In girum imus nocte et consumimur igni* (la ballade de Gilles et Geneviève)

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

 *In girum imus nocte et consumimur igni. La frase es un palíndromo latino (una palabra o frase que se lee igual hacia adelante y hacia atrás). Podría traducirse: “Damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego”. Es, además, el título de una película experimental dirigida por uno de los protagonistas del relato, Guy Debord, en 1977.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Creo que ese español se llama Juan…..Gotisol, o algo así, dijo Michèlle. Goytisolo, corrigió Guy. Juan Goytisolo, completó mientras lanzaba una perfecta voluta de humo redonda como una galaxia que se volatilizó cercana al techo tal que si un agujero negro invisible se la hubiera tragado en aquel hotelucho de la Rue Racine. En el otoño de 1953, en Paris, las dos piezas clave de la Internacional Situacionista esperan en la cama la visita de un joven escritor español en tránsito y huída, hambriento de libertad y oportunidades. La habitación es un perfecto campo de batalla para amantes. Un campo de batalla en que ambos contendientes hubieran perdido y ganado, se hubiesen desangrado y hubiesen curado sus heridas dándose treguas preludio de nuevas y cruentas guerras sin piedad. Cigarrillos no del todo consumidos abandonados en la urgencia de consumirse los dos en esas luchas. Vasos de vino derramados con indolente abandono ante la perentoria obligación de derramarse. Panfletos rebosantes de subversión. Libros paganos, apuntes anárquicos en libretas usadas y tiradas por ahí tras momentos de arrebato e inspiración. Todo para componer un escenario a medio camino entre el neorrealismo, el expresionismo y el puro y absoluto caos.

La luz mortecina de esa tarde de Octubre, hermosa como el cadáver de un jilguero, bañaba los desinhibidos cuerpos, alimentados por dos espíritus burlonamente románticos, que al rozarse leve o bruscamente ya establecían un lenguaje hermético, herético, propio. Acabar la frase del otro, morder algo de carne a medio razonamiento, limpiar motas de polvo o de ceniza en el cuerpo del compañero como mandriles despiojándose. Una naturalidad brutal, ajena a toda norma escrita, pronunciada, estúpidamente aceptada. Guy Debord. Michèlle Bernstein. Un comando de dos. Al menos.

Michèlle, menuda, con el corte de pelo a lo garçon, desprovista siempre de adorno alguno. Sobria en la ropa. Ebria en el bar.

Guy, doctor en nada salido de algún cafetín oscuro del bulevar de Saint Michel, embadurnado el gabán con el perfume del anís aguado y perdidas las solapas de semicorcheas de Dizzie Gillespie, siempre ideando alguna revolución siempre interrumpida por el siempre bienvenido taconeo de unos zapatos transportadores de piernas casi siempre bien torneadas encarceladas en aquellas faldas de tubo que una y otra vez hacían esfumarse aquellas perfectas revoluciones a medias ideadas…

En el cuartucho se conjura el tiempo. Se le impide avanzar. La conversación en ésta tregua culebrea juguetona y convierte la cama en cuadrilátero. A los amantes en púgiles. Recuento de conquistas del campeón y el aspirante. Cualidades y defectos de las víctimas. Posibilidad de compartir a los más despechados, a los suicidas en potencia. A aquellos que ofrecen placer de mejor grado. Risas burlonas de nuevo. Te llamaré Gilles, anuncia ella. Ha sido uno de mis mejores compañeros de alcoba. Tú serás pues Geneviève, contraataca él. Me vengaré en ti de su frialdad y de sus estúpidos prejuicios burgueses. ¿Somos más hermosos después de éste bautismo impío?, proclama alguno de los dos levantando una copa medio llena de dudoso vino. Eres mi dulce y frágil mariposa, ríe él. Tu delicada mariposa mira desafiante la punta del alfiler, responde la neonata Geneviève. No conseguirás añadirme a tu colección de cadáveres atravesados por el frío acero. Su voz suena rotunda, como las discusiones del hipódromo.

La mujer va hacia la ventana, enciende un cigarrillo, recoge una cámara de fotos del suelo y retrata el cuerpo ensabanado apenas de su amigo, con rapidez de reportero. Él la mira con dulzura y algo de deseo. Un deseo perezoso del que sabe a la presa sin escape. ¿Por qué, a pesar de nuestros ímprobos esfuerzos de amar a todo Paris entre los dos, terminamos siempre coincidiendo en éste oscuro palacio de conspiraciones, humo y piel?. Geneviève deja el cigarro y la máquina. Se acerca a él. Le acaricia el pelo. Se sienta a su lado. Sabemos que somos débiles. Conocemos nuestra fragilidad. Somos conscientes de nuestras vulnerabilidades y nos guardamos el secreto. Ellos, ellas lo ignoran. Nos suponen invencibles. Todas esas soflamas… ¡Nos mataréis de hambre, pero no nos mataréis de sed!. Hemos asumido lo irrenunciable de decirnos siempre la verdad. Sabemos que nuestras aguas son tan profundas que podrían beber en ellas todos los caballos del rey. Sólo nosotros lo sabemos todo cuando estamos juntos. Cuando no estás, cuando no estoy, olvidamos casi todo cuanto sabemos. Nos convertimos en balas rebotando en mostradores. En gozadores epicúreos de los días y las noches. En verdugos de todo aquel que se enamora de nosotros. La bondad sólo emana de ésta célula de dos. Sólo vive aquí. Y sólo la veremos tú y yo.

Hay más batallas esa tarde en la habitación 303 del hotel de la Rue Racine. Incluso se decide el fin de una gran guerra y el comienzo de la revolución definitiva. Han de pasar varias horas para eso. La noche se apodera de Paris. Los amantes deciden no esperar más a ese escritor español en tránsito y alcanzan la calle sin prisa. Se despiden en la puerta. Cada uno elige una dirección. En la esquina, Michèlle se encuentra con un hombre joven. Intercambian lumbre y cigarrillos, risa y rumbo desde ahora. Al otro lado de la calle, Guy cubre su cara con la solapa del gabán y mira. Mira las luces escasas pero justas de los cafetines. La calle parece haber sido víctima de una fina lluvia que ha cesado. Ya huele a anís aguado. Las corcheas de Gillespie embadurnan la recién estrenada noche parisina preñándola de posibilidades.

1 Comment

  1. De manera magistral nos traes los restos de un mundo que desgraciadamente ya no existe. Al menos estos retazos nos perfuman este presente patético.

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