Miramientos / 8

© Ilustración de Santos M. Perandones.

© Ilustración de Santos M. Perandones.

 [Primavera-Verano 2010]

 Por TOMAS SÁNCHEZ SANTIAGO

Ningún político leonés acude a estar de cerca de José María Merino en el acto de entrega del premio Castilla y León de las Letras. Qué inmadurez y qué aturdido patetismo nacionalista, reprochado por estos lares a vascos y a catalanes hasta hace no mucho y ahora copiado de la cruz a la fecha. “Me haría tanta ilusión como subirme al autobús”, ha dicho con ironía descarnada para justificar su ausencia el alcalde de León, un socialista en minoría municipal, cautivo de exigencias leonesistas (y esta es sin duda una de ellas). Pero yo me quedo con esa otra impresión: considerar subirse al autobús un acto de desgana retrata a nuestros políticos, tan lejos de la realidad cotidiana. Lo que no sabe este percebe es que con su declaración acaba de darle a Merino la clave de un nuevo relato de los suyos.

Sentado en un banco en una plaza pública, al último sol de la tarde. A mi lado, gente de edad. Oigo a una mujer explicarse ante los demás en una conversación enardecida: “Eso me pasa a mí por meterme en “berenjenerales”. Berenjenerales, sí. Cómo inventa el pueblo a veces el lenguaje, mejorándolo.

Ay, la ordinariez. Ese valor ya jaleado socialmente. Es salir a la puerta de la calle y constatarlo.

Decisión sutil: esa de saber deslindar lo necesario de lo conveniente. Y actuar entonces en consecuencia.

El olor a jara en la última hora de la tarde, con la luna llena marcando bien el cielo. Afueras de este pueblo. Nadie puede ver el desembarco familiar que estamos haciendo. Ladridos ensordecidos chascan el aire. Entramos Juan Carlos y yo con los tres mayores a la casa. Despacio, empujando suavemente al que podría tener alas con sus 90 años. Deshacemos sus maletas, los dejamos instalados. Mientras, la menor de todos –80 años– nos prepara aún una cena: huevos fritos, salchichas, tomate en ensalada, vino de la cosecha de su marido, ya fallecido pero que vuelve a estar presente así, de ese modo en que los muertos regresan con regalos pendientes que eran para nosotros. Y allí los dejamos ya en la noche. Uno contra otro, sosteniéndose mutuamente, admirablemente vivos y con movimientos contados entre las cosas, que sortean rozándolas en silencio, con miedo de no saber reconocerlas.
Son nuestros mayores.

Esa galería de gestos minúsculos llenos de importancia desatendida. Por ejemplo, la otra tarde en Segovia. Lectura de poemas en la casa de Machado. Un patio pequeño, lleno de intimidad melancólica, anejo a la pensión donde el poeta se alojó en la ciudad. Un pequeño estrado, lo justo para no alzarse demasiado sobre el público. Una mesa camilla, unas flores discretas encañadas en un jarrón de cristal… Todo muy tomado por el sigilo. Pero lo mejor fue ver, nada más entrar, un par de hojas de laurel fresco puestas en cada silla para los asistentes. Quien las había puesto así –el encargado de una pequeña librería abierta sin pretensiones allí mismo, en la vivienda (“Libros a 1 euro”, leí en un cartel)– se había molestado con delicadeza en hacer eso “porque hoy era el último día de las Jornadas”, me explicaron. Eso me conmovió. Nada de despedidas estruendosas ni pasadas por la alegría social de un convite público. En su lugar, eso otro: dos o tres hojas de laurel en cada asiento. La gente, la escasa gente escuchaba luego con la ramita en la mano, casi en actitud oferente. Cuando todo acabó, busqué al hombre de la librería. En efecto, respondía a esa manera de ser: alguien dispuesto a desaparecer cuanto antes, a que una oportuna disipación hiciera aún más volátil su hermoso gesto.

Esos rostros de hombres y mujeres alistanos, otra vez. No muy altos, ellos; ellas, más erguidas, con ojos a veces claros y la tez muy trabajada por la intemperie. Silenciosos, muy silenciosos. Con un gesto inconfundible de conformidad, como si estuvieran siempre a punto de decir: “Esto es lo que hay”. Y no saben protestar. Permanecen solo así, quietos como piezas estancadas en un juego de sumisiones que fueron aceptando a través de su vida. Por dentro, ¿no ha de haber dolor o rabia o ansia? Pero nada lo revela. Todo queda bajo el aura de esos rasgos ya deshidratados que parecen aceptar por igual el pasado, el presente, el futuro… Es, a su modo, la música invisible de ese pensamiento oriental que les permite una indolencia capaz de dejarlos así, en esa ajenidad sabia y sublime, que los pone agarrados a la tierra hasta, paradójicamente, hacerlos desaparecer.
Con ellos he estado en estos días. Mirándolos.

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