentes científicos para facilitar la comprensión, las jalona de lectivas anécdotas. ¿Sabías, por ejemplo, que, hasta la llegada de la cama de obstetricia, hay diversos autores que consideran que la postura más habitual en la mujer a la hora de dar a luz es agachada, y no tumbada boca arriba como en los actuales paritorios de los hospitales?

El primer viaje de nuestra vida supone un paseo literario por la exposición con la que sueña el autor, pero se puede leer de otra manera. Aunque responden a una coherencia narrativa global, cada secuencia de cada capítulo (unas cinco páginas sobre un tema y, muchas veces, con dos apartados diferenciados tipográficamente) tiene naturaleza propia, como si fueran columnas de opinión de prensa recogidas para una compilación. Estas secuencias cierran una historia en sí mismas. Si el lector dispone de poco tiempo, o le gusta el azar, puede abrir el libro por una página cualquiera y seguir la secuencia que le toque en suerte. Este juego suele deparar interesantes sorpresas.

En un momento, Arsuaga recuerda que “cuando hacemos ensayo o divulgación científica, caminamos por un alambre suspendido sobre dos abismos. Por un lado está la exigencia del rigor científico (…), porque no deseamos excedernos en la simplificación y que el texto final se quede, a fuerza de aguar el vino, vacío de contenido (…). Con el otro ojo tratamos de ver al público lector, formado por presonas inteligentes e interesadas, pero a las que no se les puede someter a un esfuerzo extenuante”. En la medida de lo posible, trataré de que la bitácora que aquí comienza, al menos en su vertiente de comunicación científica, cumpla con estas recomendaciones.

Más en la bitácora de Antonio Martín.

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