Prosapiens (10)

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Décima entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

A cierta velocidad puede verse el futuro, puede verse por el retrovisor, espejo escaso por donde el que mira no se refleja. Poco futuro a pie. Lo justo quedó grande. No se da el tono. Y además tono, todavía tono en el mundo cantante. Nunca hubo tanto cantante. De nada vale la estadística. Un poeta de la nostalgia, los enterrados por ánfora en el Mediterráneo, el eco del golpe de cuerpo caído entre las piedras, abajo, ese ruido seco, imperceptible como adiós que no toca con los dedos, todo eso junto diría: tanto cantante para tan poco canto. Recordarás, amigo –el verdadero enemigo es el apache como dice Morey, el que de veras se opuso– que el canto se perdió en la noche de los tiempos, una imagen de lejanía definitiva.  El tiempo nocturno de la noche aquella, noche de cero grado, redondeando. Ultramarino el azul va para negro. Ahora la noche es flaca, la carne magra. Y al atardecer las vacas lentas son de la India entrando al establo casi solas, las lecheras, con un perro. ¿Sancho? Queda el canto en prosa. Poco futuro por delante para tanto espejismo. No hay quien se libre así como así del desierto, acompaña, cada cual el suyo, uno para cada uno. Desiertos de alma, desiertos de palabra, sájaras, potosís: esa distancia no se zanja. Se diría: grandes las huellas de los antepasados, cráteres. Un grupo de perdidos cabe en la huella de Cavalcanti, así, si se juntan todos. Un grupo de encontrados en la huella de Ventadorn, así, si se dejan caer con esa comba exacta de la hoja que bambolea, casi detenida, sin espera debajo. Sin mantel. La hoja cae sin boca abajo de bebé goloso, el de la uva, en ese bebé el atisbo de un dios, en ese bebé de boca abierta a la teta de la uva se abisma la prepotencia. Celeste cielo antes de cielo gris y rozagantes cachetes. Las oleadas en la calle piden devolución, cabida. Viene con ellas el viento de las oleadas, avienta crestas contra las cuerdas. Amanecerá. Liberación no dicen las oleadas, esa palabra ni en el baño, salvo en el baño equivocado. Se acabó lo que se daba. Pero no se daba. Nadie dio liberación, no en este mundo de períodos libres, radicales, entre barrote y barrote. Ninguna libertad dada, no es fácil de bajos la esclavitud. “Ella mostró pierna en la alfombra roja”. Quién diría eso de los dioses, abstractos finos que sabían entretenerse, entretejer destinos, entrañar marionetas, ausentes de entraña de ave que los señala, ausentes. Sin sentido la piedra pulida de sacrificio luminoso, salvo la sangre. Diosa reducida a actriz. “Son todas unas putas”, dijo, baba en mano. Las oleadas derramadas por la ciudad. No son todos. Son suficientes. No se trata del número que hace caer en el día el trago amargo de la noche anterior. En todo caso, de un intento pulido a otro intento pulido el día se oscurece en escarabajo. No parece el mismo dinero el que falta para lo necesario que el dinero para lo innecesario, dos papeles distintos. Pero no es la diferencia del dinero lo que cuenta. Es la falta, el penal de no tener.

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