La vuelta al ruedo del cine mudo: ‘Blancanieves’ de Pablo Berger

Por CARLOS TRIGUEROS

En un año en que se han estrenado dos “Blancanieves” made in Hollywood choca encontrarse con una española. Un relato de los hermanos Grimm que no había vuelto a tocarse para la pantalla desde que lo hiciese Walt Disney allá por 1937. Si bien las alternativas americanas del cuento eran o un planteamiento infantil pop frente a una más gótica y desgarradora, la española se decanta por una reinterpretación del cine mudo. Y podríamos volver a comenzar, un año después de que se estrenase la exitosa película muda “The Artist” made in Francia choca encontrarse con una española. En tierra de todos, en tierra de nadie.

La versión española, dirigida por Pablo Berger, sin embargo, destaca por una gran originalidad, tanto del contexto como de la ambientación. Esta Blancanieves está situada en la España del 29. Un país centralista dirigido por el dictador Primo de Rivera con el fin de la guerra de Marruecos aún reciente y con un caciquismo agrario poderoso. Es el año de la Exposición Iberoamericana de Sevilla y en el que fallece la Reina Consorte María Cristina. También el año en el que Buñuel y Dalí estrenaron “Un perro andaluz”. Pero es también es el año de la gran crisis cinematográfica, además de la económica, por la imposición del cine sonoro, un invento (el sistema Vitaphone de discos sincronizados) que los hermanos Warner guardaban celosamente hasta que se vieron obligados, por causas económicas, a darle salida en 1926 y como una bomba arrasó progresivamente provocando la caída de toda una industria. Técnicos y actores especializados en la producción silente de repente no tenían cabida en el mundo sonoro. El cine como se conocía hasta ese momento tuvo que cambiar o desaparecer, perdiendo dinamismo narrativo y regresando al teatro filmado. Hasta estas nuevas producciones nostálgicas, comercialmente nada más se supo del cine mudo.

Influida por todos estos motivos la recuperación que hace Berger es, sin embargo, una actualización tanto del cuento como de la práctica fílmica. Pobres de los que en 1929 hubiesen visto esta película, hubiesen vomitado. La impecable revisión folkórica de esta Blancanieves y el extraordinario repaso de la historia del cine mudo, vemos desfilar a Walter Ruttmann y Dziga Vertov además de muchísimos directores emblemáticos de la época e, incluso, guiños al “Doctor Caligari” y a los “Freaks” de Tod Browning. Pero de quien parece tomar más cuenta es de las vanguardias rusas, tanto en cómo retrata a las personas que actúan de extras como, en especial, al montaje de atracciones de Sergei M. Einsenstentein y la producción del shock. Si bien todas las referencias visuales están amalgamadas en diversos momentos el despedazamiento llega a su máximo paroxismo enlazando imágenes que apenas ocupan un par de fotogramas hasta la extenuación lisérgica. Que nadie piense en esta película como en una ñoña recreación sino en una evolución del medio a partir de su profunda revisión.

Ni que decir de la magnífica fotografía, vestuario, ambientación y la interpretación, sobre todo la de Maribel Verdú. Una película donde la batuta interpretativa la llevan las mujeres. Aunque Macarena García parece colgada de MDMA y Ángela Molina está más esperpéntica que nunca, tanto la niña Sofía Oria, impresionante su gestualidad contenida, como Maribel Verdú que como madrastra realiza una impecable, o más bien extraordinaria, revisión de las malvadas en el cine. Su gestualidad milimetrada recuerda en ocasiones a la Madonna de “Erótica” o “Vogue” diciendo muchísimo más con un leve movimiento del cuello que con palabras. De hecho ella ha comentado en los medios que a partir de ahora solo quiere hacer de mala. Una actriz de múltiples registros que consigue dotar de tensión y cachondeo a una película que brilla por sí misma y por encima tanto de las versiones paralelas del cuento como de las propuestas de glamourosa nostalgia.

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