Querido diario (15)

Ilustración de Avelino Fierro.
Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Hemos madrugado; ya hemos recorrido bastantes kilómetros en este camioneto que resopla, bota y se acompasa a los accidentes del trayecto. Vamos en él diecinueve aguerridos que hemos querido llenar de sobresaltos el descanso semanal. Aunque por la edad, muchos puede que estén jubilados tempranamente y dediquen todo el tiempo del mundo a llegar a lugares apartados y sorprender a los nativos con su máquina de retratar.

Puede que esto que vemos ahora sea la Sierra de Ayllón. Hay barrancos, escarpes, y carámbanos que decoran la cara escondida al sol como un fino brocado.

Quizá por esta paramera inmensa vivirá el sol en los días altos del verano, pero hoy, aquí, se acaba el mundo. Nace con dificultad el día, la luz es turbia y el viento se siente, se ve tras el vaho de los cristales, arremolinado, grisáceo. Es tan inhóspito el lugar que ni la mansa nieve se atreve a salir a escena; sólo unos pocos copos, valientes y despistados como nosotros, nos acompañan.

Recojo el libro de Julien Gracq que ha caído del bolso del trescuartos con el batuqueo y lo ojeo un instante. Qué casualidad: está describiendo una zona tan inhóspita como la que cruzamos, “paredes de color de sombra que raya el relámpago de un torrente, callejón sin salida de mala fama donde ni las piedras resultan tranquilizadoras; un sitio para sembrar los dientes del dragón… se nota a la primera ojeada que el hombre no cuenta con recursos para vivir aquí, incluso suponiendo que tuviera de qué comer: de la tierra subiría el frío hasta el corazón.” Fuera, prosiguen las escaramuzas de la luz; ni el sol, ni siquiera los buitres, han entrado por el momento en combate.

Vuelvo a recoger el libro que cae en otro de los meandros de esta montaña rusa. Es una edición bonita, muy manejable. En el fondo editorial, exiguo todavía, hay, sobre todo, autores franceses: Caillois, Ponge, Léautaud, Bergounioux… Lástima que el único que me interesa, los diarios de Julien Green, esté en catalán. Posiblemente no vuelva a abrirlo en todo el fin de semana: estos viajes guiados no dan un momento de respiro. Pero sé que su compañía me proporcionará una irradiación homeopática, un cierto sosiego.

Hacemos un alto en Tórtoles de Esgueva al ver luz en el bar a esta hora tan temprana. El lugar está entonado con el paisaje, con la atmósfera sucia y gris, de color de agua de fregar. En uno no se asoman ni las aves carroñeras, aquí no se atrevería ni un  inspector de sanidad con muchos trienios; la mugre se nota en los primeros pasos, el calzado se adhiere al piso. Puede que al dueño lo hayamos sorprendido maldormido o sin acostarse de la noche del viernes, aunque tiene algo de agua en el pelo. Puede que no se le seque nunca en este ambiente tan desangelado como el exterior. Dice que las cosas no le van bien. Miro la mugre, miro sus manos grandes de lanzador de pedruscos para que el perro los corra en las caminatas por los barbechos.

En Sigüenza la lluvia se enhebra con un viento frío. Uno siente cómo se comprimen las sienes y la tiritona que hace bailar los huesos y que será difícil de espantar. En la placita frente al hotel visitamos una casa singular. Frío sobre frío al escuchar un buen rato al guía en el exterior. Dentro, se aprecian las distintas épocas constructivas y los hallazgos de decoraciones que se habían ocultado en tiempos de oscurantismo y fanatismo religioso. Aunque una parte se dedica hoy a un museo de la guitarra, uno no puede dejar de pensar que en la historia de estos lugares han sonado pocas alegrías: nos sentimos trasladados a tiempos de tierras yermas, surcos apenas dibujados en los calveros por rejas romas, quemadores de bosques, bestiales cuaresmas, obispos brutales, el peso de Dios.

Los monjes y sus monasterios, sus huertos y sus rezos y salmodias circulares parecen lo más razonable de una época en la que el arte quiere y no quiere explicar el mundo. Dice Élie Faure del nacimiento del románico: “De las antiguas basílicas brotó entonces la iglesia en forma de cruz, alzando hacia el cielo sus dos torres rechonchas, vibrantes de campanas y que el aire no podía estremecer jamás. La pesada bóveda, que dominaba la nave central, no aplastaba lo que le sostenía, porque las demás naves cargábanse con bóvedas longitudinales, calzadas en muros enormes que suprimían los huecos de las ventanas. Cuanto más larga era la nave, más espeso era el muro, y más densa la oscuridad dentro del Santuario pintarrajeado con rojo y con azul, y en el que los pilares bajos y pintados parecían llevar, sobre sus capiteles toscamente tallados, el peso formidable de un cielo lleno de miradas justicieras y de puertas cerradas sobre los esperados paraísos. Hubiérase dicho un monstruo agazapado, cuyo espinazo, excesivamente pesado, arrastrábase sobre patas macizas. Y la bóveda rezumaba frío…”

