John Banville y Benjamin Black frente a frente

John Banville, en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

John Banville, en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

Por ELOÍSA OTERO

Yo no sabía que John Banville y Benjamin Black eran autores de culto, hasta que les premió el Club Leteo, a los dos. Confieso que no he leído ninguno de sus libros, ni los que firma Banville con su verdadero nombre, ni las novelas negras que firma como Black, su ‘alter ego’ hydeniano. Pero me han entrado muchas ganas de leerle, después de estos dos días intensos en encuentros con el autor irlandés, propiciados por la entrega del Premio Leteo en León.

La sala no ha llegado a estar llena en los actos que se han sucedido alrededor de Banville, pero en León tiene un buen puñado de seguidores y se nota. Su libro ‘El mar’ se ha agotado, y muchos lectores de éste y otros títulos han podido acercarse con sus ejemplares para que se los dedicara este escritor inteligente, jocoso y bromista, que se autodefine como un romántico del siglo XIX y que plasma su rúbrica en los volúmenes que se le presentan con uno u otro nombre, según la novela sea de Banville o de Black.

Tomé unas notas en un cuaderno, al vuelo y sin gafas, durante la entrevista que le hicieron los escritores y críticos Rodrigo Fresán y Andreu Jaume el pasado miércoles 2 de octubre (en el salón de actos de Caja España-Duero), de cara a un auditorio de fieles entre los que había muchos que entendían perfectamente el inglés, y que se reían con sus ironías sin necesidad de traductor (si bien otros, entre los que me encuentro, no éramos capaces de captar ni papa).

Aunque no consiga transcribir la entrevista completa y de forma textual, tal como fue, intentaré no traicionar el espíritu de ese encuentro y resumir de alguna forma lo que allí se escuchó:

R. F. —¿Se siente un poco alienígena siendo escritor?

J. B. —Siempre me siento como un extraño en el mundo, como un caracol que ha perdido su caparazón y vaga por el mundo; en ocasiones busco la forma de no sentirme encasillado. Pero, a la vez, este extrañamiento es una buena forma de estar en el mundo: estar como un alienígena.

R. F. —¿Los seres humanos son malvados?

J. B. —Creo que nosotros, como especie, somos el virus que más éxito ha tenido sobre la faz de la tierra. Pero hay muchas paradojas en todo esto. Por cada Hitler hay también un Beethoven. Estar vivos ya es en sí una aventura extraordinaria. Y a través del arte podemos expresar esta maravilla de estar vivos. Sin embargo hay que mantener en mente el sentido de las proporciones. No creo en los grandes hombres. Hay muchos hombres pequeños o mediocres que se sienten grandes. Yo me considero una persona humilde y sencilla.

John Banville, en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

John Banville, en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

A. J. —Sobre la tradición a la que se enfrenta un escritor… No es lo mismo partir de una tradición tan rica como la anglosajona que partir de una tradición silenciada… ¿Cómo escribir después de Joyce y Beckett…, escribir después del ‘Ulises’? ¿Le ha influido el ‘Ulises’ de Joyce?

J. B. —Siempre es difícil lidiar con la tradición, sobre todo en Irlanda, donde no hay escritores de segunda fila, es decir, los hay muy muy buenos, o muy muy malos. Es complicado. Tengo la sensación de que estos grandes escritores son un poco como las figuras de la Isla de Pascua…
Sobre el ‘Ulises’… la pregunta es difícil, mi relación con esta obra es difícil. En mi caso me trae el recuerdo de una relación, a los 17 años, con una chica de Liverpool, nos veíamos una vez al año, un día fui a visitarla y ella me dejó; yo acababa de comprar el ‘Ulises’ y tengo ese ejemplar todavía con las marcas del agua, de llorar. Pero bueno, sobre el libro ‘Ulises’… me hubiera gustado que Joyce mantuviera el ritmo con el que empieza el libro en los primeros capítulos, que siguiera por ese camino y no se hubiera empeñado en estar en la vanguardia.

R. F. —¿Qué es más importante, el estilo o la trama? La realidad… ¿es más trama o estilo?

J. B. — Joyce, curiosamente, no tenía mucha imaginación, y ésta es una de las grandes bazas de su literatura. Se veía obligado a escribir sobre su mundo cotidiano, y fue un maestro en captar la realidad. Joyce no tenía mucho estilo. El ‘Retrato del artista adolescente’ me parece un libro insufrible. Pero pensemos por ejemplo en el ‘Capriccio’ de Strauss: ¿qué es más importante, la música o el libreto de esta ópera? (…) En las buenas novelas tiene que haber una trama fuerte, pero a la vez tiene que sobrevolar la música.

