Querido diario (10)

Ilustración de Avelino Fierro.
Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Hace ya unos días de ello y todavía llevo en mis bolsillos el tintineo, la calderilla que nos dejan los momentos felices. ¿Quién dice –quién se atreve– que la poesía no sirve para vencer el tiempo, para embridar su desbocado lamento?

Todo comenzó cuando Cristina me comentó que había conseguido algún dinero del departamento en que ella es profesora, para que el autor viniera a leer sus poemas. Vendría dos días a la ciudad: el miércoles leería en un bar british y al siguiente en la Fundación.

Llegado el primero, todas las señales empezaban a ser favorables ya en la mañana. Clara llamó desde la librería porque había llegado uno de los libros, el de Harold Bloom. Pasé a recogerlo y lo abrí al azar, leí unos versos del Ricardo III de Shakespeare, mientras esperaba para pagar y a que ella atendiera a una nerviosa entrometida, que preguntaba por un libro de autoayuda. “Las luces arden azuladas. Es medianoche mortal. / Hay terribles gotas frías en mi carne estremecida. / ¿Qué temo? ¿A mí mismo? No hay nadie más.”

Me gusta la pasión que trata de transmitir Bloom. Me gusta su presencia, su mole de gran elefante blanco, retumbando, barritando, anunciando  el fin de la literatura y del mundo, si es necesario.

Comencé a sentir ya una especial disposición del ánimo y reparé en que las luces brillantes recortaban los objetos como una cuchilla, ayudadas por el aire transparente y luminoso; en que había un color albo o de acero de nubes de nieve sobre los montes. Caían diminutos cristales fríos sobre la carne estremecida.

Atento y ensimismado a la vez. Al salir del estanco vi que  la misma persona, centinela al lado de la puerta, seguía allí. No tenía la mano extendida. Si era un mendigo tampoco tenía un plato de plástico ni un cartón con leyenda a sus pies. Estaba con las manos en los bolsillos. Su abrigo tendría la edad del mío. Pero había algo extraño en sus ojos. Se lo pregunté: “¿Estás pidiendo?”. Bajó la cabeza. Tardó en sacar la mano del bolsillo; la mía, con las monedas entre los dedos, se estaba quedando helada.

Desde la oficina envié algunos  avisos a los amigos para que acudieran a  la lectura en el Chelsea. Eran casi las tres cuando Cristina me dijo que yo podría entrevistar al poeta, que ella ponía la grabadora. Me puse nervioso.

El recital de esa tarde lo organizaba con el Club Leteo, jóvenes que quieren ser un poco más felices. Rafael presentó el acto y no olvidaba citar cada poco a uno de los patrocinadores, ron Santa Teresa 1796, el año de la muerte del poeta Robert Burns.

Nuestro invitado ha nacido en Westerham. Allí estaba la poesía pasando el trago, discreta, con lo justo. Los clientes, despistados en su mayoría, presintieron algo y guardaron silencio. Estaban María y su chico, y Sara, que leyó, invitada por Rafael, uno de sus poemas.

El poeta recitaba bien. Oímos sus versos y la traducción de una canción de Cohen, en la que se repetían al final de varias estrofas  las palabras  “mi vida secreta”. Un sabihondillo dijo que eso era un ejemplo de epístrofe o epífora. Y qué bonito fue ver allí a Izaskun y Marta, a la entrada del bar, una al lado de otra, sentadas en un lateral entre cojines de flores, con las piernas colgando, los ojos reflejando el brillo de los espejos, calladitas, sin enredar, sin cacharrear en el iPhone, encantadas. Cuando acabó aquello y Cristina, Rafael, una becaria, una novia y yo estuvimos con el poeta en el bar, éste casi no hablaba, pero yo intuía su vida secreta. Al lado un grupo de jovencitos, de nariz inquieta y ojillos nerviosos, pedían una botella de champán francés. Al salir, en el Gran Café se oían los sones de la Orquesta de la República.

