“Saber pensar es saber vivir” / ‘El Testamento de Aristóteles’. Alfredo Marcos

testamento aristoteles

‘El Testamento de Aristóteles’.
ALFREDO MARCOS
Editorial Edilesa. Trobajo del Camino (León), 2000. 241, pg.

Por SIMÓN RABANAL CELADA
(AstorgaRedAcción – Contexto gobal)

Alfredo Marcos es el autor de la obra ‘El testamento de Aristóteles. Memorias desde el exilio’. Preguntado acerca de si el libro es una obra literaria o un tratado filosófico, afirma que lo primero; de hecho confiesa que su único mérito es haber rescatado la novela que hay en la vida de Aristóteles. Es posible que la vida de cada quien encierre una novela dentro. El escritor que intenta extraerla tiene que ser cuidadoso  en la recopilación de los datos y en la composición literaria de la novela. Labor de selección y creación. En este caso Alfredo Marcos satisface ambas condiciones con un equilibrado sentido de la medida en ambos planos, el biográfico y el literario.

La novela muestra al protagonista como un hombre que lo apostó todo por su profesión a pesar de ser injustamente acusado, a pesar de romper con la Academia platónica donde aprendió a pensar filosóficamente, a pesar de ser para los atenienses una especie de sesudo charlatán… en una palabra, un hombre que vivió en la filosofía porque creía en ella y en ella buscó asilo. Este aspecto es el hilo conductor de una trama que se completa con alguna intriga real, conspiraciones y situaciones comprometidas, un exilio forzado  y una gran preocupación por el destino de su Liceo.

A estos méritos  hay que sumar el modo de presentar al filósofo a la hora de afrontar los últimos días de su vida. Quiso, por voluntad propia, ser generoso con su familia y amigos y en las 26 cláusulas de su testamento así se recoge. Pero quizás su herencia más universal es la investigación y la vocación filosófica. Su perfil se dibuja desde la filosofía, pues es la que aporta un espíritu conciliador que revela no sólo la íntima relación de ésta con la vida, del mito con la ciencia, del hombre interior-reflexivo con el hombre público, sino también del ciudadano con el extranjero, del ateniense con el macedonio.

Ese espíritu, tan bien resaltado en la obra, es una de las virtudes de la filosofía de hoy, la cual tiene que enfrentarse a acusaciones y polémicas que desdibujan su identidad. ‘El Testamento de Aristóteles’ muestra que el saber, la filosofía y la vida encajan de nuevo en el perfil del hombre de hoy, tan falto de esta última.

El saber que se busca

Aristóteles cree que el suicida se tiene a sí mismo por enemigo. Así es como piensa de Sócrates, para quien la muerte es la salvación del alma, la liberación de la prisión política encarnada en la democracia. Sócrates amaba el saber por encima de la vida. El saber verdadero tiene que ver con la virtud y ésta con la felicidad. Su máxima es fortalecer la virtud por el saber aunque eso implique enfrentarse a sus conciudadanos. Conocido por todos es el episodio que protagonizó delante de sus acusadores, cómo desautorizó sus acusaciones, cómo aceptó la sentencia y cómo llevó a cabo el suicidio obedeciendo un mandato divino.

Pero el saber que ama Aristóteles no es el mismo de Sócrates. Aquel no creía que mereciera la pena morir por él, pues la vida tiene suficiente interés como para hacerla interesante. Hoy, por ejemplo, vivimos instalados en el confort desde el que combatimos el aburrimiento y la fatiga. La felicidad pasa por ese mundo burbujeante y desapasionado, mundo de la comodidad y la satisfacción inmediata incompatible con el esfuerzo y el cuidado interior.

El saber que busca el Filósofo no se encamina hacia la tranquilidad. Él era extranjero en Atenas y tuvo que pelear un puesto de trabajo, dado que los atenienses no regalaban nada a los foráneos. Trabajó en la Academia platónica durante veinte años, pero la dialéctica filosófica tenía que enfrentarse al cotilleo de la gente y eso conlleva mala prensa para la primera, puesto que el baldío discurrir de un hombre de Estagira no puede sostenerse frente al sabio discurrir ateniense, representado entre otros por Platón. Y como no quería ser víctima del saber, renuncia a la vida en Atenas.

Y Aristóteles se va para salvar la vida y evitar que la filosofía enferme de esa fiebre de retórica que lleva al confort. Por eso, entiende que hay un saber especial, ético, orientado al bien vivir, un saber práctico, un saber digno para una vida digna, que se reviste de la excelencia como mérito y no separa el esfuerzo, la pasión y el asombro; un saber que no se conforma con la noticia y se agota en la conformidad. El saber práctico no debe invitar al sacrificio, el cuidado del alma no implica egoístamente la propia alma, sino la puesta en común de las posibilidades sociales con los otros. La amistad es una virtud tan necesaria como el saber dialéctico, solidariza el pensamiento, que es diálogo. He ahí el verdadero interés por hacer digna la vida, el deseo de comunidad en la comunicación.

El saber filosófico

El suicidio de Sócrates dignificó moralmente la filosofía; Platón no le rebajó esa calidad. Y cuando Aristóteles entró en la Academia volcó todos sus esfuerzos en el saber que salva.

