Prosapiens (27)

desierto

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Toca conseguir las armas. Quién que cree que es no tiene la tentación de decir: “eterno”. Un decir solo, aislado, desertado de silencio cuando el silencio vuelve a uno de sus lugares de origen literal, desierto, cuando se sumerge en uno de sus lugares favoritos: mar, el de adentro donde nada se oye, distinto del mar de afuera donde se oye un derrumbamiento. Una cosa lleva a otra, la carga a cuestas, su costal cosa, su hijo en la quebrada o lastimado en el pie. O cansado, tan niño, de todo esto. “Eterno”. Sin gasolina ni vino ni fumar. Sin control biopolítico. Sin las luchas intestinas que terminan con los intestinos a flor de piel, los charcos. Y la gente parada, mirando. La gente que no actúa mira. El hombre, antiguo “animal que habla del mundo”, hace mucho que es el “hombre que mira”. Ya no habla o habla poco. Pero ya no es el animal. Ha incorporado de su característica de especie compartida aquella nostálgica soledad sin muerte, la aupó, la subió al cuerpo en la vertiente bestia que tanto ama. La bestia que nos enamoró, precisamente, con sus ojos de vaca mansa, de perro al pie que levanta la mirada, pelo mojado, ojos acuosos. Pero uno no dice “eterno” por decir algo, yo que sé, algo que estaba ahí, lo ya sabido que emerge cuando el sondeo, cansado el cuerpo del peso del agua y del plomo del sol –”y ese sol”, “y ese sol”, sol pobre de sí, pobre de ser el referente más manido, maniatado a la primera mirada y enseguida a la primera palabra, cuando ya no queda nada más a qué acudir: eso es un pobre, el no difícil, el siempre a mano, el de la disponibilidad más general y patriota, el bandera, el envuelto en nada y levantado a lo más alto del asta: el convocador de los llamados y las urgencias, las extremas medidas, el que las gasta en alcohol porque sabe que el alcohol lo quema todo–: uno dice “eterno”, isla esa palabra, cuando la palabra registrada en su caja de cobro se abre al tocar la tecla y la mujer de enfrente mira una lata en la mano izquierda y me dice: “¿Encontró todo lo que buscaba?”. Sin experiencia de lo eterno a la redonda. Ahora se ve todo más claro: el camino, el que camina al borde del camino con su bolsa a cuestas, el que hace autostop o que no hace, los pinos parados al costado de la autopista con escarcha o sin escarcha, las bandas de la autopista con o sin carro en ese momento. El deseo de experiencia que no está, entiende al beat que no era una bestia, precisamente. Entiende inclusive el reparto de flores como si fuera el reparto de petróleo mano a mano –este petróleo para ti, este para ti, este otro con brillo de ave costera bañada  por derrame para ti–, el reparto de la tierra terrón por terrón para plantar, en el terrón, arrancado de la tierra profunda y fresca que guarda una bota de vino para el joven Keats –el que no pudo ser viejo– una semilla de felicidad más o menos duradera. Pero volvamos al desierto de origen. Volvamos al mar del principio. Desierto: el claro en que uno se queda cuando empieza la marcha. Mar: la extensión de las mareas cuando se vuelven una a lo ancho y a lo largo de la plaza, vista desde lo alto un plumaje rojo oscuro sin fisura.

 

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