Río de mil brazos: Arthur Bispo do Rosário en Lisboa

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El Pavilhão Negro del Museu da Cidade de Lisboa expone (hasta el 3 de marzo) ‘Azul dos ventos’, una selección de ochenta obras de Arthur Bispo do Rosário, artista brasileño que vivió durante más de cincuenta años encerrado en el manicomio Colônia Juliano Moreira, en Río de Janeiro.

Por LUIS MARÍA MARINA

A Arthur Bispo do Rosário, cuenta Eduardo Galeano en su libro Espejos, Dios le había “mandado hacer un inventario general del mundo”. Pero Bispo do Rosário, que es mucho más sutil, mucho menos brut, no se conforma con nombrar lo existente, tarea del cronista, y aspira a algo mucho más profundo, mucho más arriesgado. En el documental O prisioneiro da passagem, rodado a principios de los ochenta en la Colônia Juliano Moreira, el manicomio en los alrededores de Río de Janeiro que fue su hogar durante largos años, el psicoanalista Hugo Denizart le pregunta a Bispo: “¿En lo que hace aspira a representar el mundo entero?” “Más aún —responde éste—, pero solo lo ve aquel que yo quiero”. Y a ese fin, re-crear con sus manos un mundo nuevo, más completo que el que los demás quieren real, dedica el artista todas las horas del día, durante años y años, aún en los escasos espacios entregados al sueño, cuando las voces que lo habitan le dicen “Haz esto, construye aquello” y orientan el trabajo del nuevo día que en breve ha de comenzar.

En la biografía rodeada de bruma de Bispo do Rosário, apenas una fecha cierta, el día de navidad de 1938: un hombre de unos treinta años, que declara haber sido llevado a los cielos por una escuadra de siete ángeles y haber vuelto para “juzgar a los vivos y a los muertos”, ingresa en el hospicio de Praia Vermelha y de ahí es enviado a la Colônia Juliano Moreira. Se le diagnostica esquizofrenia paranoide. Junto al diagnóstico, la ficha de ingreso en la institución psiquiátrica define al sujeto como: “negro, indigente, sin documentos”. Parece que antes de que las voces le invistieran de su sagrada misión, Arthur había sido, entre otros oficios, marinero y boxeador (¿un Cravan negro?).

La Juliano Moreira sería ya su única residencia estable hasta su muerte en 1989, y en uno de sus pabellones —en el que reinaba como “xerife” sobre el resto de los locos— descubriría Denizart su bizarro atelier, atestado con cientos de obras acumuladas a lo largo de más de cinco décadas.  Desde entonces, el interés por la obra de Bispo do Rosário no ha cesado de crecer dentro y fuera del Brasil, sucediéndose las exposiciones en algunos de los más reputados museos del mundo (recientemente, por ejemplo, en el Victoria & Albert de Londres) y ampliándose a ritmo vertiginoso la bibliografía sobre una obra muy pronto taxonomizada dentro de esa categoría vasta y, por ello mismo escasamente definitoria, de Art brut.

Más que obras de arte, lo que construye el artista brasileño son arte-factos, o “miniaturas”, como él prefiere llamarlas. Liberado de la obligación de la trascendencia (onerosa cadena asumida por los gigantes del Renacimiento), toma los escombros de este mundo entre sus manos para, con este trasunto del limo original, fundar los cimientos de su mundo nuevo. No hay en su intuición primera otra aspiración que la de crear topói, lugares dignos de ser habitados; pues aquel que siente el mundo real como una llaga lacerante, si tiene los redaños necesarios, buscará, entre los desiertos de la conciencia, su propia tierra prometida. Y en esa tarea, que aproxima su condición a la del Creador antes que a la del Artista, Bispo do Rosário es excelso.

 Cada uno de los artefactos que resultan de su mente, aun revestido de una evidente materialidad, es, ante todo, idea pura, producto de los impulsos eléctricos de una fuerza creadora brutal que sustituye, en esta cadena de producción, a todas las máquinas. Herramientas humanas (en apariencia) similares a las que utilizamos en el mundo real (un velero, una camisa, una raqueta de tenis), pero que en el mundo de Bispo do Rosário han sido creadas para cumplir funciones para nosotros desconocidas, para resolver problemas que apenas podemos intuir. Y es que si las suyas son miniaturas de algo, el modelo original es una explicación claramente insuficiente, demasiado pobre del resultado. Pues quizás sus objetos han sido diseñados solo para cobrar sentido en el contexto de un ritual, remitiéndonos así a los orígenes mismos de la humanidad, a la función más esencial del arte. Arte bruto por la brutalidad con que plantea sus problemas; con la naturalidad con que encuentra soluciones. Y que, de paso, nos devuelve cierta (perdida) trascendencia a los objetos mundanos en que se inspiran.

