Alejandro de la Sota (1913-1996) y León, una pareja mal avenida

Edificio de Correos de León, obra del arquitecto Alejandro de la Sota.
Edificio de Correos de León, obra del arquitecto Alejandro de la Sota.

Por LUIS GRAU LOBO

Este año 2013 se cumple el centenario del nacimiento de Alejandro de la Sota (1913-1996), uno de los mejores arquitectos españoles del pasado siglo, y, con ese motivo, el 17 de este octubre se abre en Madrid (ICO) una exposición retrospectiva de su obra junto a la de otro grande que coincide con él no sólo en el año de nacimiento, Miguel Fisac (1913-2006). Con De la Sota tiene León algunas deudas y rumia algunas desavenencias. Entre éstas se encuentra la falta de aprecio por una de sus obras mayores, reconocida tan internacionalmente como a menudo zaherida en la ciudad, el edificio de Correos (1981-84). Entre las primeras, las cuentas pendientes y ya nunca saldadas, se cuenta el fracaso de sus dos proyectos para dotar a León de un edificio para el Museo provincial de León, que, con el paso de los años y de no pocas casualidades, acabaría por instalarse en el edificio Pallarés, remodelado para otra cosa, aunque convertido en museo dignamente.

Los proyectos que el Ministerio de Cultura encargó al maestro gallego para una nueva sede del museo leonés comenzaron en 1984. Fue aquella una excelente iniciativa para transformar el entonces vetusto caserón que era el Palacio Episcopal en un derroche de praxis museológica que, además, establecía un diálogo por entonces poco común entre elementos de radical modernidad y construcciones monumentales del viejo León como las murallas, la Catedral y el propio Palacio. La relativa polémica que levantó pareció más bien enmascarar el rechazo al canje que ubicaba al obispo en el viejo edificio de Correos de la plaza catedralicia. Y así, se quedó en el papel. Y el museo, en cajones.

En 1990 tuve ocasión de participar con él en la redacción de un nuevo proyecto que había de ocupar el solar entre las calles de Santa Nonia e Independencia (antiguo hospicio y hoy, aún, un aparcamiento), con un edificio ex novo de absoluta brillantez y modernidad que habría colocado a León en una vanguardia museológica y arquitectónica aún no teñida entonces, hace más de veinte años, del hastío, escolasticismo y descrédito de estos años actuales. También se fue al traste, y no llegó a excavarse una zanja. Un cambio de gobierno en Madrid y mucha doblez esgrimida por las entonces autoridades municipales, empeñadas en hacerse con ese, el último gran solar del centro de la ciudad, para destinarlo a no sé qué quimeras comerciales (véanse los resultados), acabaron por clausurar el asunto entre críticas a lo desmedido del proyecto y otras similares que provocan, hoy día (y ya entonces, a los que estaban informados) una sonrisa de sorna y disgusto. Una más. De nuevo se archivaron los diseños pulcros de don Alejandro, que fallecería poco después. Y de nuevo el museo, a deambular como paria a la espera de un milagro que, curiosamente, no tardaría en llegar, de rebote, eso sí, no por ninguna decisión local política meditada o responsable, claro.

Fue una lástima. Aunque hoy el Museo está instalado perfectamente en el travestido bazar de otro ilustre arquitecto más antiguo (Manuel de Cárdenas), a veces uno no evita pensar qué hubiera sucedido si, en esta ciudad y provincia, alguien hubiera tenido la perspicacia de defender que el extraordinario museo que recoge gran parte de la tan cacareada riqueza de León merecía el estuche que De la Sota había puesto tanto empeño en concebir. Pero no, aquí sólo hubo, para él y, por extensión para el museo, silencios y fullerías.

Con ese centenario, sin embargo, cuando ya poco importa aquello, me gustaría traer a colación el texto que publiqué en la prensa local en el momento de su fallecimiento, cuando aún el proyecto del arquitecto pontevedrés era una opción, la única opción, para reubicar un museo que entonces era casi el único, aunque también fuera el más relegado. Es éste:

ESPÍRITU DE PAPEL

Alejandro de la Sota se nos ha ido con la discreción y el recogimiento de sus arquitecturas, con la apabullante modestia de su personalidad.

Conocí al maestro en amenas reuniones a propósito de uno de sus últimos proyectos: el Museo provincial de León. Era un asunto ya antiguo que había provocado cierto debate e incomprensión en su primera versión de 1984, relacionada con el cambio de uso y aspecto del Palacio Episcopal, entonces previsto como sede del Museo.

Pero ahora se trataba de un edificio de nueva planta, un Museo hecho para ser Museo desde el primer trazo, una arquitectura en la que la forma y la función podían confluir y hacerse una, como tanto gustaba a don Alejandro. No le entusiasmaba, sin embargo, que el emplazamiento coincidiera con la vecindad de una de sus obras emblemáticas (el edificio de Correos, 1981), pues el monólogo no entraba entre sus aficiones, despojado como era de toda falsa retórica o de cualquier adorno superficial en las palabras, los gestos o las actitudes.

Los primeros apuntes ya perfilaban lo que habría de ser este proyecto tan entusiasta. Una sencillez noble y antigua, alejada de toda simplicidad, que era el fruto de la más estricta ascesis hacia el rigor, del trabajo más duro camino de la precisión más moderna. Modernidad porque el raciocinio era el motivo de aquella alegría que confesaba le producía la arquitectura.

Y en esas coordenadas, un edificio sobrio, cuya única concesión a la fantasía era la abundancia de superficie acristalada, tanta que nos asustaba a todos. Pero él sabía que era posible y que aquella transparencia era algo más que un capricho, mostraba la clarividencia del conocimiento, la ligazón luminosa entre la construcción y el papel de acetato en que había tenido su origen, el nexo entre lo soñado, lo pensado y lo formado, lo hecho; la definitiva fusión del espacio interior con el paisaje que lo precedía y lo sobrevivirá.

Don Alejandro estaba enfermo. Un implacable temblor no le permitía ya dibujar, aunque en sus gestos desde la silla se revelaban bocetos de nuevas y exactas composiciones. Me hubiera gustado que viera al menos iniciado su «museo leonés», como el decía, alejado de esa pretenciosa actualidad local que apenas se ocupó del asunto, lento para ser seguro, necesario para ser verdad.

Seguramente que hoy en el mundo en que Borges consulta su infinita biblioteca, Alejandro de la Sota habita purísimas arquitecturas de papel.

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