Diez palabras para Bess

© Fotografía: Memoria Química.

© Fotografía: Memoria Química.

“Harry Houdini, esa fría tarde de enero de 1908, se abandona al más certero de los nudos. Al más dulce también. Al irrompible. La ilusión va esa jornada en dirección contraria…” / Un nuevo relato del polifacético músico y fotógrafo leonés.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

No hay cuerdas, ¿ves? Ni esposas. No tengo capuchas, recias maromas náuticas ni cadenas opresoras de acero en mis manos. No traigo candados entre mis dedos. El señor puede estar muy tranquilo… o quizá no. De todos esos cepos te zafas con rapidez, brillantez… holgura. De éste no. De hecho, mi arma más contundente es tan sólo aquel lazo rojo de seda perfumado por ti aquella noche. Lo llevo en mi bolso siempre. Huele a ti. Ahora, también a mí. Lo ceñiste a nuestras cinturas sin apretar mucho. Lo consideramos un enlace. El enlace, de hecho. El verdadero. Los otros rituales convencionales nos importaron menos. Sirvieron para compartirnos con amigos y familiares. Pero el íntimo, el bueno, fue aquel. Junto a aquella pequeña capilla en la que ni entramos. Preferimos un beso dulce bajo sus soportales. Aquel olor a musgo fresco. Aquel viento helado de octubre tan vivo, tan nuevo, tan origen. Nunca lo podré olvidar, Erich

…desnudos a la luz del gas, en una habitación típicamente victoriana, interior, aterciopelado entorno de verdes densos, sobre una gran cama endoselada de buena caoba americana, los enamorados. Mucho más mérito el de ella, acostada con el mayor escapista de todos los tiempos. O quizá no. Harry Houdini, esa fría tarde de enero de 1908, se abandona al más certero de los nudos. Al más dulce también. Al irrompible. La ilusión va esa jornada en dirección contraria. El triunfo es la persistencia del lazo. El truco es que ese nudo permanezca. Ahí radica el éxito de la función. Lo consiguen hora tras hora. Cada vez los redobles son más intensos. La intriga se mantiene y les tiene en vilo por más tiempo. ¿Ilusionismo? Quizá. ¿Por qué no? Vida que es sueño. Sestear y volver enteros a escena. Las horas pasan. Y el éxito es absoluto. Tras casi un día completo, el escapista no ha ido a parte alguna. Sí a muchas, en realidad. Pero siempre sin salir de la preciosa, precisa, mágica y arrebatadoramente alimenticia cintura ceñida a su cintura por aquel humilde lazo rojo. Los amantes anudados. Harry Houdini, desafío de tanques de agua, calabozos mugrientos y candados obstinados… enlazado por un aroma de jazmines y un sencillo nudo textil. Bess sonríe. Bess sonríe. Bess… sonríe. Sus ojos han decidido aletargar el placer tras los párpados. Abrazar y celebrar al hombre musculado que la recoge con suavidad en sus brazos. Y oír su voz mientras se aman. Toda una novedad esa. Amor y palabras en vez de resoplidos y jadeos. Muy conveniente. Le recuerda amorosa cuánto le gusta su voz. Grave. Acariciadora. Firme. Sedosa. Y una vez más, Bess… sonríe.

¡Bess!. Despierta, cariño. ¿Cómo has podido adormecerte así? Madame Julia hace un gesto cariñoso a la mujer, recogida con las manos sobre su vientre en una chaise longe, casi en penumbra absoluta. Hemos de comenzar la sesión. Sólo faltas tú. En el salón, en torno a una mesa circular, siete personas esperan a la viuda de Houdini. Hay velas. Hay naipes. Hay un silencio de mercurio caliente que emponzoña más de lo que relaja. Quizás el espiritismo necesite de éstos trucos para parecer más ajeno a lo humano. Quizás ahí está la llave de ese candado. Sobre la chimenea, el retrato de Harry. Con un fragmento de aquel lazo rojo subrayando su cara de buen hombre. Aún permanece algo de su olor en ese trozo ajado de tela. Y al lado, la vela que ha permanecido encendida desde su muerte, el 31 de octubre de 1926. Hace 10 años ya…

Son para ella vívidas esas horas de juventud en aquella habitación victoriana tan angosta. La promesa de Harry de volver del otro mundo para hablarle una vez más. Desconfiaba de espiritistas y médiums. Pobres charlatanes propagadores de la superchería, les llamaba entre sonoras carcajadas y dulces besos y pellizcos a su esposa. Si algún día muero, decía entre risas, volveré a hablar contigo por medio de uno de éstos farsantes. Acto seguido, tomó uno de los libros de su amigo Sir Arthur Conan Doyle y copió en un papel diez palabras exactamente. Una frase sacada de una novela de Sherlock Holmes. Bess, amor mío, si alguna vez vuelvo, oirás éstas palabras saliendo de boca de uno de esos feriantes con ínfulas de comunicadores del más allá. Exactamente éstas. Ella tomó la pequeña nota y la guardó con mimo, como todo cuanto él le daba. Nadie jamás había leído la nota.

La pléyade de espiritistas que supuestamente haría de recipiente del alma del gran mago creció de forma escandalosa y en los diez años siguientes a su muerte se anunciaban personajes de todo tipo por todas partes vaticinando la comunicación exacta de los diez vocablos secretos. Fracaso tras fracaso. La viuda permitía una sesión en su casa cada año por la insistencia de Sir Arthur, amigo del finado y gran aficionado al más allá.

Bess, algo harta, se levanta de su reposo y llega a la sala, envuelta en un halo más de somnolencia que de misterio. Madame Julia hace un gesto a la pequeña que juega en el salón con su muñeca. Alicia, ve a jugar a otro sitio. Estas cosas no son para los niños. Cuando se quedan solos, empiezan las invocaciones y el crujir de maderas. Las velas amagan e incluso un pesado cortinón de terciopelo parece bambolearse. La viuda no se inmuta y espera paciente el carrusel de verbos y sustantivos. Siempre juega a acertar el número de frases que al menos tendrá sentido en ésta ocasión de todas cuantas comienzan a caer en cascada entre espasmos y ojos en blanco. Una vez más, un año más, nada. Casi con apremio aunque educadamente invita a los asistentes a irse. Sir Arthur permanece unos minutos con ella en la sala. Entonces, con una tristeza infinita, Bess se acerca a la chimenea, apaga con sus dedos la vela y dice lacónica: “Diez años son suficientes para esperar por cualquier hombre”. Después, se despide de su amigo y se vaporiza en la estancia.

La pequeña Alicia vuelve curiosa unos minutos después de que toda la casa haya quedado en silencio. Se acerca a la chimenea de la sala. Mira el retrato de Harry con mucha atención. Acaricia con dulzura el pequeño fragmento de seda roja adherido a la foto y entonces, con una voz de hombre grave, acariciadora, firme y sedosa dice en voz no muy alta: “lo que un hombre puede inventar, otro lo puede descubrir”. Bess, en el piso de arriba, duerme plácidamente…

© José Pajares Iglesias 2014

  1. Piedad Suárez Montiel

    Qué rato de lectura gozosa y maravilloso suspense!!!

  2. carmen

    Siempre al final consigues provocar un escalofrío…..y una lectura sin apenas parpadeos!!.

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