Pero en este poblachón manchego hay más rastros de la influencia obispal, de su iglesia y de su pastoreo a distancia de las almas: el cardenal Mendoza paró poco aquí, decíase que tenía mucho poder y otros intereses, decíase que era “el tercer rey de España”. En realidad, aquí ha habido un poco de todo. José Luis y Ana tratan de explicarlo repartiendo mapas en la plaza, cerca de la Puerta del Toril, y van señalando en el trazado medieval las distintas ampliaciones y cercas, la zona romana, judía y musulmana; después, en el barrio cercano a la Alameda, el urbanismo de la época barroca alarga las calles y la vista hasta un lejano punto de fuga. Todos estamos atentos, somos un grupo que se maneja bien; los compañeros de ruta han resultado muy razonables.

No ha sucedido lo mismo en la visita a la catedral, donde teníamos reservada entrada y nos unen a un numeroso tropel de sábado-sabadete que cacharrea con  los teléfonos, se encarama a tumbas y rejerías y rasca con las uñas la piedra de los sepulcros.

Julio ha estado por aquí hace unos meses, reuniendo notas de campo para su segundo libro sobre las rosas de piedra, las catedrales. Recorrió las calles, habló con lugareños ociosos y parlanchines –ya se encargaría él de darles cuerda– que le contaron del pasado y se lamentaban de cómo cierran un edificio tras otro. Acabó admirando al ensimismado Doncel, que lee y lee en las tinieblas en su capilla enrejada por Juan Francés. Lamentó –nos dice– no conocer la ciudad tras la lluvia.

Es cierto que hoy está bonita, bruñida por el agua que cae durante horas. Brillan las piedras como el alabastro. Como este muchacho que lee, que medita, que vence el paso del tiempo y conoce su destino. Así lo describió Ortega: “Es un guerrero joven, lampiño, tendido a la larga sobre uno de sus costados. El busto se incorpora un poco apoyando un codo en un haz de leña; en las manos tiene un libro abierto; a los pies un can y un paje; en los  labios una sonrisa volátil.”

Muere la tarde cerca del Humilladero, en el parque. Nos dispersamos. Miguel llama a su amigo, al que no ve hace años y vive aquí cerca, en Estriégana. Viene a buscarnos en el coche y nos lleva a un pueblo de sólidas casas, en el que sólo quedan cinco vecinos. Tomás nos dice que hace unos días celebraron los cien años de uno de ellos, que el de la taberna, que tenía más de noventa, murió el último otoño. Nos  están esperando Magdalena y Vincens y Coca, la perrita. Cenamos ensaladas de diente de león y de apio y una carne riquísima. Y empezamos a entrar en calor. Sali me dice que Tomás es el que más sabe de setas del mundo. Hablamos de algunas restricciones absurdas que imponen los gobernantes de esta comunidad y de las termitas que asedian el pueblo. Poco han cambiado en siglos los unos y las otras: poderosos e insensibles ejércitos contra los que luchar a brazo partido.

Estábamos, ya de vuelta en Sigüenza, tan cansados, que no nos sumamos a la ranchera que en el bar donde tomamos una última copa cantaban unos mozalbetes a las tres, tres camareras.

El día siguiente amanece nublado. No cae la lluvia constantemente y hace menos frío. Podemos ver mejor el valle desde la iglesia porticada de Carabias; también desde Palazuelos, amurallado, con cuatro puertas enmarcadas en cubos. Mar retrata cerraduras oxidadas en viejos portones. Vuelve a llover y se levanta un viento incómodo. De allí, a las Salinas de Imón, tan bonitas como su nombre. Sin explotar desde 1996, los edificios y las norias se caen a pedazos.

La próxima parada es Atienza. Desde lo alto del castillo casi se tocan las nubes bajas y a lo lejos brilla, por un hueco entre ellas, un rayo de sol. En Ayllón, de color rojizo hasta el agua del torrente, hay pancartas de protesta contra el cierre de las urgencias médicas en las noches. Las cigüeñas ponen a secar sus alas en el campanario. Ya en ruta, volvemos a tener otra luz rojiza que inunda las nubes y el rostro de los viajeros, de un sol que aparece breve y se pone, para anunciar la inmediata oscuridad.

Salgo a dar por la ciudad, después de la llegada, un último paseo. Está todavía abierto El Cuervo. Me entero del último sainete de los corruptos, y siguen y siguen las imágenes de los purpurados en la televisión. Parece que nada ha cambiado en siglos: frío en el cuerpo, los servidores públicos preocupados sólo de lo privado, el oscurantismo… ¿Dónde podemos refugiarnos?

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