Maldades banales

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Por GONZALO ABRIL / Columna en el desierto

No tanto por sus méritos cinematográficos (que no le faltan), cuanto por haber suscitado y reactivado algunas cuestiones morales y políticas fundamentales de nuestra desdichada época, la película Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta, merece atención. Uno de esos temas cruciales reactivados por el filme, y por la remembranza de las ideas de la gran pensadora judeoalemana, es la “banalidad del mal”: Adolf Eichmann, el teniente coronel de las SS procesado en Jerusalén en 1961, no representa una figura maligna de la especie “fáustica”, no es un malvado susceptible de evocaciones románticas o épicas, como Gilles de Rais, Vlad el Empalador o Isabel Báthory, la condesa sangrienta. Tampoco su actividad criminal, ni en general la perpetración colectiva del Holocausto, tuvo el carácter de un fastuoso trance sacrificial ejercitado con pasión vengativa. No se trató, como escribe Hanna Arendt en Eichmann en Jerusalén, del “más horrible pogromo de la historia de los judíos”, sino de un proceso burocrático, fría y eficientemente gestionado, de crimen contra la humanidad. Y a la vez una expresión suprema del ejercicio de la “razón instrumental” y de la “razón administrativa” modernas (Adorno). Aunque quizá también de un caso más, aun en su dimensión apocalíptica, de esa tradición de “matanzas administrativas” que se habían venido desarrollando con extrema crueldad y magnitud en las guerras y procesos de dominación colonial (de los que hace memoria César Rendueles al comienzo de su magnífico libro Sociofobia). Es por su banalidad, por su eficiencia fría, desapasionada y amoral, por su inserción en los dispositivos burocráticos, por lo que la maldad de tipo eichmanniano, el mal banal, parece tan vigente y activo en nuestra época. Cualquiera puede reconocerlo en las prácticas comerciales de quienes venden preferentes o hipotecas basura y deciden desahucios, en las de quienes gestionan como consejeros o directores ejecutivos la venta de misiles o de bombas de racimo, como hizo el actual ministro de Defensa, Pedro Morenés, y en tantas prácticas profesionales, directivas, gubernamentales y administrativas que acarrean la muerte, la pobreza o la desesperación para millones de personas. Y aquí tampoco pueden quedar excluidos el conjunto de nuestros gobernantes y un buen número de conciudadanos, “hostes humani generis” a mayor o menor escala.

También el reciente montaje teatral de Ubu Rey, a cargo de Declan Donnellan y de la compañía Cheek by Jowl, puede ser interpretado como una espléndida representación de la banalidad del mal contemporáneo. Hay que decir que ni este ni ningún otro comentario del modesto estilita que te habla, suave lector/a, hará justicia a la inteligencia, la brillantez, la comicidad, el acierto superlativo de ese espectáculo y de su formidable elenco. Pero a lo que voy: la pulsión carnicera, la codicia, la amoralidad de père y mère Ubu, se hacen manifiestas en la obra de Donnellan, al igual que en algunas grandes películas de Luis Buñuel, como ese trasfondo reprimido y siniestro que brota, incluso arañando ligeramente su superficie, de las banalidades corteses de la comedia burguesa, de la vida burguesa. Este montaje, y el propio texto de Alfred Jarry, dan la razón al Bertolt Brecht que afirmaba: “La tragedia trata el sufrimiento de la humanidad de una forma menos seria que la comedia”. Un aserto que también cita Hanna Arendt.

Publicado en Diagonal
bajo licencia Creative Commons.

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