Querido diario (30)

© Ilustración de Avelino Fierro.

© Ilustración de Avelino Fierro.

El autor sale a pasear, afirma que cada vez le cuesta más escribir. Al final recupera un texto que leyó hace unas años, durante la presentación del nº 6 de la revista del Club Leteo: “(…) Cuidemos el detalle, elijamos bien las corbatas y los amigos y seamos pacientes y resignados sabiendo que este vicio solitario, de lectores o escritores, nos acabará convirtiendo en una pandilla de inadaptados.”

Por AVELINO FIERRO

Al final de la tarde todo cambió. Ordenaba algunos libros, papelitos y trozos de periódico. Son algo así como la despensa semanal del escritor. Pero cuando hago esas recolecciones es mala señal. Lo habitual es que escriba cada entrada de estos diarios, en las tardes de los viernes, casi sin levantar la pluma. Algo o alguien dicta el primer párrafo, como decía Robert Graves que sucede con el primer verso de los poemas, y la música que elijo para esos momentos, el día que muere, cierto cansancio, los ojos entornados… hacen el resto. Alguien te zarandea y guía tu mano.

Entre los papeles había copiadas frases de Baroja y Mainer, una entrevista recortada con Richard Ford sobre su último libro –al que elogian Banville y Lorrie Moore–, un texto de Cernuda sobre cómo debería ser el gabinete ideal del escritor, un dossier titulado ¿Se acabó la belleza?, una frase de un cuento de Nabokov y el texto de ayuda que me había enviado Eloísa, mi editora digital, cuando a principios de semana le dije que todo se complicaba y nada se me ocurría:

“Querido amigo: ¿Usted no ve cómo todo lo que sucede es siempre un comienzo?
¡Y comenzar, en sí, es siempre tan hermoso!
Deje que la vida le acontezca.
Créame: la vida tiene razón en todos los casos.”
R. M. Rilke (De una carta a un amigo)

Pero nada a lo largo de la semana se había acercado a mí haciéndome arrumacos, nada titilaba lo suficiente. Y al final de la tarde, dentro de lo que quedaba del día, me sorprendió la luna. Ahora todo estaba claro. Por la mañana Marta Proserpina ya me había advertido en un email de que habría luna roja de cosecha. No quedaba sino jadear y aullar.

Su luz llenaba el cuarto. La terrible Divinidad, la fatídica madrina, la nutricia envenenadora de todos los lunáticos, como la llamó Baudelaire, se había metido en mis horas, en mi tiempo de escritura.

Salí a pasear. Vi gentío y danzantes delante de la catedral, crucé la plaza mayor, busqué el contacto de la gente. No quería estar solo. No quería transformarme en licántropo si me alejaba de su murmullo. Cansado y más tranquilo volvía a casa cuando encontré a Modesto. Hablaba deprisa y alto, con el entusiasmo de un niño chico; noté que me hacía bien, me aturdía y no me dejaba pensar. Me dijo que había estado en Albacete el fin de semana para ver una obra de teatro, que había traído bastantes fotos nuevas de famosos para su colección. Cuando fue a mostrármelas, apresurado, se le cayó un papel en el que se anunciaba la cercana entrega del premio Leteo a John Banville. “Vaya, me dije, desde que me ha dado por decir que no me gusta la novela negra todo el mundo parece estar en contra”.

En casa pensé en los “leteos” y en cómo esos jóvenes escritores consiguen año tras año traer a esta ciudad provinciana a autores de renombre (Amis, Auster, Arrabal…) Siempre les pregunto: “Oye, ¿cómo lo habéis conseguido de nuevo: sexo, mentiras, chantaje con vídeos?”.

El paseo me calmó, pero seguía paralizado, sin poder escribir. Ojeando las revistas que ha editado el Club Cultural Leteo encontré alguna de mis colaboraciones y la copia de una charla para presentar el número 6. Era junio de 2008. Me acompañaban Alberto R. Torices y una chica, cuyo nombre no recuerdo, que leyó bien sus poemas y luego se fue por las nubes para hablar del vuelo de los pájaros. Entre el público se veía a algún escritor joven, lectores de todas las edades, Paco, Isa y Bea, bastantes jubilados… Yo tenía que hablar de la escritura y de los blogs.

Aquel texto lo he leído ahora, saltándome algunos párrafos. Desde entonces he acabado un librito, que puede que corrija un día de estos si salgo del marasmo, y estos pequeños diarios. Titulé la charla “No tenía que haber venido”. He copiado algunos párrafos tratando de que no pierda sentido. Y aprovecharé también la ilustración de aquel número seis, aunque aquella luna era pálida y siniestra, no como la que ahora se esconde entre las nubes y hace brillar sus contornos.

