Yogures, caducidad y chulería

yogurPor ANTONIO BERMEJO PORTO

La fecha de caducidad de un alimento es el día límite para un consumo óptimo desde el punto de vista sanitario. Es la fecha que indica el fabricante para advertir al consumidor que, a partir de ella, el producto no es seguro para la salud humana. La fecha de consumo preferente marca el tiempo durante el que esos productos conservan correctamente sus cualidades sensoriales, organolépticas (olor, sabor, textura) sin que su ingesta posterior suponga un riesgo para la salud.

Con los yogures la polémica la desatan aquellos expertos que afirman que un yogur cualquiera, sin aditivos de proteínas, almidones, colorantes, saborizantes, acidulantes y demás, puede mantenerse perfectamente comestible durante meses incluso sin refrigeración. Durante todo este tiempo se habrá producido una reacción química en la que el ácido aumenta porque hay un alto nivel de fermentación. El yogur parecerá demasiado ácido pero no por ello será peligroso, incluso con ese nivel de producto ácido en el cuerpo, estaríamos más protegidos ante la proliferación de microorganismos. Ésta es la teoría de los tan de moda Lactovit, Actimel y similares, todos ellos yogures más ácidos que los normales.

Todo esto debería explicarse y así nos ahorraríamos sustos, yogures y la incesante actividad de los consumidores en los expositores de los supermercados, alzándose de puntillas para trincar los de atrás –que tienen más margen– para que minutos más tarde los reponedores y trasponedores recompongan el orden anterior.

Un informe del Instituto de Ingenieros Industriales del Reino Unido señala que hasta la mitad de los alimentos producidos en el mundo acaban en la basura y un profesor británico (Tristram Stuart) considera que con los productos que se dan por caducados en la UE y EEUU habría cuatro veces más alimentos de los necesarios para sofocar el hambre en el Planeta. Sería terrible que los datos fueran ciertos.

Pero en lugar de un estudio científico, el Ministro del Ramo se pone torero y afirma: “Ya puede poner la fecha que quiera, que yo me lo voy a comer”, parece Triki el de Barrio Sésamo. Una afirmación tan torera no va a servir de mucho. Yo por mi parte seguiré respetando en lo posible las fechas ya que en mi condición de abogado en ejercicio, cada vez que me encuentro con un yogur caducado, me llevo un susto de muerte al pensar por un instante que se me ha pasado un plazo.

No crean sin embargo que todo procede de criterios científicos. En el caso de los huevos conservados en frío, la Unión Europea fija 21 días, un plazo de caducidad destinado a impedir la exportación norteamericana que para llegar a tiempo con tan poco margen, tendría que poner las gallinas en los barcos rumbo a Europa.

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