Espías como nosotros

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“A mí me parece que Estados Unidos lleva espiando a todo el mundo desde hace casi un siglo. Se consideran los herederos del Imperio Galáctico y despliegan abiertamente los motoristas de su policía mundial”.

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

La novela de espionaje o triller político nació a principios del siglo pasado con Kim de Rudyard Kipling y La pimpinela escarlata de la Baronesa Orczy. Después de la Segunda Guerra Mundial aparecieron novelas escritas por agentes de campo retirados, como Somerset Maugham, y la Guerra Fría acabó de darle impulso al género en el que caben rarezas izquierdistas como las de Graham Greene o folletines como el James Bond de Ian Fleming, una auténtica jichada (de ‘jicho’, en español deforme, en swahili ‘ojo’ y en leonés ‘guerrero’).

Tras la caída del Muro de Berlín, el interés había decrecido, pero la flecha en el arco ha de ser disparada. En el caso, si se financian generosamente agencias de inteligencia, el resultado es el espionaje entrópico arropado por una diplomacia hipócrita que se nutre de historias de porteras.

La novela a la que estamos asistiendo es una versión cibernética del Gran Hermano de Orwell, con intercepción de millones de comunicaciones de ciudadanos y todas las posibles de protagonistas políticos, sociales y económicos. Gran escándalo mediático para que al final no pase nada. Convocar a consultas a los embajadores –que para mí que no se mueven de la legación– y alguna película sobre la NSA, la chica nueva del baile dirigida por el general Keith Alexander, quien pasa de todo y recomienda a los europeos que se preocupen de sus propios servicios secretos.

El espionaje es una deformación del natural deseo de saber e incluye la intoxicación informativa del otro. A los gobiernos les importa un bledo la intimidad de los ciudadanos y solo hacen sonar la campana de los derechos inalienables cuando le toca a alguno de sus miembros. A mí me parece que Estados Unidos lleva espiando a todo el mundo desde hace casi un siglo. Se consideran los herederos del Imperio Galáctico y despliegan abiertamente los motoristas de su policía mundial. Aun así, entre cuatro dementes les estrellan aviones en el centro urbano, mientras que a sus fieles aliados británicos (el estado 51 de la Unión en estos asuntos) les revientan a bombazos en los transportes públicos.

La información es poder, pero la inteligencia militar es a la inteligencia lo que la música militar a la música.

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