“A mí la escritura no me ha dado más que disgustos. Bueno, esto no es del todo exacto. Tengo con la escritura una primera aproximación gratificante y salutífera: voy buscando que me tranquilice o me cure de algo y en eso no me ha fallado, siempre ha estado ahí, abierta de… brazos. Como lo está Jessica Lange en “All that jazz” al final de aquel travelling inacabable y sensualísimo para recibir en su seno al crápula de Roy Scheider.

Así que cuando he tenido alguna obsesión, de esas que hacen presa en las cervicales o se notan en alguna neurona y empiezas a tener desarreglos, lo he puesto por escrito. Antes, quizá, con algún íntimo lo he verbalizado, como les gusta decir a los psicólogos. Pero no es lo mismo, las intuiciones se vuelven más claras con el esfuerzo de ponerlas en palabras. Y uno se atreve a forzar ciertos límites. Escribió Rubert de Ventós en Oficio de Semana Santa, “mucha gente… nunca se ha atrevido a explorar sus propias fronteras: ignorantes de lo que les sobrepasa, tampoco sabrán nunca lo que les pasa”.

A mí mi primer cuento “Dos horas de bondad y tres pecados capitales”, me sirvió para sobrellevar el mariposeo y posterior ninguneo de una camarera. En “El cuento de los cuentistas” tenía que cotillear sobre un secreto de sumario. En el publicado en este número de la revista no me quedó más remedio que exorcizar otros demonios. Y así, buscando terapias, en varios casos.

Las consecuencias, la penitencia, los daños colaterales vinieron después. Con el primero, mi mujer me envió una temporada a dormir al salón; en el segundo, me libré de un expediente por los pelos; tras éste de hoy, algunos amigos arquitectos o periodistas van a negarme el saludo.

Así que para mí, el escribir no es una entretención –como diría un mexicano– ni la aspiración a las mieles de la fama, o al menos a esa fama lerda y un tanto escuálida de la que habla Jorge Volpi, sino la búsqueda de una cierta calma, la simpleza de dormir un poco mejor.

¿Veis por qué no tendría que haber venido? Un tipo que va pensando en su ombligo, buscando terapias, que escribe muy ocasionalmente y lo que escribe en realidad son cartas, no tiene derecho a dar explicaciones. Las únicas que le gusta dar, por un prurito de parecer “rara avis”, es a las dependientas de los estancos empeñadas en hacerle una factura por los sellos. Siempre les digo: “No la necesito, no son para una oficina, soy de los que todavía escriben cartas”.

Decía que esta última me traerá complicaciones. Se la envío a un amigo y éste va, y la publica en su blog. Alberto me pide que hable de los blogs. Comprenderéis que sólo puedo decir pestes de esa moda tonta que va a acabar con la amistad y la literatura.

Hace unos días, Sidney Lumet, el director de cine, decía, “la gente pasa diez horas frente al ordenador y lo llama comunicarse”.

Con esto de los blogs acabaremos no viéndonos. Nos quedaremos en casa esperando que algún amigo haya colgado un comentario para enzarzarnos al responderle. Iremos al bar confiando en encontrar a otros tertulianos letraheridos y nos pasará como a Josep Pla, que visitaba todas las tardes al sepulturero de su pueblo, quien le decía: “Esto está cada día más muerto, señor Pla”.

Así que a un servidor, las blogonovelas o la regla cuarta para la supervivencia de la novela de la que hablaba Vicente Verdú hace nada en El País, “la fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentaria omnipresente”, todo eso, digo, me parecen sandeces.

Además, qué manía con escribir; lo que es necesario es leer. Y ahí sí que no podemos andarnos con contemplaciones. Hay que leerlo todo.

La única grieta que todavía nos permite asomarnos al mundo de la verdad de lo inactual, escribía Azúa, es la voz de los muertos; sólo así podemos atisbar algún lejano eco de nuestro origen y de nuestro destino final.

Leer es la mejor higiene para combatir a los idiotas o desenmascarar el cinismo de los políticos, el pragmatismo imbécil, la prosa facinerosa de los psicopedagogos. Se trata de leer hasta quemarse los ojos. Discriminando un poco. Yo creo que tengo la suficiente intuición masculina (aunque ellas digan que eso no existe, que es suerte o casualidad) para saber que no he perdido nada por no leer las sombras del viento o los códigos davincis o las catedrales de los mares; sólo habría perdido tiempo.

Hace unos días una amiga me recomendó a Ian McEwan. No me encantó Amsterdam. No he escrito nada más allá de cuarenta páginas, pero dadme papel, lápiz y una semana de vacaciones y os fabrico otra “fábula moral e irónica que despliega su elegante estructura para placer de los lectores”. Otra novelita para europeos cincuentones, con un poco de sexo, paseos por la montaña, música sinfónica, intrigas periodísticas y pavesas del 68.

