Prosapiens (32)

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Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Uno se pregunta qué va más rápido, la creación o la destrucción. La destrucción, diría cualquiera. Un mundo se destruye acelerado. Los intentos de destrucción del mundo ahora no son los intentos de transformación, que siempre cuentan con una pre-creación destructiva. Sin salir de los movimientos de vanguardia, Dadá es la fase destructiva del Surrealismo, aunque no sé si el surrealismo –pese al apodo que cuelga, no abismal ya, de “La Revolución Surrealista”– significó una revolución. A veces veo al surrealismo como la reconstrucción desesperada ante el vislumbre –cierto, en parte– de una catástrofe inminente: la de la inversión de la verdad –mira a Adorno y a Horkheimer balconeando el espectáculo que se les escapa como agua por debajo de la puerta, agua negra de blues– certificada trágicamente por el último gran niño nuestro: Guy Debord. La verdad salvada por la imagen, el surrealismo, ese intento. Los otros niños revolucionarios ahora son los viejos ladrones del presente democrático donde hay sólo una reina que no cae –prueba del nueve, prueba de rey– de un elefante: Angela Merkel. Cualquiera se llama ángel, no tiene la responsabilidad de lo ángélico, que, por otra parte, no es lo santo. Pero no interesa aquí lo santo sino el juego. Jugar con los nombres del poder, gente real, gente que te cae encima, no palabras. ¿La destrucción del lenguaje es todavía pertinente? ¿Hay que ser constructor de ruinas? No reproductor de lo visible arruinado. Constructor de ruinas. ¿Y con qué lenguaje se construye la alternativa al mundo destruido? Unos poetas sueñan con la mítica unidad de palabra y cosa. Una especie de retorno, una especie de rescate: mira o mirá: se hunde el lenguaje, aquella cosa crepuscular titánica, contra el violeta naranja del cielo y contra un resplandor que lo atraviesa. Todos los actores se tiran al agua para no morir ahogados. Los actores paradójicos eligen morir congelados. Pero los actores no mueren en el acto.

Este mundo se destruye para depurarse. Se depura por expulsión, se depura por margen repleto, desbordado. Allí en el margen vivían los poetas. Era su lugar, un afuera rabioso –o un sol rabioso en la cabeza–: descampado, desamparado, frío de intemperie. El habla venía del lugar o el habla coincidía con el lugar. Luego entraron. Como un gesto –gesto de quién–: pasa, poeta. El poeta secular, el poeta democrático, el poeta civil. Pero en este nuevo ajuste de la expulsión al mar del mar –míralos resbalar y amontonarse abajo cuando se vuelca la pala– los poetas están tan desesperados tan-tan presos como cualquier hijo de vecino. No los salva el tartamudeo –balbuceo, trataba de dignificar Rojas. Es que, hijo mío: no es la palabra, es el capital. “No, papá, también es la palabra” –cierto, la palabra también va al deshuesadero como todo cristo –en la expresión que acaba de pasar cabe todo el cristianismo, sólo una lengua católica, el castellano, es capaz de ese agrupamiento totalitario brutal–. Los indígenas hablan así. Vaya el que quiera a la Tarahumara o a la Lacandona a oír hablar a los confundidos con el mundo. O escribir aquel rescate será el simple hecho de no vivir en el lugar donde todavía se habla todo junto.

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