Entre ‘selfies’ y gritos

Graffiti de Banksy.

Graffiti de Banksy.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

La prolongación de la adolescencia es otro de los peajes del progreso tecnológico. Ya venía de antes, es verdad, sobre todo desde que en el cine triunfó el consumo familiar y la televisión nos adocenó un poco a todos. Pero el consumo individual de los nuevos medios y su proyección en las redes ha consagrado el fenómeno en todo su esplendor. Las selfies, las auto-fotos, son la culminación de todo ello y parece que nadie escapa ya de esa moda exhibicionista y pueril. Es el colmo del onanismo tecnológico: ya no sólo tecleo a solas, no sólo juego conmigo mismo, no sólo espío en soledad, ahora también me retrato y me luzco, a solas o con otros, da igual.

Y todo sin decir ni pío. Es natural: el masturbador o se habla a sí mismo o permanece en silencio. Como si sobrasen todas las palabras, la imagen se convierte en autosuficiente; incluso el formato es mudo, pero dice bastante. Cumpliendo el dicho, da la impresión de que por fin la imagen ha superado en mil veces el valor de la palabra. ¿O tal vez no?

En una charla radiofónica, el profesor y académico Salvador Gutiérrez Ordóñez hablaba sobre esto y concluía que la solución de esa disputa no es tan sencilla. Reconociendo el poder de la imagen, venía a concluir que en ocasiones su saturación nos hace tan insensibles que ni provoca reacciones. Por el contrario, nos conmueve mucho más un soneto de Quevedo que todas las fotografías juntas de la guerra de Siria, sobre todo si cuando nos las sirven es a la hora del telediario, es decir, a la hora de la comida o de la cena, como suele ser habitual. Ya le habíamos escuchado en otras ocasiones este comentario, y también (creo que fue él, pero no estoy del todo seguro) que las palabras en ciertas ocasiones se muestran impotentes para expresar la magnitud de lo que queremos comunicar. En esos casos, mejor que cualquier discurso, incluso mejor que cualquier poema dramático, se impone el grito, la blasfemia o el rugido. Podríamos decir que en tales situaciones el significante es el significado. Sin más. Casi como una selfie oral.

A veces el grito es espontáneo y natural, no necesita más explicaciones, y como muestra basten los sonidos del orgasmo o del dolor, tan cercano en el fondo. Pero otras requiere una formalización mayor, un mecanismo intencionado, un impulso que nos conduzca hacia el lado opuesto al silencio. Un ejemplo al alcance en estos días es la propuesta que nos hace Alicia Framis en el MUSAC con su Habitación del grito. Se trata de una arquitectura simple: aquí un gran cajón de madera desnudo, en otras ocasiones una construcción cónica con gran parecido a los tipis indios. No importa, uno entra y grita. Como dice la documentación que lo explica, es una válvula de escape y, a la vez, una fórmula para el reencuentro con uno mismo. Luego, por arte de la impresión en 3D,  esa selfie chillona se convierte en una taza, pero eso ya es lo de menos.

El caso es que esta edad poscontemporánea, aparentemente tan compleja, se expresa a través de los mecanismos más sencillos. Que éste es un tiempo de gritos nadie lo duda, y sus decibelios crecerán con la confusión hasta convertirse en un aullido universal de esperanza o de rabia. Y que éste es también un tiempo de modelos adolescentes tampoco está en cuestión. Por lo menos Van Gogh dominaba las técnicas de la pintura para hacerse un autorretrato. Ahora basta con apretar un botón y poner cara de idiota.

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