Como la obra de todo Creador digno de ese nombre, la de Bispo do Rosário se organiza en categorías obsesivamente definidas: veleros, estandartes, atributos de reina de belleza (cinta y bastón de mando), herramientas deportivas, ropas talares. Es quizás en los veleros, los estandartes y los ropones, donde ese mundo recreado se revela más potente. Cada velero de Bispo es (como cada hombre para el clásico medieval) un reflejo de cuanto existe que, en ese espejo, siempre diferente, se renueva. El loco, como señala Foucault en la larga cita con que se abre el documental O Prisioneiro do Passagem: “encerrado en el navío, de donde no puede escapar, se entrega al río de mar brazos, al mar de mil caminos, a esa gran incerteza exterior a todo”. Prisionero del escapismo, y por ello libre. Así pues, si las leyes de la física quieren oponerse a que tales veleros naveguen fuera de las aguas, Bispo do Rosário descubrirá que el viento sopla dentro y fuera de las aguas y, por tanto, dotará a sus veleros de ruedas y de alas, para que ningún obstáculo material pueda nunca oponerse a la singladura, al ensueño, a la huida.

Y si los veleros son el futuro, los estandartes son el mapa que guía a la mente por el laberinto de las nuevas regiones de utopía. En la mente deportiva del artista brasileño el estandarte es el símbolo de una guerra pacífica, una guerra contra la mente, por el conocimiento. El estandarte, bordado en cada centímetro de su extensión, ostenta su verdad de palabras, de dibujos, de símbolos. Símbolos que, como cualquier otro material, son rescatados por Bispo de la basura de la cotidianidad y convertidos en su zarza ardiente, en sus tablas de la ley. Sostenidos sobre la cadera y meciéndose al viento, propagan la buena nueva de nadie quiere oír, pero que el profeta está llamado a cantar. Y cuando alce su estandarte, veremos al artista vistiendo sus ropas talares, que son el uniforme de una religión construida con retales de todas las trascendencias posibles e imaginables: bordados, apliques, cremalleras; formas vegetales, armas; condecoraciones que recompensan cada victoria cotidiana; las guerreras de los Beatles en Sgt. Peppers’ y el chamánico Manto de la Presentación. Las ropas, en todo caso, de un original self-made Frankenstein. Pues cuando hayamos recorrido asombrados los escombros de la mente alucinada de Bispo do Rosario, escucharemos sus palabras, que con una clarividencia escalofriante sentencian: “Cada loco é guiado por um cadáver”, Todos los conductores de masas están muertos, son cadáveres (en el sentido, ahora sí, más real del término). Jesús Cristo y Marx. ¿Quién es más loco, el que se deja guiar por un cadáver o el que decide convertirse en su propio guía?

Por cierto, si el visitante, espoleado por la visión de la obra de Bispo do Rosário, quiere seguir la ruta del arte outsider (sea lo que sea tal cosa) en Lisboa, puede desplazarse hasta el antiguo Hospital Psiquiátrico Miguel Bombarda, que guarda desde finales del siglo XIX una de las primeras colecciones de arte de este tipo, amén de un sorpredente ejemplo de arquitectura racionalista temprana: el bello Pabellón de seguridad, construido en 1896 según plano de José María Nepomuceno, conforme al siempre inquietante diseño panóptico, y en cuyas líneas redondeadas vemos ya apuntar un arte (esta vez sí, canónico) arquitectónico nuevo.

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NOTA de TAM TAM PRESS: Aunque la calidad no sea nada buena, en YouTube existe una copia del documental de Hugo Denizart ‘O prisioneiro da passagem’:

1 Comment

  1. Todo un descubrimiento este artista, gracias a Luis María Marina.
    Encuentro un poema que le dedica Eduardo Galeano, en su libro ‘Espejos: Una historia casi universal’.
    El poema se titula:

    INVENTARIO GENERAL DEL MUNDO

    Arthur Bispo do Rosário fue negro, pobre, marinero, boxeador y artista por cuenta de Dios.
    Vivió en el manicomio de Río de Janeiro.
    Allí, los siete ángeles azules le transmitieron la orden divina: Dios le mandó hacer un inventario general del mundo.
    El inventario del mundo, inconcluso, estaba hecho de chatarras,
    vidrios rotos,
    escobas calvas,
    zapatillas caminadas,
    botellas bebidas,
    sábanas dormidas,
    ruedas viajadas,
    velas navegadas,
    banderas vencidas,
    cartas leídas,
    palabras olvidadas y
    aguas llovidas.
    Arthur había trabajado con basura. Porque toda basura era vida vivida, y de la basura venía todo lo que en el mundo era o había sido. Nada de lo intacto merecía figurar. Lo intacto había muerto sin nacer.

    Eduardo Galeano

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