Las sandalias del pescador

SandaliasdelPescador

Por JESÚS SUÁREZ

En el año 1968 Michael Anderson dirigió la adaptación cinematográfica de la novela de Morris West ‘Las sandalias del pescador’. El resultado fue ciertamente discreto y la película es un tanto larga, a veces confusa y algo plomiza. No obstante sí resulta interesante la recreación que nos muestra de las esferas del poder vaticano, y brilla en la pantalla la gran interpretación de Anthony Quinn, en uno de esos papeles, como el de ‘Zorba el griego’, en el que no cabe imaginar a otro actor. La historia nos habla de un Papa venido del Este, que ha sido prisionero en el Gulag soviético, que se esfuerza en traer aires nuevos al Vaticano pero que se estrellará con la realidad, con un mundo de intrigas y alta política en el que el mensaje evangélico se diluye. En cierto sentido la película resultó profética, y años después un Papa, Juan Pablo II, llegaría del otro lado del Telón de Acero, aunque no trajo ninguna renovación, sino todo lo contrario. Y durante todos estos años la Iglesia se ha ido enrocando en el conservadurismo y alejándose de los problemas del mundo y, en consecuencia, de los fieles.

La llegada del Cardenal Bergoglio trae un aire de esperanza, o eso parece deducirse de su trayectoria vital, de su condición de jesuita y de sus primeros gestos. Incluso de su decisión de adoptar el nombre de Francisco, sin número romanos como los monarcas y en clara referencia a San Francisco de Asís. No se esperan grandes cambios en cuestiones morales, y parece difícil que se avance en cuestiones tales como el celibato de los sacerdotes o el papel de las mujeres en la Iglesia. Pero sí en un tema fundamental, como es el compromiso de la Iglesia con los más desfavorecidos, con la gran tarea de hacer que la justicia también tenga un lugar en este mundo.

Estamos cansados de contemplar como cualquier alcalde de ciudad de medio pelo se pasea en coches de alta gama ocultándose de las miradas de los ciudadanos. Por ello resulta gratificante, y ejemplar, la humildad con la que se desenvuelve el Papa Francisco, esos detalles de prescindir del boato que siempre ha rodeado al Sumo Pontífice o pagar él mismo la cuenta de la pensión. No sé si llegará a expulsar a los mercaderes –que hoy nos gobiernan en la sombra– del templo, pero no pierdo la esperanza.

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