De la condesa descalza a la infanta imputada

La Condesa Descalza

Por JESÚS SUÁREZ

‘La condesa descalza’ es una magnífica película dirigida en 1954 por el gran Joseph Manckiewicz. Nos encontramos ante una nueva versión del cuento de la Cenicienta: bailarina española de humildes orígenes, María Vargas, descubierta por unos cazatalentos –la expresión no existía entonces, imagino– de Hollywood en un tablao madrileño, se acaba convirtiendo en una gran estrella del celuloide. La grandeza de la película reside, no obstante, en la mano maestra de Manckiewicz y en la deslumbrante presencia de Ava Gardner, conocida en el siglo como el ‘animal más bello del mundo’.

Pero, al contrario que Cenicienta, María no encontrará el amor verdadero, porque los príncipes azules sólo existen en los cuentos. El dilema de María Vargas es que, a pesar de llegar a ser una estrella rodeada de glamour y lujo, lo que ella desea es bailar descalza en un campamento gitano. Esos pies, metáfora de libertad y de independencia, la recuerdan que pertenece al pueblo, y no a la nobleza.

Con los nobles de hoy en día sucede algo en cierto modo inverso. Ellos quieren seguir siendo la aristocracia pero les gusta mezclarse con el pueblo, ser cercanos o incluso campechanos, que ya es lo más. El problema es cuando quieren mimetizarse tanto con el común de los mortales que les apetece dedicarse a los negocios y ganar indecorosas cantidades de dinero, gran parte procedente de las arcas públicas. Éste es el origen de la imputación de la infanta Cristina. Antes los personajes regios se ocupaban en la beneficencia o en bailes de salón, pero no se paseaban por el mundo real cobrando una millonada por organizar un sarao o bajarse un informe de Internet. Generosas retribuciones que Urdangarin percibía, todos lo sabemos, no por su talento para la comunicación o la estrategia, sino porque era el yerno del Rey.

Si esto es un delito o no sólo lo decidirán los Tribunales. Ahora bien, está claro que no todos somos iguales. Un español, si es imputado, se busca un abogado o se le asigna uno de oficio. A la infanta la defiende la Abogacía del Estado, imagino que a costa –una vez más– del contribuyente- Ya lo decía Humphrey Bogart en ‘La condesa descalza’: ‘La vida, a veces, se comporta como si hubieras visto demasiadas películas malas’.

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