¿Entendéis por qué no tenía que haber venido? Resulta que llevo un buen rato pontificando. Y voy a seguir en ese plan, haciendo recomendaciones como un gurú cultural cualquiera: Hay que leer, sobre todo, poesía. Porque no sabemos bien lo que es, pero sabemos, con Brodsky, que la manera de desarrollar el buen gusto en literatura es leer poesía. Y es el primer consejo que da Bradbury a quien quiera ser narrador: “Lea usted poesía todos los días”.

Aquí, también, no todo vale. Creo que podemos, debemos saltarnos a Ajo, un derivado de Mª José, una chica de Palencia, que asoma en la última página de El País del 3 de junio. Dicen que “ha logrado la proeza de convertir la micropoesía en medio de vida”. No hay que leerla, salvo que sea amiga. Hay que leer a los amigos aunque sean insoportables, les debemos cariño e indulgencia. Y a Biedma y Machado, Auden y Larkin, Juaristi y Gil Albert. Pero hay que huir de los youtubes, myspaces, blogueros domingueros y vendedores de consignas y no de ideas, novelas google y frases hechas, el todo vale como valor cultural. Vuelvo a Brodsky: “La cultura es ‘elitista’ por definición y la aplicación de los principios democráticos en la esfera del conocimiento propicia la equiparación de la sabiduría con la imbecilidad”.

Escribir no es una pamplina, es una cosa seria, ardua y penosa. Al menos hay que exigirle al plumífero que pase las de Caín, como un tal Junot Díaz, la gran esperanza de la nueva narrativa norteamericana, que, según El Cultural de ayer, ha tardado once años en terminar su primera novela. Y eso no es garantía de nada si no estás tocado por la Gracia.

Poco más puedo decir. Bueno, que llevo unos años en compañía de Pla, D’Ors, Camba, Baroja, Nabokov…, que el último best seller que compré fue “El nombre de la rosa”, que mi último hallazgo es un maravillosos historiador del arte –Elie Faure–, que estos días estoy deglutiendo los Diarios de Valéry

Y que no os agobiéis. Que el que escribe es porque no sirve para otra cosa. Pase que sea un pecado de juventud, porque hay exceso de energía y cierto desgobierno mental en esas épocas dominadas por hormonas y testosterona, pero más adelante es mejor dejarlo: Shakespeare lo hizo cuando le empezó a ir bien el negocio de cereales, y Rimbaud se dedicó a traficar con armas. También podemos vender lavadoras y escribir un cuentito de vez en cuando, como nuestro Antonio Pereira.

Aunque reconozco que es complicado acabar con esa especie de virus. Y si insistimos en ello, hagámoslo en serio; busquemos la idea justa, la palabra perfecta. Y cuidemos los detalles. Hasta yo me he tomado en serio esto de venir hoy. He dormido la siesta; he llegado con tiempo (la última vez –Alberto lo sabe bien, porque iba a una lectura suya– me metí en una conferencia sobre el Alzheimer); me he comprado un diccionario de la injuria, de dos argentinos, por si tenía que replicar a algún impertinente del público; hasta pensé en un nombre también de allí para presentarme hoy, ya que los latinoamericanos parece que molan y han ganado los cinco últimos premios Herralde, y por si publico allá: Abel Ferrari.

Cuidemos el detalle, elijamos bien las corbatas y los amigos y seamos pacientes y resignados sabiendo que este vicio solitario, de lectores o escritores, nos acabará convirtiendo en una pandilla de inadaptados.”

  1. Pues esta “entrada” me ha dejado sin ganas de escribir, que es lo que pensaba hacer, creo que me ha venido mejor su lectura, quizás porque yo también estoy de terapia.

  2. Alcibíades

    La cita de RIlke no es una cita, sino dos mezcladas. Ambas pertenecen a las “Cartas a un joven poeta”. La primera, es de la carta fechada en Roma, el 23 de diciembre de 1903: “Sehen Sie denn nicht, wie alles, was geschieht, immer wieder Anfang ist, und könnte es nicht Sein Anfang sein, da doch Beginn an sich immer so schön ist?”. La segunda, de la escrita desde Furuborg, Josered, Suecia, el 4 de noviembre de 1904: “Und im übrigen lassen Sie sich das Leben geschehen. Glauben Sie mir: das Leben hat recht, auf alle Fälle”.

  3. José Luis Avello

    Cuando se eligen los amigos, o ellos o uno mismo, muchas veces nos equivocamos. Los amigos son como las cartas del mus, con los que tienes te lanzas o te quedas, puedes fantasear o ser cauto a la espera de tiempos mejores. Sobre lo de pandilla de inadaptados: benditos inadaptados ¿Para qué queremos ser bichos adaptados o adaptables? Ni me siento ni deseo serlo. Por tanto, Avelino, sigue escribiendo, mientras tanto yo, seguiré leyendo de lo que tú lees.

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