Volví a casa palpándome la bufanda por ver si me acompañaba y hacía bien su trabajo. Tenía frío; sorteaba charcos en los que ya brillaban espejos helados y recordé, al verla, los versos de Burns: “La vaga Luna se pone allende la ola blanca / y en mí se pone, ay, el tiempo…”

Al día siguiente, pensar en la entrevista y agobiarme eran lo mismo. Me sentía mal o peor: no sabía cómo abordar el enigma de la  encarnación de la poesía en el hombre, el estado de tensión irresoluble entre el ser y el no-ser, la música anterior al concepto de la que habló Mallarmé, el impulso metafórico…

Decidí anotar algunas frases de los diarios de nuestro hombre: “El ciudadano de ‘a pie’ vive momentos de poesía cada día de su vida, lo que ocurre es que no se da cuenta de ello.” Y buscaba un contraste o complemento para provocar el diálogo: Hazzlitt escribe que sólo el artista es consciente de las cosas bellas; el artista recibe más placer.

Otra más: “La poesía es una de esas actividades que se acaba convirtiendo en refugio de farsantes, charlatanes y chiflados… hay una legión de chapuceros intrusos del ‘todo vale’…” Aquí, quería darle algo de razón con citas de Seferis, de quien leo estos días su diario, cuando anota que pide permisos en el trabajo para concentrarse en un poema, que comienza el 28 de octubre de 1929 y acaba el 31 de diciembre de 1930, “sudando sangre”, después de trabajar diez horas diarias; o citar a M. Manent, “pasan días, tal vez años, hasta que surge la nueva intuición que viene a completar el poema”. Anoté otras frases sobre el estilo, la cocina del escritor, por qué se escribe un diario, el aforismo (“el aforismo es la filosofía de los pobres”).

Pero a las cinco llamó Cristina para decirme que el poeta estaba cansado y que no había entrevista. Sentí alivio y también decepción, porque ya me había tranquilizado  pensando que el lugar en que se iba a desarrollar nuestra charla, un edificio de la antigua Institución Libre de Enseñanza y paredaño con la vivienda del premio Cervantes local, ayudaría a que las palabras fluyeran como un agua mansa.

En la segunda lectura las cosas resultaron de otro modo. Encontré en ella a Toño M. y José Luis C.,  las luces apagadas, sólo el atril del lector estaba iluminado. Toño, espléndido poeta y aficionado al fútbol, estaba guerrero y no dejaba sin comentar cada jugada: que si un final fallido, que si una buena idea, que si mal resuelto, que si éste no está mal, que si su vida secreta. Decía que se dormía, que quería ir al baño, a tomar cervezas.

Así que nos fuimos de bares sin hablar de poesía. Y surgieron las metáforas: las bolitas de jalea real que Toño compraba en San Andrés de Teixido lo tenían empapado con una niebla de deseo; José Luis, había navegado por la zona un día claro y de mar calmo con reflejos hirientes de neón; las corrientes para el esguince que Camino aplicaba a José Ángel (los encontramos luego recién llegados de la montaña) le eran tan molestos como los pastores eléctricos que él ponía para sus yeguas. Al final de la noche, en la conversación con Chis sobre los efectos de algunas drogas, aparecieron los meteoros y más figuras literarias.

De vuelta a casa encontré a Aldo fuera del bar, con mandil y su nuevo gorro de cocinero a lo ghandi, fumando el último cigarrillo. Volvió a recomendarme los diarios de Valente, y ambos lamentamos una coincidencia: que nuestra edición de “Arde el mar” fuese la segunda.

Me dormí leyendo a Seferis. No pasé de la primera página. En ella está la anotación del 4 de junio de 1948. Para él, el diario son “pisadas en la nieve”, recordando la música de Debussy, huellas de ciertos momentos que no son necesariamente los más importantes, sino los más propicios, los que se iban terciando. Por eso –escribe– hay tantas lagunas y tan grandes.

Hoy es sábado, 1 de febrero de 2013. Escribo mientras veo caer la nieve sobre los tejados. Hay una pareja de palomas sobre un voladizo. Un sol trata de filtrarse entre la claridad brumosa, aparece y desaparece, entre albino y amarillento. Sopla un viento suave que arremolina los copos, que parecen dudar o resistirse a caer. Vilanos fríos, finas virutas de hielo.

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