Pero la salvación del alma al modo platónico se encontraba al final de una especie de metáfora carcelaria que ejercía en el preso un triple nivel de presión: individual, intelectual y social. Resulta que el hombre vive condicionado por sus impresiones, le asaltan y no es capaz de reconducirlas. Esto le produce una relajación intelectual pues se conforma con la primera información que le llega y le impide elaborar un concepto seguro, por tanto, un carácter fuerte y noble propio de los que aspiran al gobierno de la polis. De ahí que la metáfora signifique la imposibilidad de salir del propio cerco de opiniones y creencias, de aspirar a un saber verdadero que induzca a la práctica política. Y los mejores, los más preparados intelectualmente, llegarán a una visión escogida e ideal, la visión-teoría que dignifica la vida. Pero sólo son los mejores. Así se perfila la exclusión del saber filosófico. La democracia que condenó a Sócrates, se cambia por el gobierno de los aristócratas o, en su caso, el mejor político será el rey-filósofo. La cárcel democrática parece que Platón la elimina idealmente. Existe una polis ideal donde no habrá más sacrificios a favor de un sistema democrático corrupto por la propia ignorancia humana.

Aristóteles rompe con esa presión porque se corta la vida ideal que alimenta la metáfora platónica. El resultado es que la filosofía empieza ‘a ras de suelo’, libre de ataduras morales. El camino del filósofo se llena de cosas, sustancias y el filósofo atiende con pasión la naturaleza única; individual, íntima, de cada una;  es cada cosa, hombre, cada animal y cada planta. Cada cual es lo que es, su esencia en cuerpo y alma; no hay ruptura, dislocación, fragmentación, dualismo. Desaparece la presión de la caverna y el pensamiento abandona esa resistencia platónica a dejarse seducir por las cosas bajo la atenta mirada de los conceptos que las catalogan y las etiquetan. El saber no se agota en los conceptos, crece con ellos hacia la comprensión respetuosa de la realidad.

La verdad es la conciliación de los hechos y los conceptos. Dialéctica de la conciliación. Y la verdad genera convicción y exhorta a los hombres a la buena vida, que es la vida virtuosa, la vida prudente, que exige el trato con las cosas humanas. De nada sirven los principios modélicos, el diseño de una polis ideal si se desconocen rasgos más básicos del hombre como ser político, la experiencia y las costumbres de las polis, el afán de los hombres por vivir con aspiraciones, el placer y el gusto por la vida sencilla. Todo ello es también argamasa de la felicidad. En ello se aprecia el saber que la filosofía busca.

El saber vivir

Ésta es la medida del filósofo para Aristóteles, y hacia todos los ámbitos de la realidad irradia ese carácter; desde la física a la metafísica, desde la historia de los animales hasta la ética o la política, siempre armonizando la sabiduría vital, encerrada en los mitos, con la ciencia de las cosas naturales. Esta labor le hacía sentirse feliz. Daba igual que se tratase de los delfines, el infinito, el movimiento o Dios.

Ningún tema era banal y cuando Aristóteles vivía “de verdad” parecía hacerlo dentro de una pausa. Si hacemos caso a ‘Don DeLillo’, hay personas que hacen pausas para sentir, para disponer sus sentidos al más arrojado de los placeres: la identificación de lo que ocurre. Hacer una pausa y que todo lo cotidiano despierte a una nueva visión o teoría.

Pero lo primero era identificar y discriminar a un tiempo para poder saber qué ocurre alrededor; con paciencia reconducir esos datos hasta el plano mental y empezar a encajar piezas siguiendo la técnica del recuento, la enumeración y, llegados al punto en que las piezas se acomodan en el mapa, emprender la tarea de generalizar la situación. Tarea embriagadora al final, puesto que, a resultas de acomodar la realidad al plano, se ve el plano de lo real. Y luego simular que nada ha cambiado hasta ver si ese “mundo” se incorpora al ruido y la vitalidad de lo cotidiano. Es probable que, al quitar la pausa, la vida reanude su viaje ahora en una explosión sin igual.

Tiempo es lo que le falta al hombre y Aristóteles, como cualquier investigador, al pautar su trabajo y colocar el motivo de su proyecto como fundamental, coloca el serel objeto general de la investigación– junto a otro ser imaginario en esa necesaria pausa para ponerlos en relación. Por eso, tiempo y ser: el primero se gesta en el método de trabajo, el segundo (implicado con el otro) se mantiene como referente. Aristóteles investiga el tiempo en su ser. Pausa e investigación. Pero se juntan en la realidad, que es la que dicta sentencia.

Aristóteles nos lega un saber que reduce los exclusivismos y las divisiones y, en su lugar, reintroduce el concepto en tierra fértil, el principio en el campo de los objetos y las ideas en el espacio corporal en que nos desenvolvemos. Así evita los sacrificios innecesarios y favorece un planteamiento de la vida más integrador. Hacer interesante la vida no consiste en reducir el esfuerzo por conocer; al revés, tomar de las cosas la medida de lo real significa acercarlas al plano desde el que resultan más inteligibles y menos ideales.

Hace tiempo la filosofía se estaba buscando acomodo, sitio entre los diferentes saberes. Hoy es un saber con poco sitio. Y en el espacio reducido que le queda acaso nos deje como testamento un pasado de esfuerzo y trabajo como mostró toda su vida Aristóteles. Con total seguridad es la disciplina que conjuga saber y vida. Es fácil constatar hoy una vida cómoda, pero no me imagino una vida buena, exigente, humana en su máxima expresión sin filosofía. Eso se dice en ‘El Testamento de Aristóteles’.

Noticia relacionada en TAM TAM PRESS:

  1. Qué voy a decir yo de Tam-Tam-Press(Eloísa Otero) y de Alfredo Marcos..pues ambas cosas geniales !!!!

  2. Anónimo

    Es maravillosa. Merece totalmente la pena leerlo

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