A. J. —¿Qué dice sobre la influencia de Vladímir Nabokov y Henry James en su obra? No obstante, la prosa de John Banville canta de una manera que Nabokov no consigue…

J. B. —Sí, reconozco la influencia de Nabokov, que creo que tenía un estilo muy raro. Él mismo decía que estaba sordo para la música. Nabokov tiene un estilo más pictórico, más visual… no es musical. Y Henry James, para mí, es el primer autor modernista, antes de Flaubert. Inició una senda antes de ser interrumpido por la I Guerra Mundial. Y a mí siempre me ha interesado regresar a esta senda. Me considero, más que un autor de vanguardia, un autor de retaguardia. Últimamente he empezado a sufrir insomnio, y una de las formas de lidiar con esto, aparte de beber, es escuchar audiolibros. Uno de los últimos que he escuchado es ‘La copa dorada’ de Henry James, que son más de 20 horas…. Y he comprobado cómo a través del monólogo interior, que es una especie de niebla, se crea un estilo… que consigue definir el mundo a través de esa especie de niebla.

R. F. —Usted quiso ser pintor… Alguna vez ha dicho que le gustaría que al abrir sus libros las páginas estuvieran en blanco, para volver a escribirlas…

J. B. —Cuando era un adolescente intenté pintar… pero no era buen dibujante. Descubrí que hay muchas formas de pintar, a través de las novelas también, igual que si lo estuviera haciendo sobre un lienzo. Escribir es un asunto muy raro. Te pasas semanas, meses, años… a solas en una habitación, contando sueños. Escribir es una forma de intentar conseguir que ese sueño se transforme en algo inmediato. La literatura tiene algo perverso, algo de onanismo. Pero sí me gustaría tener el poder de que las páginas escritas estuvieran en blanco, y volverlas a escribir bien.

A. J. —Usted tiene una especie de obsesión por la antigua Grecia, una preocupación por la tragedia, como si la comedia fuera cosa de los dioses y la tragedia cosa de los hombres… [se cita aquí un verso de Hölderlin, sobre el abismo que separa a los hombres de los dioses, en el sentido de que los dioses no conocen el abismo, y los hombres sí, y en ese sentido los hombres son superiores a los dioses….]

J. B. —Hemos perdido esa forma de ver el mundo, esa forma de pensar… (…) Me gustaría que volvieran los tiempos paganos…

John Banville, en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

John Banville, en León. © Fotografía: José Ramón Vega.

R. F. —Sobre Benjamin Black ¿no le ha influido de una manera lateral, subliminal?. Sus novelas son oscuras, desesperadas, tristes, redentoras… mientras que los últimos libros de Banville, en cambio, están llenos de románticos corazones rotos, como para tratar de cubrir tanta sangre derramada…

—Yo siempre he sido un romántico del siglo XIX, y eso se nota en toda mi obra. Ahí está lo sublime como algo que aterroriza, que nos supera. Me gusta la idea de que Benjamin Black, con toda su sangre derramada, convierta a Jonh Banville en una persona mejor. Pero hay que evitar convertirse en un sentimental. El final sentimentaloide de ‘Lolita’ de Nabokov es un desastre.

A. J. —¿Cómo trabaja la vida real (los personajes de la vida real en los que se ha inspirado) para construir sus novelas?

J. B. —La ficción depende de la realidad. Me baso en personas reales, aunque luego se transforman en ficción. Henry James decía: “Que el arte sea la vida”. El arte es un proceso caótico y extraño, como la vida misma.

A. J. —Me gustaría hacerle una propuesta, en forma de trama para una novela… Creo que solo alguien como Banville podría contar algo como la sorprendente dimisión del Papa Benedicto XVI…

—Jajaja… Sí, Dan Brown o yo… [risas]. Si uno vive en Irlanda, aprende mucho sobre las estructuras corruptas de la Iglesia…. [aquí Banville hace alusión a que el Papa Benedicto fue obligado a dimitir, porque, entre otras cosas, resultaba bastante descarado que viviese con su novio al lado…]. (…) El Papa Francisco es terriblemente conservador, y estoy convencido de que ha sido puesto ahí de una manera estratégica. Pero yo no estoy en contra de las religiones. Creo que son importantes para crear un marco mental para mirar la vida… [y se cita aquí un aforismo de Emerson: “El hombre es un dios en ruinas”].

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Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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