El bazar de las sorpresas

The Shop Around the Corner

Por JESÚS SUÁREZ

‘El bazar de las sorpresas’ (extraña pero sugerente traducción del original ‘The Shop Around the Corner’) es una joya de la cinematografía que el gran Ernst Lubitsch dirigió en el año 1940. Una comedia de enredo, ágil, divertida, brillante, como todas las del maestro, en la que los protagonistas se enamoran de un corresponsal anónimo que les escribe cartas pero al que no han visto. El tema de aquél que nos cautiva por escrito y del que desconocemos su rostro ha dado mucho juego, desde el ‘Ramito de Violetas’ de Cecilia a la nueva versión del clásico de Lubitsch protagonizada por Tom Hanks y Meg Ryan en la que las cartas eran sustituidas por el correo electrónico. Imagino que en breve pasaremos al whatsapp; el signo de los tiempos es que todo se va haciendo más instantáneo y conciso, al parecer.

En España, la realidad puede superar el más imaginativo guión llegado de la meca del cine. Es el caso de la columnista fantasma Amy Martin, a la que la Fundación Ideas, ligada al Partido Socialista pero financiada con fondos públicos, pagaba unos 3.000 euros por artículo. Al principios se pensaba que era un alter ego (o un heterónimo, que diría Pessoa) del director de la Fundación, Carlos Mulas, quien decía que sólo había coincidido con la supuesta analista en una ocasión. Luego resultó que era su mujer, polifacética artista que responde al novelesco nombre de Irene Zoe Alameda. Algunas piezas encajan: si sólo se relacionaban por correo electrónico no resulta extraño que se separasen. Pero otras no. Por ejemplo cómo se pueden abonar tan abultadas tarifas por colaboraciones periodísticas que, una vez leídas, no pasan de discretas.

Yo entiendo que se puedan pagar indecentes cantidades de dinero a seres como Messi o Cristiano Ronaldo, que hacen cosas vedadas al común de los mortales. Pero que el oficio de columnista pueda estar tan generosamente retribuido me parece un relato de ciencia ficción. Y resulta hiriente que, en época de recortes salvajes, se dilapide tan alegremente el dinero público.

Lo de Bárcenas también es de cine. Que el encargado de las finanzas de un partido atesore –nunca mejor dicho– veinte millones de euros, y se nos quiera convencer de que es un asunto particular, no deja de ser una mala comedia.

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